• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

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“Progresistas” aldeanos sin visión

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En una reacción inspirada en visiones aldeanas y sentimientos mezquinos, los legisladores del Partido Demócrata estadounidense acaban de dar una estocada desleal a su jefe legítimo y notable estadista, el presidente Barack Obama. Al sabotear su gran proyecto de un Acuerdo del Pacífico que abarque 40% de la economía mundial, armonice los intereses de doce países con diferentes niveles de desarrollo así como los del capital y el trabajo, y haga contrapeso a la expansión del poder chino, contribuyendo a la construcción de un sistema internacional de cohesiones equilibradas, las huestes de Nancy Pelosi han demostrado una condición patriotera y proteccionista anacrónica y más propia de derechas que de izquierdas democráticas. Con ello dan la espalda a la realidad de una globalización irreversible, que puede ser puesta al servicio de la plutocracia o de los sectores populares, según lo determine la lucha entre fuerzas políticas de derecha y de izquierda en su seno, y no por quienes le tiren piedras desde afuera.

En la historia de Estados Unidos como del resto del mundo, el aislacionismo nacional solía ser propio de los más conservadores y oligarcas, que identificaban el internacionalismo no solo con una competencia comercial extranjera que podía afectar sus privilegios económicos, sino también con una apertura a peligrosas ideas y corrientes sociopolíticos, tales como el socialismo. En cambio este último era internacionalista hasta la médula (“proletarios del mundo, uníos”), y también lo eran las corrientes avanzadas del liberalismo político. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el Partido Republicano norteamericano era el que tendía al autoaislamiento (combinado, eso sí, con actos de intervencionismo hegemonista cuando los grandes intereses lo requerían).  En cambio, los demócratas, inspirados tanto por Wilson como posteriormente por Franklin Roosevelt, eran claramente el partido de la participación activa en los asuntos mundiales, con una visión generalmente idealista, aunque también ellos fueran mediatizados a veces por los magnates del gran capital.

La actual inversión de estas tendencias tiene mucho que ver con el colapso del bloque comunista en 1990, y el triunfo demasiado total, sin limitaciones ni contrapesos, de la plutocracia capitalista transnacional. La centroizquierda, defensora de las clases medias y los trabajadores frente al gran capital, notó que la reforzada hegemonía plutocrática se basaba en un nuevo tipo de internacionalismo, expresado en la doctrina de la globalización neoliberal, con su pretensión insultante de que los Estados nacionales, en lugar de forjar destinos soberanos, se limiten a “insertarse” en un “nicho” predeterminado. Es comprensible que, ante esto, la izquierda mundial –no solo en Estados Unidos sino también en otros países– haya tenido vehementes reacciones de rechazo, y buena parte de ella se haya dejado seducir por nuevas formas de nacionalismo, a veces aldeano. En el caso norteamericano, esta actitud proteccionista es alimentada sobre todo por los sindicatos, que no ven más allá de los efectos negativos inmediatos que los acuerdos de libre comercio pueden tener sobre el empleo y los salarios locales.

Pero refugiarse en el nacionalismo estrecho –a veces en coincidencia  con nacionalistas de ultraderecha, incluso fascistoides– no puede ser la solución para quienes en última instancia aspiran a construir un mundo de solidaridad y armonía planetarias. Una plutocracia mundial solo puede ser neutralizada por una democratización del orden global “desde adentro”, mediante la lucha mancomunada y tenaz de trabajadores y capas medias de todas las naciones; no por la reafirmación de espacios separados, incompatibles con las exigencias tecno-económicas y socio-culturales del siglo XXI.

 

demboers@gmail.com