• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

Al instante

Ganó la democracia, no la derecha

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De los 112 diputados de la Mesa de la Unidad Democrática elegidos por el pueblo de Venezuela para constituir la mayoría calificada de la nueva Asamblea Nacional, 57 pertenecen a partidos políticos miembros de la Internacional Socialista. Ello significa que la mayoría de los diputados opositores tiene algún compromiso existencial con doctrinas y programas de democracia social, alejados de posiciones conservadoras o neoliberales. Por ello están equivocados quienes describen el resultado electoral del 6 de diciembre en términos de un presunto “triunfo de la derecha”. El viraje venezolano no irá de ningún modo hacia la restauración de privilegios clasistas tradicionales sino, simple y llanamente, hacia la liquidación del despotismo estalinoide y el restablecimiento de la libertad política y de una economía mixta.

Ese rumbo responde al sentir de la mayoría de los venezolanos. Diversos estudios de opinión realizados en años recientes indican que, si bien los sectores populares se sienten atraídos por el concepto de “socialismo”, en su inmensa mayoría insisten en que este debe ser “democrático” y no “comunista”. Su ideal de una sociedad justa se basa en la idea de la igualdad de oportunidades y en el empoderamiento de la población laboriosa, no solo asalariada, sino también integrada por trabajadores independientes, emprendedores y pequeños empresarios. Espontáneamente se inclinan hacia el modelo de una democracia social que refleje primordialmente los intereses de la mayoría de bajo ingreso, pero que respete la propiedad privada y reconozca los aportes y méritos de una burguesía empresarial productora e identificada con el desarrollo y bienestar de la nación. En tal modelo económico, el Estado y el sector privado trabajan mano en mano, con respeto mutuo y claras reglas de juego. El Estado interviene en el proceso productivo y distributivo, no mediante expropiaciones brutales y paralizantes, sino a través de regulaciones y orientaciones aprobadas democráticamente.

Los comentaristas que manejan el concepto de una “derechización” en Venezuela se basan en cierta medida en el hecho de que hoy América Latina en su conjunto tiende a dar la espalda a gobiernos de “izquierda” y se inclina hacia programas de corte económico más liberal. En ese sentido se señala la significación de la victoria de Mauricio Macri en la Argentina, de la oleada de críticas contra el gobierno laborista brasileño, y del visible ascenso geoestratégico de la Alianza del Pacífico, de inclinación liberal, frente al área de influencia de Mercosur, más dirigista. Igualmente se destaca el hecho de que en Europa los procesos electorales tienden últimamente a beneficiar a movimientos de centroderecha más que a los de centroizquierda.

Son hechos ciertos, que tienen explicaciones diferentes de un lugar a otro.

En Europa, numerosos votantes tradicionales de la socialdemocracia reprochan a esta una falta de energía en la defensa de los intereses sociales afectados por la crisis económica, y por ello han trasladado su apoyo a partidos más radicales, ya sea de extrema izquierda o incluso de extrema derecha. En América Latina, los gobiernos de “izquierda” –sensata y democrática o populista y autoritaria– florecieron mientras duraba la bonanza de los precios de “commodities” como el petróleo, pero pierden apoyo a medida que caen dichos precios y merman los fondos de ayuda social. Además, los socialistas democráticos de la región dañaron su propia integridad e imagen al abrazar, por oportunista codicia, al chavismo opresor y corrupto.

Por ello, no existe ningún fatalismo que haga inevitable una “derechización” en Venezuela. Lo inevitable (por exigencia del pueblo en su totalidad civil y militar) es la democratización política, así como un proceso –ojalá que rápido y eficaz– de transición a una economía de mercado con justicia social.

 

demboers@gmail.com