• Caracas (Venezuela)

Delia Isabel Terán

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Delia Isabel Terán

El síndrome de la tribu

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En el año 1990 viajé a Cuba como participante de un  curso de Periodismo de Investigación junto con 19 colegas latinoamericanos, muchos de los cuales íbamos con la ilusión de conocer en la práctica lo que era el socialismo, ese ideal de sociedad con el que muchos de nuestra generación  soñábamos para nuestros países. Fueron dos meses que transcurrieron entre clases sobre un tema que lógicamente no se debatía en esa isla y el ir y venir a lugares y entrevistas guiadas por los organizadores del curso.

Eran los días de la guerra de ondas hertzianas entre Cuba y Estados Unidos por la puesta al aire de TV Martí, cuyas trasmisiones llegaban hasta la isla y a las cuales el gobierno de Castro temía por su impacto ideológico, mientras que en la mayoría de los hogares los cubanos hacían los mil y un trucos para poder sintonizarla con una curiosidad voraz, clandestina y desesperada.

Esa batalla por repeler la arremetida audiovisual desde el corazón del exilio cubano fue feroz por parte de las autoridades comunistas. Impresionaba como pusieron en marcha a la par de un sofisticado sistema de defensa tecnológica para hacer caer la señal televisiva, un aparato de propaganda política por todos los medios de difusión existentes que movilizaba a la totalidad de la población hacia la defensa de una supuesta invasión de Estados Unidos a la isla. Amenaza construida  en la mente de los estrategas políticos del régimen en su misión de generar en los cubanos un estado permanente de miedo y desasosiego, frente al cual no cabía el tiempo para pensar en las aventurillas de cazar canales de televisión extranjeros. Niños, jóvenes, ancianos, mujeres y hombres, todos inmersos en agotadores  entrenamientos militares, maniobras de guerra, simulaciones de invasiones del enemigo y en interminables y gastados discursos en contra del imperialismo yanqui por parte del máximo líder.

Como periodistas pudimos participar en una rueda de prensa que ofreció Fidel Castro a los corresponsales extranjeros sobre TV Martí y en la que tuvimos la oportunidad de ver y escuchar desde primera fila a ese personaje enigmático y deslumbrante  que, a pesar de despertar con igual intensidad sentimientos de amor y odio, generó un encantamiento en todo el auditorio durante las tantas horas que estuvo hablando. Ese mismo día conocimos a un funcionario importante del Ministerio de Información. Un colega de una amabilidad bastante formal, quien al finalizar la rueda de prensa nos dio la bienvenida, acordando una cita con nosotros para conversar más tranquilamente sobre el periodismo cubano.

Durante el curso tuvimos una agenda bien apretada de visitas a escuelas, hospitales, instituciones políticas, culturales, deportivas, etc., también algunas reuniones con autoridades importantes como, por  ejemplo, con el destituido y encarcelado exvicepresidente Carlos Lage, entre otros. Nos sorprendía como los funcionarios después de más de tres décadas del triunfo de la revolución cubana para ese entonces, todavía se referían a sus logros comparándolos siempre con el pasado, tanto, que ya para nosotros se había convertido en una expresión risible ese estribillo: “Antes de la revolución…y después de la revolución….”  

Los encuentros con nuestros colegas periodistas de los diarios Granma y Juventud Rebelde, así como con los de la televisión y algunas emisoras de radio fueron muy tensos y por supuesto de mucha confrontación profesional,  porque no tenían argumentos convincentes que nos pudieran demostrar que en Cuba había libertad de expresión, en tanto sólo existían  medios que reflejaban únicamente  la opinión y la visión de los voceros del partido único.

Pero también pasamos los días viviendo la verdadera realidad, la de la calle, la que no necesitaba intermediación mediática ni institucional,  aquella que nos hizo a todos repensar nuestras convicciones políticas. A veces eran reflexiones muy íntimas las de cada uno, otras, en su mayoría, eran justamente las que nos generaban el choque terrible al constatar de frente, por ejemplo,  el papel aberrante de los Comités de Defensa de la Revolución, órganos de espionaje y persecución de todo aquel que se arriesgue a pensar y opinar  distinto, sea vecino e incluso familiar; la frustración de los jóvenes al no poder cumplir con sus sueños y aspiraciones, la cifra ocultada por las fuentes oficiales del alto índice de suicidios en cubanos, presos en un país que les robó el futuro; la falta de motivación y estímulo, la inercia, el tedio, la escasez de todo, las permanentes y  largas colas para comprar algo de comer con la tarjeta de racionamiento en mano,  la omnipresencia de un solo líder, las miles de prohibiciones,  pero sobre todo la ausencia …la gigantesca ausencia de la libertad en todas sus expresiones.

Llegado el tan esperado día de nuestra cita con el funcionario del Ministerio de Información en una tarde calurosa, éste se nos presentó más relajado, más familiar y más descargado de los deberes laborales. Comenzamos conversando muy formal y académicamente sobre la revolución cubana, sobre sus logros y sus  enemigos, acerca de su trabajo al lado de Fidel, del futuro de la isla después de la caída de la Unión Soviética,  del  proceso de “rectificación” de la revolución que en esos momentos estaba en pleno desarrollo,  en fin, nada nuevo después de casi mes y medio de muchos encuentros oficiales.

Sin embargo, el agotamiento producido por el calor y por la imposibilidad de mantener solidamente sus argumentos políticos  ante un auditorio lleno de periodistas críticos y agudos que constantemente ponían en tela de juicio cada una de sus respuestas, lo empujó a que, tras una inspiración y expiración de todo el peso de una vida reprimida, nos dejara caer el mejor titular  para muchos de los reportajes que de ese encuentro escribiríamos cada uno de nosotros: ¡Los cubanos vivimos el Síndrome de la Tribu!, declaró un alto funcionario del gobierno cubano cuyo nombre no podemos revelar.

Y su explicación fue tan dramática como tan obvia: “Los cubanos hemos entendido que la única manera de sobrevivir en Cuba es autocensurándonos, no opinar distinto ni en contra del gobierno, porque de hacerlo además de correr el riesgo de ir presos, nos reducen los cupos de la tarjeta de racionamiento, nos suspenden del trabajo, nos limitan el acceso en algunos programas sociales, nos espían, nos someten al escarnio público, ¡por lo tanto compañeros, para sobrevivir aquí hacemos lo que sea para  mantenernos dentro de la tribu”.

La imagen de ese colega cubano revelándonos con mucha valentía y tan bien representada en esa metáfora la desgracia que vive el pueblo cubano desde hace décadas y que la veía tan lejana y ajena en ese entonces,  ahora se me presenta a diario en esta hora oscura que vivimos los venezolanos, como un presagio de lo que podemos llegar a convertirnos como pueblo si dejamos que la autocensura se apodere de nosotros.