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Brasil dribla para llegar al Mundial

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Brasil es el dueño del jogo bonito. El país con mayor número de títulos mundiales, ha cargado durante años la espina de haber perdido la única Copa del Mundo organizada por ellos. Es tal vez por ello que parecía lógico que ser la sede por segunda vez del máximo evento del fútbol fuese una suerte de desquite.

Lo que debía ser una fiesta, sin embargo, se fue convirtiendo en una pesadilla para los reyes del drible. Hace un año una onda de protestas se propagó por el país. La prensa internacional, presente en Brasil para cubrir la Copa de las Confederaciones –especie de ensayo para la Copa Mundial–, tuvo trabajo para explicar a sus audiencias cómo el país se había volteado en contra de su propia pasión: el fútbol.

El argumento, no obstante, era fácil de entender: los brasileños pagan una de las tasas de impuestos más altas del mundo y a cambio padecen por la ausencia de buenos sistemas de transporte, escuelas públicas de calidad y hospitales con capacidad operacional.

El gobierno debió seguir un tortuoso camino hasta el puntapié inicial. Tres de los 12 estadios de las ciudades sede estuvieron listos en los 45 minutos del segundo tiempo del partido inaugural, apenas 50% de las obras de movilidad urbana fueron entregadas (siendo que un tercio de ellas estaban inacabadas), problemas estructurales amenazaron el suministro de los servicios de agua y luz, huelgas, manifestaciones y protestas se registraron de forma sucesiva en las semanas previas al torneo, y como si fuera poco, el evento encareció el costo de vida en ciudades ya insostenibles como Sao Paulo y Río de Janeiro.

Brasil comenzó a driblar mucho antes del encuentro con Croacia. Faltando 72 horas para el inicio de la contienda el gobierno tuvo que prometer casas a  manifestantes del Movimiento de los Trabajadores sin Techo, quienes ocuparon un terreno baldío a 4 kilómetros del Arena Corinthians; las autoridades regionales negociaron con el gremio de trabajadores del Metro que paralizaron por cinco días el servicio de transporte; la justicia federal sancionó una huelga del sindicato de los aeroviarios de Río de Janeiro y justo en el día inaugural la policía enfrentó con fuerza tres manifestaciones registradas a 13 kilómetros del estadio donde casi 70.000 personas se reunían para ver a la canarinha bailar con la pelota.

Más de 30 personas heridas, entre ellas 5 periodistas, figuraron en los titulares de la prensa como el saldo de una confrontación que se prolongó por cinco horas. Manifestantes que querían caminar hacia el estadio para expresar su descontento fueron bloqueados por la policía y barridos por la tropa de choque, demostrando que en tiempos de Copa, Brasil guardará su jogo bonito apenas para la cancha.