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Edder Farías, del Caracas FC, celebra la victoria / AFP

Edder Farías, del Caracas FC, celebra la victoria / AFP

Caracas derrotó al poderoso Gremio (2-1) en un resultado determinante para sus aspiraciones

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La afición del Caracas, esa que lleva años cantando desde la grada sur del Olímpico que es feliz cada vez que su equipo gana, recibió motivos para celebrar por un buen tiempo. Su equipo, el David de la batalla de anoche, tumbó al poderosísimo Gremio, el Goliat que cuenta con campeones del mundo, de Europa y de América en sus filas. Sin embargo, ni el multicampeón Dida ni el afamado Ze Roberto pudieron detener al joven cuadro avileño, que firmó quizás el mejor resultado de la era de Ceferino Bencomo al venir de atrás para ganar 2-1.

El inicio del partido fue esperanzador. A los 15 segundos, Angelo Peña consiguió una pelota en el área que exigió que Dida se despertara para despejarla. Sin embargo, un cuarto de hora después, el merideño se equivocó al entregar una bola y Andre Santos convirtió aquello en un centro que Elano convirtió en el 0-1.

Reacción. Pese al golpe, los tambores del fondo sur de la UCV nunca hicieron silencio.

Caracas siguió su ritmo y comenzó a bailar al son que Rómulo Otero marcaba con su descaro. Un caño suyo a André Santos levantó a la tribuna entera aunque la pelota terminó afuera. De a poco, Caracas comenzó a merecer el gol que consiguió antes del descanso en un tiro libre que el despeinado Otero estrelló en la barrera y que le sirvió a Peña para redimirse. El merideño, tomó el rebote y de un derechazo atravesó el área y anotó el tanto que le permitió borrar su error inicial.

Aún después de recibir el tanto del empate, Gremio se mostró displicente en el campo. Como si el partido fuera un trámite que podía resolver únicamente con su chapa y con todos sus nombres. Como si Caracas no tuviera suficiente coraje como para levantarse y hacer sonar la campana.

Pese a eso, el camino del segundo gol lo marcó Curé, al correr por la banda izquierda una bola que consiguió lanzar al medio, por donde entró Edder Farías. Uno de los pocos que creyó que el zuliano podría ganar la batalla en la esquina y el único que acompañó la jugada. Como un puñal, el goleador desgarró la zaga brasileña y se clavó en el orgullo rival.

No fue si no hasta recibir la cachetada que significó el 2-1 que el afamado Wanderlei Luxemburgo reaccionó. En 10 minutos hizo sus tres cambios, sin que estos surtieran efecto alguno.

Caracas no solo demostró tener guáramo para asomar su cabeza por encima del gran cartel de su rival, aún frente al peculiar arbitraje del boliviano Maldonado. También mostró nervios de acero para manejar el resultado, replegar sus filas y cerrar un partido que puede tener muchas repercusiones. La primera de ellas es reactivar las opciones del equipo de avanzar a octavos. La segunda, aumentar el crédito de Bencomo en el banquillo. La tercera, y no menos importante, es multiplicar las posibilidades de los Otero, Baroja, Peña y compañía de recibir una oferta desde el exterior. Pero mientras todo eso se resuelve, la afición del fondo sur celebrara su fiesta particular. Desde ayer, tiene un buen motivo para hacerlo por los próximos días.