• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

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Entre la democracia y la expansión

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Venezuela, al igual que los demás países latinoamericanos, ha sentido durante dos siglos la contradictoria influencia de su poderoso vecino norteño. Una influencia democrática y liberadora, que en ocasiones contribuyó a avivar  los impulsos emancipadores y progresistas  de nuestros pueblos. Y por el otro lado el impacto de un expansionismo terrófago, militar y financiero, que en diversas oportunidades intervino brutalmente en países latinoamericanos y caribeños y les arrebató partes de su territorio o sus recursos.

A diferencia de países como México, Cuba, Haití, República Dominicana y los de Centroamérica, Venezuela nunca sufrió en su territorio la bota del infante de marina o  del soldado del Ejército estadounidense. Más bien Estados Unidos actuó por lo menos dos veces (1897 y 1903) para defendernos de pretensiones imperialistas e intervenciones armadas de potencias europeas. Y cuando nos explotaba económicamente, llevándose una parte desproporcionada de nuestra bonanza petrolera, lo hacía con cierta bonhomía, aceptando finalmente que hombres como Betancourt, Leoni, Caldera y CAP le impusieran una nueva relación, de mayor igualdad y respeto. Por ello el pueblo venezolano no es emocionalmente antiyanqui, como lo son otros de nuestra región, y las vociferaciones de nuestros caudillos demagogos contra el “imperio” le provocan fastidio o risa.

En estos días (14 de abril) acaban de cumplirse 150 años del asesinato de Abraham Lincoln, el más luminoso y progresista de todos los presidentes que ha tenido Estados Unidos. Más que ningún otro mandatario de ese importante país, Lincoln encarnó los valores de libertad, igualdad y solidaridad afirmados por las dos grandes revoluciones liberales de fines del siglo XVIII, la norteamericana y la francesa. Hijo del pueblo humilde, llega a la presidencia en 1860 con un programa de igualdad  ciudadana, de respeto al trabajo libre y rechazo al esclavismo, de nacionalismo económico y fomento de la industrialización. La honestidad y pureza de su carácter personal van mano en mano con la habilidad y astucia de un gran político y estadista. Enfrentado a la rebelión de la sociedad arcaica del sur –defensa del esclavismo y del latifundismo algodonero, del poder político de los terratenientes locales, del libre comercio con la Gran Bretaña; rechazo al progreso industrial, al proteccionismo y a la revolución burguesa-democrática– Lincoln se esfuerza ante todo por mantener la unidad nacional y reprimir la secesión, pero como segunda gran meta enarbola  la emancipación de los esclavos, y la logra con mano firme. Con dolor, acepta incluso una prolongación del sangriento conflicto hasta la rendición incondicional del sur, para que la emancipación de los esclavos (enmienda XIII a la Constitución) pueda ser completa e incondicional.

Hacia el mundo exterior fue progresista y antimperial. En 1847 renunció a un cargo público en protesta contra la invasión de México por Estados Unidos y fue un duro adversario del expansionismo –sobre todo sureño– hacia Centroamérica y Cuba. El inmortal poeta norteamericano Walt Whitman (inspirador de un Pablo Neruda) escribió sus versos más tristes sobre el sepulcro del gran tribuno.

Después de Lincoln, la ascendente burguesía se convirtió en arrogante plutocracia e impulsó directa o indirectamente la etapa de un expansionismo norteamericano nuevo, ajustado al modelo imperialista mundial. Sin embargo, la depresión económica de 1930 debilitó a la plutocracia y volvió a surgir con fuerza el lado democrático y liberador de la tradición estadounidense. El grandioso Franklin Roosevelt encabezó la lucha mundial contra el nazifascismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos es la primera potencia mundial. Tiene que dominar con un brazo y liberar con el otro. En la actualidad, el empeño de Obama es el de liberar sin dejar de ejercer un predominio ineludible.

 

demboers@gmail.com