• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

Al instante

La vía china y otras

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Venezuela se encuentra hundida en una crisis económica y política tan grave, que algún analista ha llegado a pronosticar una “implosión” y aconseja crear un cordón sanitario para impedir que nuestros males infecten el entorno exterior. El gobierno venezolano sabe que estamos en crisis, pero sus reacciones ante ella son contradictorias. Mientras parece entender que debería llegar a un acuerdo con el capital privado nacional e internacional (como lo hace Cuba), continúa insultando a los empresarios e intensifica su despotismo político, atropellando derechos humanos, coartando libertades y poniendo trabas al venidero proceso electoral. Es posible que esas contradicciones reflejen una rebelión de los elementos más atrasados del chavismo contra un incipiente anhelo del gobernante de seguir el ejemplo de países de régimen comunista dispuestos a liberalizar su economía, aunque sin renunciar a la autoridad política absoluta e “irreversible” del partido oficial y su alta burocracia enriquecida.

Ese ejemplo fue dado en primer término por China. La sabiduría y sagacidad que se ha desarrollado en las sucesivas élites chinas desde los tiempos de Confucio y de Lao Dzu hasta hoy, se reflejó en la mente de Deng Xiaoping cuando diseñó el gran cambio del maoísmo a la nueva fórmula del “socialismo de mercado”. Las enormes concesiones hechas al capital privado interno y externo van acompañadas del mantenimiento de la autoridad exclusiva del Partido Comunista Chino, cuya ideología sigue definiendo la visión oficial del futuro.

Un camino análogo fue seguido por Vietnam. La dirigencia comunista cubana, que entendió que la ayuda del chavismo venezolano no podía suplir, a la larga, la de una URSS fenecida, decidió finalmente adoptar el camino iniciado por China, y creemos que hoy Nicolás Maduro desearía seguir por la misma vía –si se lo permitiera su debilidad política en medio de un oficialismo fraccionado–.

En el caso de la URSS y su bloque satelital, no funcionó el esquema de tipo “chino”. Las presiones rebeldes internas y geopolíticas externas eran demasiado fuertes y múltiples para poder ser controladas desde arriba. Además Mijaíl Gorbachov no era ningún Deng: carecía de visión estratégica a largo plazo y se dejó arrollar por los acontecimientos.

En todo caso la caída del comunismo en la URSS y su bloque demostró que la social-dictadura también puede ser superada por otra vía que la del goteo de reformas desde la cúspide. Puede ser desplazada completamente por el levantamiento democrático y no violento de pueblos que ya no soportan una opresión burocrática ineficaz y corrosiva y que gozan del apoyo –¡eso sí!– de factores de presión externos (un “mundo libre” que no se quede dormido ni caiga en actitudes de cobarde complicidad).

En Venezuela deberíamos ponderar tanto el caso chino como otras eventualidades. La crisis actual exige que la oposición democrática se prepare para diversas contingencias. En caso de que en el gobierno se impusiese una tendencia “china” de intento reformista y disposición al diálogo, hay que saber responder con una actitud de firmeza de principios combinada con flexibilidad táctica, recordando que no se busca el derrocamiento de un gobernante sino un retorno a la constitucionalidad, la democracia y la sensatez económica. Sin embargo, la Unidad Democrática debe mantener su actual línea de lucha electoral y fortalecer la movilización de las masas populares, no sólo para que voten, sino también para que exijan e impongan el respeto de la voluntad mayoritaria que se manifestará en los venideros comicios.