• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

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En defensa del bipartidismo

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      Tanto en Venezuela como en otros países del mundo existe hoy en día  una tendencia  al cuestionamiento de los partidos viejos o tradicionales.  Nuevos grupos de presión generados por  la “tercera revolución industrial”, ignorantes de historia y carentes de experiencia política, arremeten contra los partidos viejos y fundan organizaciones nuevas,  muchas veces improvisadas y oportunistas.  Desconocen el papel creador y orientador positivo que desempeñaron los partidos viejos, y los culpan de males que en realidad  provienen  en buena parte de la  labor de zapa de  “anti-políticos” de derecha o de seudo-izquierda. 

      En nuestro país,  la progresista república liberal de los años 1958-98 fue creada y moldeada por cuatro partidos de noble tradición y liderazgo eminente: AD (socialdemócrata),  COPEI (socialcristiano), URD (liberal-demócrata) y PCV (comunista).   El sistema democrático venezolano vivió su mejor etapa en sus primeros años, cuando esas cuatro fuerzas políticas mantuvieron su identidad y su credibilidad intactas.  Fue particularmente positivo para el éxito de aquella época  estelar del progreso venezolano, el hecho de que dos de los cuatro partidos mencionados –AD y COPEI—adquiriesen una fuerza predominante que les permitió instaurar y sostener un equilibrio bipolar fundamental, primero a través de la “guanábana” gobernante con Betancourt, y después por medio del pacto de estabilidad democrática que ambos cumplieron a cabalidad.  La república liberal (mal llamada “cuarta”) se basó en un bipartidismo innegable aunque atenuado por la participación activa de las fuerzas políticas menores.

      Otros bipartidismos exitosos y admirables han sido, en el mundo, los sistemas de interacción y alternación  configurados, en Inglaterra desde hace siglos,  por conservadores y liberales y después por conservadores y laboristas; en Estados Unidos por republicanos y demócratas, en la Alemania de postguerra por demócratas cristianos y socialdemócratas, y en  Francia, por obra y gracia del general de Gaulle, por un binomio conservador-socialista.  En cambio, una democracia de calidad ética elevada como la de Israel está pagando el precio de un parlamentarismo y una representatividad proporcional exagerados, que dificultan su gobernabilidad y dan  influencia exagerada a micro-partidos extremistas.

      España constituye otro importante ejemplo de un bipartidismo que dio buenos resultados durante más de cuarenta años, entre el Partido Populat (PP) de centroderecha y el Partido Socialista (PSOE) de centroizquierda. En las elecciones municipales y regionales del 24 de mayo fracasó el empeño de nuevas organizaciones como los partidos Podemos (ahijado del chavismo venezolano) y el partido Ciudadanos (centrista) de “acabar con el bipartidismo”.  Quedaron  ratificados los populares y los socialistas como los principales dos pilares de un sistema democrático que, como es debido, trata de posibilitar tanto el progreso como la reacción  ideológicos en los moldes de “poder suave” propios de una sociedad civilizada.  Es cierto; por los efectos de la honda crisis económica que el mundo atraviesa, las “nuevas” fuerzas estrepitosas ganaron terreno, como lo ganó en Francia el Frente Nacional de extrema derecha.  No obstante, los viejos partidos de centroderecha y de centroizquierda, aunque un poco anquilosados y necesitados de remozamiento,  siguen siendo los vehículos indispensables para avances y retrocesos socio-históricos en un marco de convivencia  tolerante.

      Creemos que para la futura Venezuela democrática ---cuyo avenimiento se acelera por la agravación de la crisis chavista--, lo deseable sería una suerte de reedición del binomio centroizquierda-centroderecha que en épocas pasadas fue  representado por AD y COPEI, pero que en el futuro podría ser reasumido por “polos” ideológicos más amplios, de los cuales no estaría excluida la disidencia chavista honrada.

 

demboers@gmail.com