• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

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La shoá y otros genocidios

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El pasado 27 de enero de 2015, el mundo conmemoró el 70º aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz –además de los campos de exterminio de Treblinka, Maidanek, Sobibor y otros– por tropas del Ejército soviético. Como en ocasiones anteriores, sobrevivientes de aquellos campos infernales asistieron a los actos de conmemoración, acompañados de quienes perdimos a parientes y amigos en la shoá (holocausto).

El régimen nazi fue la expresión más tenebrosa del fascismo (reacción totalitaria de extrema derecha contra la libertad, la igualdad y la fraternidad humanas). El nazismo se distinguió de todas las demás tiranías pasadas o presentes por su total negación del derecho a la vida de cualquier individuo que, por su “sangre” (sus genes) perteneciera a algún pueblo “inferior” y “dañino”. Además de perseguir y exterminar a sus adversarios políticos o culturales, el nazismo buscó la muerte (en principio) de la totalidad de los 18 millones de hombres, mujeres y niños judíos existentes en el mundo de aquella época. Su expansión militar a partir de 1939 puso bajo su control a la mitad de ese pueblo disperso y desde 1941 se llevó a cabo, con eficiencia y frialdad “industrial”, el exterminio sistemático de todo portador de sangre judía, independientemente de su carácter o sus opiniones y actitudes.  La shoá es única y excepcional entre todos los genocidios de la historia por la fría y persistente intención de sus ejecutores de eliminar del rostro de la Tierra hasta el último individuo perteneciente a una nación o “raza” objeto de su odio implacable. Durante sus años de poder, el nazismo dio muerte, en cámaras de gas o por fusilamientos en masa, a unos siete millones de personas, de las cuales casi seis millones eran judíos.

 Además de la paranoia antisemita asesina del propio Adolf Hitler y sus colaboradores cercanos, el antisemitismo o antijudaismo tuvo evidentes raíces sociológicas e históricas. Al prejuicio cristiano antijudío de raíz religiosa se añadió el hecho de que, en medio de la Europa agraria, artesanal y feudal de la Edad Media, los judíos expulsados de su tierra de origen dominaban ciertas artes y oficios aprendidos en su larga asociación pasada con los fenicios y otros pueblos de la antigüedad: entre ellos, los de manejar el dinero y practicar el comercio. Las despreciadas comunidades judías jugaron, pues, un papel de precursoras o pioneras del capitalismo moderno en un medio subdesarrollado y feudal, y el que juegue ese papel (como también los chinos en Malasia y los hindúes en África) se acarrea la antipatía de la mayoría agrario-artesanal...

Además, hubo un sector judío que ofendió a los conservadores y oligarcas cristianos por su radicalismo político, actuando como vanguardia de movimientos progresistas, primero liberales y posteriormente socialistas. En toda Europa, los liderazgos republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas solían contar con un número notable de judíos (entre ellos Marx, nieto y bisnieto de rabinos). Ello se debió a que los judíos, como pueblo oprimido y menospreciado, tenían y tienen un interés natural en luchar por la libertad, la igualdad y la solidaridad para todas las razas, naciones y clases de la humanidad. Por ello, hasta el día de hoy, los numerosos antisemitas y ex colaboradores del nazismo en países de Europa oriental persisten en identificar los conceptos “judío” y “comunista”.

Sin quererlo, los nazis y otros antisemitas estimularon al movimiento sionista y la creación del Estado de Israel. Antes de Hitler, sólo una minoría de judíos de la diáspora apoyaba el proyecto del doctor Herzl. Hoy, después de la shoá, quedan pocos judíos en el mundo que no defiendan la existencia de Israel como bastión y refugio imprescindible –aunque discrepen de actitudes del actual gobierno de ese país y anhelen una política israelí más conciliadora hacia la parte árabe palestina.

demboers@gmail.com