• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

Al instante

Del nacionalismo al entreguismo

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En Venezuela la revolución “burguesa” o “democrática” contra estructuras precapitalistas, señoriales y neocoloniales no pudo comenzar antes de 1936, ya que hasta fines del 35 se encontraba frenada por el último y temible gendarme del tradicionalismo. A partir de febrero del 36 se abren las compuertas de la modernidad y, como lo constata Mariano Picón Salas, Venezuela entra (por fin) en el siglo XX.

La revolución burguesa democrática es un proceso histórico que se inició en Europa hace cinco siglos y luego saltó a las Américas y otras partes del mundo. Su manifestación interna es la gradual marcha hacia la democracia o soberanía popular, y la externa, el avance hacia la liberación y soberanía nacionales. Historiadores liberales y socialistas concuerdan en que, antes de que un país pueda entrar en la etapa de una democracia avanzada que abarque todos los ámbitos de la vida humana, primero debe afirmarse como nación soberana y liberarse de dependencias externas que sofocan sus energías propias y su libertad de acción.

La revolución democrática tiene que ser, también, una revolución de liberación nacional. Por ello, en Venezuela y América Latina, los libertadores y próceres de la primera Independencia no dudaron que había que cortar los lazos de subordinación a España y Portugal antes de poder reorganizar la vida de nuestros pueblos según principios de libertad e igualdad. Igual pensaron los hombres y las mujeres que, desde la tercera década del siglo XX, condujeron la lucha por una segunda independencia que, esta vez, se dirigiera sobre todo contra el imperialismo económico y que abriera el camino a una democracia social avanzada.  Por ello Rómulo Betancourt, uno de los más grandes paladines de ese movimiento emancipador de la América morena del siglo XX, cuando dejó la presidencia de Venezuela en 1964 y le preguntaron cómo definía su doctrina política a la luz de su experiencia en el gobierno, ratificó su condición de “nacionalista revolucionario” además de demócrata al servicio de las clases populares.

Efectivamente, Betancourt y los presidentes democráticos que le sucedieron en el mando cumplieron la misión histórica de encabezar y orientar un proceso decisivo de ascenso popular policlasista  que se plasmó en una verdadera revolución nacionalista y democrática. Nacionalismo liberador que cambió profundamente la correlación de fuerzas entre Venezuela y la gran potencia económica y política del Norte, sobre bases de nacionalización del petróleo, industrialización y diversificación productiva, reforma agraria y colosales progresos en materia de educación, sanidad, cultura y empoderamiento popular. Si bien estos logros emancipadores perdieron ímpetu en las últimas etapas de la república liberal, hoy hasta sus críticos los recuerdan con nostalgia.

En contraste, de 1999 hasta el día de hoy, la casi total liquidación del sector productivo no petrolero y la recaída en una abyecta dependencia de importaciones desde el exterior han configurado una contrarrevolución entreguista y neocolonial peor que las que se puedan achacar a cualquier oligarquía feudal y cipaya de épocas pasadas. Volveremos sobre este tema cuya conclusión debe ser: que el pretendido polo “patriótico” que hoy desgobierna es, en realidad, un polo entreguista, mientras que los herederos del nacionalismo liberador de décadas pasadas se encuentran en las filas de una oposición que algún desquiciado califica de “ultraderecha”.

 

demboers@gmail.com