• Caracas (Venezuela)

Danilo Arbilla

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Danilo Arbilla

¿Qué es esto?

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-En menos de 48 horas 2 atentados terroristas y una decena y media de heridos.

-Reactualización de la Ley Antiterrorista y divergencias sobre prioridades entre la seguridad o las libertades y los derechos civiles.

-Caída del PIB.

-Manifestaciones estudiantiles y enfrentamientos con la policía.

- Mayores impuestos a las grandes empresas.

-Polarización política. Izquierda y derecha radicalizan sus discursos tratando de imponer su propia visión.

Son noticias de ahora, pero que recuerdan a la Latinoamérica de los años setenta. Un década aquella muy singular, que comenzó con un fuerte avance de las izquierdas y del nacionalismo populista: con el general Juan Velasco Alvarado y los militares “peruanistas”; general Juan José Torres con su “gobierno revolucionario” en Bolivia; el socialista Salvador Allende asumía el gobierno Chile; la Democracia Cristina con Rafael Caldera ganaba la Presidencia en Venezuela; en Colombia, María Eugenia Rojas Pinilla al frente de su Anapo, de línea populista, casi vence a Michael Pastrana (hablaron de fraude); en Argentina se debilitaba el gobierno militar y Perón, desde el exilio, mantenía un diálogo cordial y fluido con Fidel Castro y crecían las guerrillas con “tintes peronista”; en Uruguay se formaba una gran coalición de partidos de izquierda (el Frente Amplio, hoy en el gobierno) y los Tupamaros, en su lucha armada clandestina que iniciaron a mediados de los sesenta, estaban muy activos y con imagen fortalecida. La incógnita era Ecuador: el quinto gobierno de José María Velasco Ibarra era imprevisible, como siempre. Las excepciones: Brasil, también como siempre, con la conducción de las Fuerzas Armadas e Itamaraty, pero con los militares en el gobierno dando la cara en aquel momento, y Stroessner en Paraguay, tan campante bajo el protectorado de Brasil.

¿Y cómo terminó esa década? Con dictaduras represivas y con los militares y una derecha totalitaria y fascista en el poder.

Pero, como dijimos, las noticias del principio no son de otrora; son de estos días, y para mayor sorpresa se trata de hechos ocurridos en Chile, el país que mejor se condujo en la posdictadura, tanto económicamente como respecto a la necesaria reconciliación. Por lo menos hasta ahora.

Dos atentados terroristas, lunes 8 y martes 9: uno en Santiago en una galería comercial y estación de Metro a las 2:00 de la tarde (con 14 heridos) y el otro en Viña del Mar, por la noche, en un supermercado cerrado (un herido).

No es que sea la primera vez: desde 2005 ha habido 205 atentados, y en lo que va de este año ya suman 31, pero el de Santiago es la primera vez que ocurre en una zona y hora con afluencia de decenas de miles de personas.

La autoría, en principio, se atribuye a grupos anarquistas que han actuado en casos anteriores.

La diferencia es que esto ocurre en vísperas del aniversario del golpe militar contra Allende (11 de septiembre de 1973) y con un clima algo más “enrarecido”. Estudiantes que siguen inquietos, pese a que el gobierno de Michelle Bachelet ha encarado la reforma educativa: empresarios alertas ante una “arremetida tributaria” y una “reforma laboral”; enlentecimiento de la economía y una acentuación de los reclamos contra los responsables de torturas, muertes y desapariciones durante la dictadura pinochetista, además de la eliminación de la ley de amnistía para los militares e incluso que se pasen a cárceles comunes los que están presos.

El discurso se polariza y parecería que se quiere imponer un “relato propio” de la historia, como se ha hecho en Argentina y en Uruguay, pero que no era tan así en Chile.

Entre los chilenos hay quienes se resisten al “relato oficial” y tienen el suyo y hablan de “los 5.291 cubanos (88% diplomáticos) y los 1.916 soviéticos (técnicos) oficialmente presentes en Chile” y dicen “que fue una enorme mayoría de civiles que luchó contra la UP” (Gonzalo Rojas, El Mercurio).

Mientras tanto, y entre esos diferentes marcos, la presidente Bachelet en el acto sobre el insuceso, al tiempo de asegurar que en Chile “no puede haber espacio para la violencia y el miedo”, hizo hincapié en el tema de los derechos humanos y reclamó que quienes tienen información sobre crímenes y desaparecidos de la dictadura, “civiles o militares”, la entreguen. “Basta de esperas dolorosas y silencios injustificados”, dijo.

Su discurso se pareció más a los de Cristina Kirchner que al de cualquiera de los anteriores presidentes que tuvo Chile desde que se recuperó la democracia en 1990.