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Salomón Rondón derribó la muralla cafetera con un golazo / EFE

Salomón Rondón derribó la muralla cafetera con un golazo / EFE

Salomón Rondón jugó el partido de su vida y con su golazo, Venezuela venció a Colombia en Cachamay para acercarse al Mundial

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Salomón Rondón confesó antes de jugar contra Colombia, que en toda su vida le gustó tener espacio para correr con la pelota. "A quien no le va a gustar, y más si eres delantero", dijo bromeando, como quien recordaba los días en los que era libre para divertirse con el San José de Calasanz, cuando comenzaba su carrera en la humilde parroquia Catia, en Caracas.

Ayer, Rondón fue la muestra viva del sacrificio y la lucha de una Venezuela que venía golpeada en lo moral por Argentina, pero que supo levantarse a fuerza de sacrificio. El hambre con el que los nacionales iniciaron el duelo que se dio anoche, en un repleto Cachamay que vibró con cada galopada del ariete del Rubín Kazan, cada balón reventado por Andrés Tuñez y Oswaldo Vizcarrondo, socios perfectos en la misión de limitar al incontenible Radamel Falcao, al que secaron tanto como si se hubiese cerrado la enorme compuerta del Guri para no dejar pasar más al río Caroní.

La Vinotinto confió en su guión y compró la tarea del sacrificio como su Maná fundamental para la supervivencia. Fernando Aristeguieta, titular sorpresivo pero agradable, gustó con su juego que le abrió espacios a Salomón, que corrió como cuando era un niño, por toda la cancha. El caraqueño parecía haber encontrado la manera de transportarse mentalmente en la cancha.

No fue raro verlo sacar balones en la defensa, tampoco apoyando en el mediocampo, y sobre todo, corrió. Y gambeteó.

Y a los 13 minutos del partido, su privilegiado físico de atleta dejó sentado a Luis Amaranto Perea, quien se convirtió en ese instante en la imagen de lo que fue Colombia anoche, para luego soltar un sablazo brutal de su pierna izquierda, la que menos usa, pero con la misma que le anotó al Inter en San Siro, para poner a vibrar a todo un país, que necesitaba de una victoria épica, con garra, como la que le regaló la Vinotinto anoche.

Con entrega. La selección mostró que el envalentonado y talentoso equipo colombiano puede ser detenido, e incluso, hasta los hizo sufrir en ocasiones, no sólo con las rápidas galopadas del potro Rondón, también con los pases filtrados de Juan Arango, ayer menos protagonista y más líder sacrificado, porque su muslo izquierdo lo siguió molestando, sobrecargado. Igual que él estaba Túñez, también Vizcarrondo y también César González, otro que en la segunda mitad se lanzó el equipo en sus hombros para salir a atacar y manejar el ritmo de un partido en el que Venezuela apeló a la entrega y al oficio.

Mientras tanto, Perea yacía en el suelo del área mostrando la impotencia de una Colombia que quiso crecer, creyendo en su propuesta ofensiva, con las bandas bien abiertas, pero sucumbió, primero, ante al muro vinotinto, y luego, ante el dominio local y la figura del "Rey" Salomón, más correlón que nunca, más niño y maduro a la vez. Sus goles acercan a Venezuela poco a poco al sueño de Brasil.