• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

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Demetrio Boersner

Noviembres memorables

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El 7 de noviembre de 1917 (“24 de octubre” según el viejo calendario juliano) en Petrogrado, ex capital de Rusia zarista, ocurrió la revolución que –en palabras de John Reed– “sacudió el mundo” o –en palabras de Joachim Maass– “puso el tiempo de rodillas”.

Sin esa “Revolución de Octubre”, hoy en día el mundo estaría más atrasado de lo que está en materia de equidad social y de aspiraciones liberadoras.  El colosal impacto internacional de Lenin y de las exigencias bolcheviques despertó los impulsos reformistas del globo terrestre y logró que hasta en los países más capitalistas, por temor y precaución, se hiciesen concesiones a las reivindicaciones de los “parias de la Tierra”. También dio colosal aliento a los movimientos de liberación anticolonialistas. Después de la Segunda Guerra Mundial, los excelentes progresos sociales de Europa –el “Estado de bienestar” socialdemócrata-socialcristiano– fueron posibles en parte por la existencia de un “desafío comunista” que debió ser neutralizado mediante reformas enmarcadas en la democracia representativa. En ese sentido hasta el estalinismo –sucesor inhumano y opresivo del proyecto liberador de Lenin– jugó un papel objetivo progresista, ya que forzó al Occidente a atender su agenda social.

Otro noviembre memorable en la historia –aparentemente negador del de 1917– fue el de 1989 en Berlín: la caída del “Muro de la Vergüenza” que durante 28 años había simbolizado la división de Alemania en dos Estados antagónicos.

Como lo señala Fernando Mires, ese acontecimiento constituyó la culminación de una serie de levantamientos revolucionarios que se habían producido en la Europa centrooriental dominada por el imperio soviético estalinista luego de que el Ejército Rojo liberara a aquella zona de la anterior dominación alemana nazi. Así como el comunismo soviético había significado un apoyo objetivo a la resistencia antifascista y al progreso social antes de 1945, después de esa fecha se convirtió en fuerza mayoritariamente percibida como dictadura burocrática y policial, negadora de la libertad humana –aunque implantara una ruda igualdad social y garantizara el pleno empleo–. Los abusos de la “nueva clase” o “casta burocrática” comunista provocaron vastos levantamientos populares en busca de “libertad” en el sentido más elemental y auténtico del término, sucesivamente en Alemania oriental, en Hungría, en Polonia y en Checoslovaquia, además de la rebelión titoísta (socialista autogestora) en Yugoslavia. La caída del Muro de Berlín fue un episodio de un movimiento liberador en el seno del bloque posestalinista –movimiento que en la URSS misma asumió la forma de la bienintencionada pero tardía “perestroika” lanzada por el presidente Gorbachov–. 

Aquel movimiento de contenido liberador, dirigido contra una forma de capitalismo de Estado científicamente denominada “colectivismo burocrático”, sin duda fue auténticamente popular y de ningún modo manipulado por el bloque estratégico occidental y sus grandes consorcios financieros. Sin embargo, estos se aprovecharon posteriormente de ese proceso y lo reinterpretaron como “triunfo” de un “mundo libre” que, en realidad, había quedado sorprendido por la dinámica liberadora interna de los países del Este. El desenlace geoestratégico favoreció al bloque occidental y durante una década le dio incuestionable hegemonía mundial bajo el signo del “Consenso de Washington”. Por ello, muchos progresistas democráticos seguimos lamentando que no se haya dado el desenlace “ideal” que anhelábamos en tiempos de la bipolaridad: un gradual acercamiento entre los dos bloques antagónicos, mediante un “deshielo” cada vez más efectivo, y una obligada aproximación entre los dos sistemas socioeconómicos hasta llegar a un encuentro amistoso y una suerte de matrimonio entre el socialismo y el liberalismo en síntesis “socialdemócrata”. Aquel sueño fue compartido por hombres como Willy Brandt, Rómulo Betancourt y otros eminentes políticos y académicos humanistas.

Entre los noviembres memorables cabe incluir también el de 1938, momento tenebroso para el pueblo judío, y vergonzoso para el gran mundo “democrático” y “bienpensante” que le dio la espalda: la “Noche de los Cristales” en Alemania nazi, anunciadora del venidero Holocausto. 

Asimismo, nos viene a la memoria el noviembre de 1962, etapa final de la aterradora crisis de los cohetes soviéticos en Cuba, iniciada en octubre de aquel año. En ningún otro momento de la Guerra Fría la humanidad se encontró tan cerca de un aniquilamiento termonuclear, y en ninguna otra coyuntura quedó tan evidente la insignificancia de gobernantes tercermundistas que piden guerra, frente a la seriedad de estadistas mayores, responsables de salvar la paz.