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Fumata azulgrana y delirio en el Camp Nou

David Villa celebra con sus compañeros de equipo la victoria del Barcelona / EFE

David Villa celebra con sus compañeros de equipo la victoria del Barcelona / EFE

El hambre, el hambre, el hambre. Ésa que Alves decía añorar en la previa. La que parecía haberse esfumado en la ida en San Siro o en los dos deprimentes clásicos

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Mientras entre las paredes de la Capilla Sixtina se dirime quién será el nuevo Papa, en la "Basílica" del Camp Nou no hubo cónclave posible ante el Milan (4-0). En apenas dos horas, la fumata fue azulgrana y Messi obró una vez más el milagro de una remontada para la historia de este equipo.

El debate "intramuros" se desarrolló bajo el mejor fresco posible para la ocasión, un Camp Nou que partió con un espectacular mosaico de 95.000 cartulinas con los colores azulgranas y de la bandera catalana, con un lema claro. "Somos un equipo". Voltear el 2-0 de la ida era el objetivo. Afición y equipo estuvieron a la altura.

No se requirió grada de animación alguna, porque la mejor aparece cuando vuelve el mejor Barça. Se reencontró el vestuario con su juego, con su espíritu, con la fuerza perdida e, incluso, con la suerte del campeón, cuando Niang estrelló un balón al poste que derivó en el segundo tanto de Messi en la jugada posterior.

La afición pasó del llanto a la locura en décimas de segundo. Ya había explotado con el primer tanto de Messi a los cinco minutos. Pero fue el segundo del argentino, el tercero de Villa y el culminante de Alba, los que alejaron toda depresión. Barcelona era, a las diez de la noche, un 'Harlem Shake' de dimensiones descomunales.

El hambre, el hambre, el hambre. Ésa que Alves decía añorar en la previa. La que parecía haberse esfumado en la ida en San Siro o en los dos deprimentes clásicos. El hambre que regresó en la presión de la defensa en cada balón dividido, en el ansiado acierto de Villa, en la genialidad de Messi, en la carrera desbocada de Jordi Alba.

Al cuarto de hora del segundo tiempo, toda la grada coreaba el nombre de 'La Pulga', haciendo estremecer las entrañas de un coliseo que tuvo tiempo también de ovacionar el regreso de Bojan a la que fue su casa y cuna.

No hubo nuevo Papa, no, porque el de siempre estaba sobre el césped. Nunca había marcado Messi en jugada a un equipo italiano. Hoy se fue con dos bajo la sotana y un pedazo de historia en el regazo.

El 4-0 final fue el mejor resultado posible, el mayor homenaje al fútbol, en la noche en la que el Barça se volvió a reconocer frente al espejo. Curiosamente, el mismo marcador que había anotado cuando sus partidos coincidieron con otros cónclaves vaticanos.

El 26 de octubre de 1958, la víctima fue el Real Madrid, mientras los cardenales debatían la elección del nuevo pontífice, que acabaría siendo Juan XXIII. En 1978, un 14 octubre, el UD Las Palmas perdía con idéntico resultado, mientras Karol Wojtyla se convertía en Juan Pablo II. Una vez más se repitió este guiño del destino.

No había otra posibilidad, como si los planetas se hubieran alineado y los augurios mayas lo hubieran contado. El Barça necesitaba su remontada, lo único que le faltaba a este equipo que lo ha ganado todo, un título simbólico justo dieciséis años después de otra histórica gesta de la historia del club.

Aquel 5-4 al Atlético de Madrid en Copa del Rey en 1997, cuando volteó hasta cuatro goles en 45 minutos, señalaba el camino al Barça de Tito Vilanova y Jordi Roura. Este equipo ya tiene su gesta, que se une al historial de noches mágicas europeas del Camp Nou.

Como aquella de diciembre de 1977, en la vuelta de octavos de final de la Copa de la UEFA, cuando el Barça superó al Ipswich Town inglés en la tanda de penaltis tras el 3-0 de la ida. Los mismos tantos con los que cayeron al año siguiente en el estadio del Anderlecht, y que, prórroga mediante, remontaron con un 3-0.

El Milan sucumbió hoy como lo hiciera el Goteborg en 1986, tras los tres goles de Pichi Alonso y una tanda de penaltis agónica. O el Dinamo de Kiev en 1993, en el mejor partido del "Dream Team" de Cruyff, con un espectacular 4-1 que aplastó el 3-1 de la ida. O el 5-1 al Chelsea del Barça de Rivaldo y Van Gaal en el 2000.

Poco acostumbrado a la épica, guarda el culé en un rincón de su corazón un olimpo único donde habitan las noches memorables. El Barça de Messi, Xavi e Iniesta ya ha inscrito la suya con letras doradas. Habemus Barça.