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Alivio y venganza

Forlan se lamenta luego de la derrota de su equipo en la Copa Confederaciones/AFP

Forlan se lamenta luego de la derrota de su equipo en la Copa Confederaciones/AFP

Brasil evitó que Uruguay estropeara la fiesta, como en el Maracanazo de 1950, y venció 2-1 para ir a la final de la Copa Confederaciones 

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Paulinho consiguió la revancha. La celebración de Luiz Felipe Scolari, de todos sus dirigidos y del público en Belo Horizonte fue un guiño a aquel Maracanazo, a la venganza lograda y a la alegría de poder evitar un capítulo similar, un posible “Mineirazo”. Parecía un festejo digno de la final del Mundial y, honestamente, para ellos lo fue.

Aquel marcador 2-1 se repitió, la sensación de temor que debió existir en el Maracaná también, pero esta vez fue Brasil el que terminó victorioso. El camino del scracht hacia su redención, hacia el retorno a la élite del fútbol, continúa en esta Copa Confederaciones.

“Soy brasilero, con mucho orgullo, con mucho amor”, cantó el público con fervor para festejar el triunfo y el boleto a la final de esta Copa Confederaciones que ha perjudicado su imagen como país por un sinfín de protestas pero en cambio ha mejorado mucho su reputación como selección.

Si Brasil da el último paso y se titula campeón, bien sea contra Italia o más significativo aún si es España el rival, entonces podrá volver a sentir que domina el deporte como hasta hace algunos años se daba por cierto, como hoy le ocurre a los españoles.

Toda esta alegría no llegó sin sufrimiento para el pueblo brasileño. Uruguay mantiene su identidad de peleador callejero e infunde el mismo temor, sobre todo ante un conjunto que está empezando a encontrarse y un público al que le da miedo creer todavía. Porque fueron muchos los pasajes en los que los aficionados se quedaron callados, al preguntarse si era posible ver otra vez una desgracia como la ocurrida en 1950 en Río de Janeiro.

El penal sentenciado contra Brasil al minuto 14 confirmó todos los miedos. Pero Julio César se encargó de empezar a cambiar la historia al taparle el tiro a su ex compañero del Inter de Milán, Diego Forlán. La gente en el Mineirao celebró con euforia ensordecedora, pero se calmó luego ante la inefectividad de su equipo, mientras Uruguay hacía de las suyas: defendía, contraatacaba, molestaba y buscaba el error. Bien conoce esa receta la Vinotinto, que la sufrió en Puerto Ordaz recientemente.

El público se desesperaba, no más que Scolari claro, y desde las tribunas llegó el cántico: “Neymaaaar, Neymar”. Y justo en ese instante el nuevo genio brasileño recibió un gran pase largo de Paulinho, controló la pelota con el pecho y sacó un remate que forzó a Fernando Muslera a desviar para que entonces apareciera el más oportuno de los brasileños, Fred, que marcó el 1-0 que parecía encaminar el partido para los locales.

Sin embargo, el error que esperaba Uruguay llegó. El anfitrión se enredó la vida en el área al no saber despejar un balón y un pésimo pase de Thiago Silva a Marcelo le abrió la puerta a Edinson Cavani para robar y anotar a pocos metros de Julio César.

Con cada minuto, la tensión le ganaba al público. La prórroga sólo sería la prolongación de una tortura. Hasta que el cabezazo de Paulinho los liberó del sufrimiento y espantó los fantasmas de 1950. Uruguay, esta vez, no pudo aguar la fiesta.