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Castellín, el goleador que caza pájaros

El jugador del CD Lara, Rafael Castellín / Cortesía Deportivo Lara

El jugador del CD Lara, Rafael Castellín / Cortesía Deportivo Lara

El delantero tiene más de 100 aves en su casa en el barrio de Viento Cola’o en Maturín

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Rafael Castellín solía sentarse junto a la ventana del salón de tercer año del liceo Ildefonso Núñez Mares en Maturín. La razón estaba detrás del vidrio, en la cancha municipal, contigua al instituto y en la que el delantero se formó como jugador de fútbol. "Siempre fue una lucha para que estudiara, incluso llegué a esconderle los zapatos pero él se iba a jugar así fuera descalzo", cuenta Sofía, la madre de goleador que este año cumple 20 temporadas en primera división y, le ha confesado a su familia, la última de una carrera llena de buenos momentos y de fotografías que se cuelgan en su casa en Viento Cola’o.

20 años desde que Víctor Pignarelli le aseguró a Sofía que su hijo llegaría, en dos o tres años, a ser el delantero de la selección venezolana. "Y así fue", aseguró la madre, quien una vez llegó a amenazar al ex seleccionador. "No ponía a jugar a Rafael y le dije que para que lo tuviera sentado todos los partidos le ponía una silla en la casa y que se sentara ahí", cuenta. Después de aquello, el estratega uruguayo le prometió que el "catire", como conocen al punta en su casa, sería una de las referencias ofensivas del fútbol venezolano. Y el tiempo le terminó dando la razón.

Dos pasiones. La única razón que ha logrado apartar la atención de Castellín del fútbol ha sido su pasión por los pájaros.

En su casa en Maturín tiene 115 aves, capturadas por él o alguno de sus cuatro hermanos. Todos los varones tienen como primer nombre Rafael, por lo que se reconocen por el segundo que en su caso es Ernesto. "A veces me decía que no había clase o no había entrenamiento y era para irse a buscar pájaros", explica Sofía, quien es la encargada de cuidar a los animales mientras el delantero está en Barquisimeto, en donde juega actualmente con el Lara. "Todos los días los cuento y si falta uno, ay señor, eso es un rollo", suspira.

El proceso para cazar cada uno es largo. Primero deben ubicar un objetivo. Luego parten, antes del amanecer, vestidos con camuflaje como el que usan los militares. Eligen un lugar y ahí colocan una jaula con otro pájaro adentro, que termina haciendo de señuelo.

Alrededor colocan por lo menos media docena de varas bañadas en el líquido gelatinoso que desprende uno de los árboles de caucho de la zona cuando se quiebra. El proceso tiene sus secretos. Si es un lugar muy húmedo, la pega termina convirtiéndose en una pasta y el pájaro se escapa. Si es un lugar con mucho sol, se derrite y tampoco sirve.

El resto del trabajo lo hace la suerte, que el señuelo llame la atención del pájaro a cazar y que este se pose sobre una de las varas. "A vece lo único que cazamos es una insolación", cuenta el hermano menor del goleador, uno de sus cómplices.

La afición la heredó de uno de sus tíos pero la perfeccionó con disciplina y constancia. Jamás fue un fanático de la lectura, mucho menos de botánica, pero la taxonomía la fue aprendiendo empíricamente, haciendo amistad con otros fanáticos de los pájaros.

Una tarde, un empresario se encaprichó con una de sus aves y le ofreció una suma de dinero. Castellín se rehusó y tasó el pájaro más del triple, esperando espantar al comprador. A los días, recibió otra llamada. El empresario había reunido el dinero que pedía el delantero, quien tuvo que sincerarse y pedirle que dejara de insistir ya que no pensaba vender. "Los trata como a sus hijos. Cuando viene con la esposa, sale y almuerza con ella pero después pasa la tarde entera con los pájaros. Se sienta y los escucha", relata Sofía sobre su hijo. Fanático de las milanesas, el cazón, los frijoles, los gallos de peleas, los pájaros y de hacer goles. De los dos últimos tiene cuentas largas.