• Caracas (Venezuela)

Danilo Arbilla

Al instante

No sabe, no contesta

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Cada vez es más común que los brasileños, volcados a la calle, exhiban  inmensos muñecos de Luiz Inácio Lula da Silva con traje de presidiario.

Ello, en alguna medida, se enmarca en los propios desbordes de la protesta, pero es un hecho que Lula, la semana pasada, hubo de ir a la Policía Federal a declarar en relación con las investigaciones sobre la corrupción en Petrobras, uno de los mayores escándalos que se viven en el Brasil de hoy y que es muy superior al del “mensalao”, que no fue chico.

Ante la policía, Lula, quien también ha sido citado por la justicia como testigo en un caso que involucra a un hijo suyo que es millonario, declaró que él nunca participó en el nombramiento de los jerarcas de la petrolera  que hoy están comprometidos, junto con varios centenas de políticos y empresarios, en un caso de corrupción que le ha costado al Estado y a los brasileños mas de 2.000 millones de dólares.

¿Es raro, no?

Esto es: no participó, siendo presidente, en la elección y designación de quienes debían conducir a la mayor empresa brasileña y una de las más grandes del mundo.

Nadie si imaginaba a un Lula tan prescindente. Tan ajeno a responsabilidades propias de un primer mandatario y de un líder político. No se ocupó y ni le importaba saber quiénes iban a manejar Petrobras. Tampoco se preguntó por qué muchos legisladores de la oposición apoyaban sus proyectos de ley casi sin chistar (compensados con un salario extrapagado con dineros públicos –el mensalao–). Nunca olió nada feo. Un baqueano como él.

Veamos lo que decía la prensa hace unos 5 años: “La petrolera estatal brasileña consiguió captar 70.600 millones de dólares en lo que pasó a ser la mayor capitalización de una empresa ‘en la historia del capitalismo mundial’. ‘Esto es una dádiva de Dios. Nunca antes en la historia de la humanidad tuvimos esta capitalización’, expresó entre festejos el presidente brasileño, Lula da Silva”.

Y este Lula, que aparecía en las fotos eufórico, con casco y disfrazado de obrero de Petrobras, nunca tuvo la curiosidad de saber quiénes administraban esa empresa tan exitosa, la que durante su presidencia se ubicó como la segunda compañía internacional de mayor valor de mercado, apenas por detrás de la Exxon.

Según declaró Lula, el responsables de “los nombramientos” fue José Dirceu, quien efectivamente está preso a raíz del caso Petrobras, y quien ya había sido condenado a prisión –la que disfrutaba en su domicilio particular– por lo del “mensalao”. Era él quien le pagaba a los legisladores que votaban favor de los proyectos del gobierno de Lula.

Dirceu era el ministro de la Presidencia en el primer gobierno de Lula, además de un viejo amigo, fundador del PT y su mano derecha y hombre de confianza. Tenía su despacho a pocos metros del despacho presidencial y a Lula nunca se le ocurrió comentarle –en las tantas veces que se deben de haber cruzado por los pasillos del Palacio de Planalto– sobre ese fenómeno de los legisladores de la oposición que votaban con el gobierno o preguntarle simplemente: José, ¿y a quién metiste en Petrobras?

Parece que Lula es un inteligente declarante. O no contesta, o no sabe ni sabía sobre un montón de cosas que ocurrían durante su mandato. Quien escuchaba sus discursos de aquella época, lo que decía en las campañas electorales, propias y en la de su heredera, jamás se hubieran imaginado que lo de él era nada más que figurativo. Algo así como lo de la reina de Inglaterra o lo del rey de España.

Porque, ciertamente, según él, por lo menos ante la Policía Federal y la justicia, nada sabía de las gestiones y arreglos para conseguir mayorías parlamentarias y no participaba en la elección y nombramiento de las autoridades y conductores de la mayor empresa del Estado.

¿De qué se ocupaba, entonces?