• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

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Esperando a los cinco más uno

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El mundo vive, sin duda, una situación peligrosa, ya que enfrenta varias graves crisis en un mismo momento histórico. En el ámbito ecológico, el cambio climático avanza con mayor rapidez de lo que se esperaba, y existe apremio para concertar un programa ambiental común a la vez exigente y factible. En el campo de la economía global, no se han superado los efectos de la gran recesión de 2008, y es necesario acordar e implementar nuevas normas internacionales de disciplina y cooperación financiera, industrial y comercial. En el plano geopolítico, existen varias situaciones conflictivas que requieren grandes negociaciones y acuerdos al más alto nivel de la estrategia  mundial. En los tres niveles señalados, es imprescindible que se  renueve y se refuerce la acción de las potencias más importantes por su significación e influencia política, económica e intelectual. Estas potencias son: los “cinco grandes” miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU –Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia–, a los cuales se agrega  una sexta gran potencia “de facto”, que es Alemania. 

Ni la amenaza climática ni el desorden económico global, desencadenado por la contrarrevolución neoliberal de 1980, pueden ser superados por un solo país o grupo de países, sino requieren la cooperación de toda la comunidad mundial. Y no solo estos magnos problemas de carácter suprapersonal, sino incluso las principales tensiones geopolíticas –influidas por intenciones subjetivas– son de tal magnitud que su superación escapa del alcance de cualquier región geoestratégica, y que deban ser tratadas al más alto nivel de las decisiones mundiales.

La menos aguda de estas contradicciones geoestratégicas es la que se deriva de la rivalidad global entre Estados Unidos como primera potencia y China como factor ascendente. La búsqueda de una deseable fórmula para competir en un marco de coexistencia pacífica incumbe ante todo a los dos actores principales, pero ellos necesitan del beneplácito de otros, tales como la Unión Europea y Rusia.

Una gran tensión ha surgido entre la sociedad moderna y un islamismo parafascista y violento que aspira a extender su tiranía sobre el mundo entero. Cualquier intento de reprimir y aniquilar esta amenaza por parte del Occidente, actuando solo, tendería a fortalecer a los yihadistas al darles, ante los ojos de muchos musulmanes, una falsa apariencia de resistentes “anticolonialistas”. Por ello, la búsqueda de un acuerdo entre Occidente y Rusia –y eventualmente China– sobre la crisis de Siria e Irak es de importancia esencial. Rusia y China deberían compartir con el Occidente y con el islam moderado (incluido Irán) la tarea de derrotar y destruir al yihadismo extremo.

Por ello, acaso la tensión internacional más preocupante sea la que resulta de una incipiente “nueva guerra fría” entre el Occidente y Rusia. Después de la caída del Muro de Berlín, el Occidente se ensoberbeció y comenzó a dar a Rusia un trato de país vencido que dejaría de ser potencia mundial para serlo a lo sumo a nivel “regional”. Gran equivocación, pues (independientemente de cómo se llame su gobernante) Rusia es heredera del puesto que ocupaba la URSS y, antes de ella, el imperio de los zares, y ha jugado un papel mundial desde la época de Pedro el Grande. Cometen un grave error los “neoconservadores” y los “intervencionistas liberales” que creen que la Guerra Fría continúa, y que sueñan con una Eurasia dominada por los intereses de Occidente. Si Rusia fuese empujada a una estrategia de alianza con China contra el Occidente no solo continuaría en llamas el Medio Oriente, sino que podría resurgir la terrible amenaza de una tercera guerra mundial.  

Los “cinco más uno” deben asumir su responsabilidad conjunta.      

demboers@gmail.com