• Caracas (Venezuela)

Demetrio Boersner

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Desaciertos estratégicos

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En el ámbito de las Américas se observan algunas tendencias positivas para la paz y la libertad de los pueblos, mientras el cuadro geoestratégico mundial luce preocupante por la agravación de conflictos y la falta de consensos para resolverlos. 

En nuestro hemisferio, el actual proceso de normalización de las relaciones entre Cuba, Estados Unidos y Europa sin duda es propicio para que la isla evolucione hacia una mayor libertad. Al mismo tiempo, ese proceso tenderá, probablemente, a favorecer una eventual democratización de Venezuela: además de debilitarse por su incapacidad, el régimen chavista quedará cada vez más aislado en un mundo en el cual hasta la revolución cubana se liberaliza y hace las paces con el “imperio”.  Más temprano que tarde, el diálogo y la transición serán ineludibles. Por otra parte, las actuales tendencias económicas afectan a los países del Mercosur y los alientan a armonizar sus proyectos con  los de la Alianza del Pacífico y las corrientes de libre comercio Norte-Sur, sin dejar de beneficiarse también de los vínculos con China y otros socios nuevos.  

En cambio, en otras partes del mundo tienden a aumentar las tensiones entre grupos sociales, naciones y bloques. La Unión Europea vive una etapa álgida. En diversos grados –desde la crisis aguda de Grecia hasta una desaceleración económica relativa en los centros más desarrollados– la región entera sigue sufriendo los embates de la gran recesión de 2008, que afectan la cohesión de la sociedad, de los Estados nacionales y de la región en su conjunto. Los propios valores fundamentales de la integración europea están siendo cuestionados y –no obstante el talento y los méritos de gobernantes como Merkel y Hollande– hace falta una calidad  superior de liderazgo, convincente y visionario como los de Churchill, De Gaulle y Willy Brandt en tiempos pasados.

Verdaderamente grave y peligroso es el conflicto geoestratégico que ha surgido entre el Occidente y Rusia. Irresponsablemente, políticos y analistas norteamericanos y europeos agravan  las tensiones y los malentendidos, sin referencia alguna a la historia. No saben lo que es Rusia ni cuáles son sus legítimos derechos geopolíticos adquiridos en medio milenio de desempeño, no como cualquier potencia regional, sino como una de las grandes potencias del mundo. El realismo político que subyace a la estructura de la ONU exige que reconozcamos que “algunos son más iguales que otros”, según la frase satírica de Orwell. Al caer la URSS, el Occidente hizo creer a Rusia que sería acogida con los brazos abiertos, y como igual, en el “mundo libre”. En lugar de ello, Estados Unidos y la Unión Europea han seguido una persistente estrategia de empujar a Rusia hacia el este, expulsándola de sus antiguas zonas de influencia y de seguridad. Como lo señala Henry Kissinger, es exagerado y temerario pretender que Ucrania (cuna histórica de Rusia misma) no solo entre a la comunidad económica occidental sino también al pacto militar antirruso que es la OTAN. Este peligroso error no parece contar con la aprobación de Obama –quien tuvo una correcta visión de un orden de equilibrios mundiales en el cual Rusia desempeñaría un importante papel mediador–, pero se encuentra presionado por “halcones” insensatos. 

Por último, luce cada vez más errónea la política occidental en el Cercano Oriente.

Desde la época de Carter, Estados Unidos ha favorecido el reemplazo de gobernantes autoritarios, pero laicos y modernizantes, por islamistas fanáticos y retardatarios. Gadafi no era bueno, ni lo es Al-Asad, pero peor es el Estado Islámico del “califa” Abu Baker al-Bagdadi. La ausencia, hasta ahora, de una alternativa democrática efectiva en el mundo islámico ha conducido a que el Occidente, entre dos males, haya apoyado al peor de ellos que, después de haber sido ayudado, se tornó salvajemente en contra de sus antiguos benefactores.     

demboers@gmail.com