• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

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Demetrio Boersner

Una estrategia, varias tácticas

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Según la definición de Carl von Clausewitz, la táctica es el arte de utilizar fuerzas para ganar batallas, y la estrategia, el arte de utilizar batallas para ganar guerras. A ambos niveles es necesario o deseable, según el gran teórico prusiano, disponer de estados mayores muy competentes y atentos a factores logísticos, incluida la condición física y anímica de las tropas, para evitar lo que él llama “fricciones” (errores y desmadres).

León Tolstoi discrepa de Clausewitz. En sus reflexiones contenidas en la parte final de La guerra y la paz, el genial escritor ruso señala que, al margen de los planes e intenciones de generales y comandantes, los grandes conflictos se deciden por la influencia de factores objetivos e impersonales, entre los cuales se cuentan las reacciones a veces espontáneas e imprevisibles de la masa popular. Algunas grandes “decisiones” son, de hecho, el mero reconocimiento de realidades ineludibles.          

El gran conflicto que actualmente divide a los venezolanos reviste un carácter netamente “tolstoyano” y desordenado. Frente a un régimen autoritario, incapaz y corrupto, claramente condenado por la historia y reducido a una estrategia meramente defensiva, actúa una oposición democrática creciente y vigorosa que –por coincidencia objetiva más que por decisiones razonadas– desarrolla tácticas que confluyen en una estrategia coherente pero apenas formulada, y sujeta a “fricciones” como las que preocupaban a Clausewitz.

La acción política de la MUD y el activismo callejero de los estudiantes y grandes sectores populares constituyen dos campos de lucha táctica cuyos resultados deberían confluir sin dificultad en una magna estrategia para lograr un cambio de gobierno preferiblemente enmarcado en el orden constitucional vigente. La MUD tiene razón en querer agotar todas las posibilidades de diálogo negociador con un régimen reacio pero forzado por las circunstancias a ceder terreno. “Patear la mesa” prematuramente significaría perder apoyo internacional y nacional, y reducir la posibilidad de captar a sectores chavistas descontentos. Por el otro lado, sería ilusorio cualquier esfuerzo negociador que no estuviese apoyado dialécticamente por las más contundentes presiones ejercidas desde la calle, la sociedad civil y el pueblo todo.

Infortunadamente, en vez de reconocer y fortalecer la unidad de las dos luchas, distintas pero encaminadas hacia la misma finalidad superior, dirigentes de ambos componentes tácticos se atacan mutuamente, haciendo el juego a provocadores chavistas y a extremistas irresponsables.  Volvemos a plantear la necesidad de una comisión de personalidades de intachable integridad y amplitud que actúe para reconciliar a las dos corrientes tácticas que se complementan sin admitirlo.