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Estudiantes aguantó de pie el primer round de la final

Estudiantes sigue invicto en lo que va de Copa / Lenin Nuñez

Estudiantes sigue invicto en lo que va de Copa / Lenin Nuñez

El cuadro de Chuy Vera sacó un empate que lo pone en ventaja para definir el título

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Estudiantes aprobó anoche el examen más difícil de los que quedan para ser campeón de la Copa Venezuela. Salió con vida de Puerto La Cruz, de la arena en la que el Anzoátegui había devorado a los 18 últimos equipos que habían visitado su casa. Lo hizo sobre dos pilares fundamentales: su portero Ángel Hernández y el oportunismo de su máxima revelación, Nicolás Márquez, un niño de 16 años que ayer marcó el gol con el que su equipo rescató un valiosísimo empate en el partido de ida de la final (1-1).

Con las mismas armas que lo han hecho el mejor equipo del semestre, el cuadro oriental fue arrinconando a su rival.

Un abanico de recursos que van desde los desbordes de su peón Reyes, las diagonales de sus alfiles, Evelio Hernández, Escobar y Zalzman, el cañón de su caballo Gelmin Rivas y los cabezazos de sus torres, Fuenmayor y López. Todos esos eran caminos que partían de la presión alta, la que le permitió al local robar más de una decena de pelotas y multiplicar así sus oportunidades de anotar.

Pese a que en el lienzo del primer tiempo hubo varias pinceladas, fue en el segundo tramo en el que el gol cayó con un cabezazo de Juan Fuenmayor en un tiro de esquina en el que el cuadro académico pecó al dejar solo al zuliano.

El tanto dejó atontado a un Estudiantes que hasta ese momento se parecía mas al colista del Apertura y no al invicto finalista de la Copa. Le tocó a Ángel Hernández rescatar a los suyos, agregando a su ya larga lista de paradas un mano a mano a Escobar y un misil de Rivas.

El dique que le puso el portero a la avalancha local terminó sirviendo de impulso para que Estudiantes mostrara su mejor cara. El errático Nuñez se transformó en un excelente primer pase, el desaparecido Flores se convirtió en un incisivo volante por la banda izquierda y el juvenil Nicolás Márquez, el muchacho que comenzó hace semanas a cursar quinto año de bachillerato, fue el que capitalizó aquel cambio al aprovechar un disparo al que Leo Morales dio rebote.

Con la fe del que no tiene nada que perder, el delantero corrió a buscar la bola que quedó del único error en toda la noche del meta oriental.

Un gol injusto si se evalúan los méritos de uno y otro. Pero poco le importó eso a Márquez, quien gritó el gol como si la vida se le fuera en ello. Tenía razones, su conquista es esperanza para un equipo que salió de pie del primer round de la final. El miércoles en Mérida, ese tanto podría valer doble a la hora de sacar las cuentas para ser campeón.