• Caracas (Venezuela)

Danilo Arbilla

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Panama. La VII Cumbre Americana culminó y no hubo declaración. No es un problema serio: en general ese tipo de documentos, salvo algunas escasas excepciones, no sirven de mucho. Más bien de nada. Si ni la Carta Democrática Interamericana se toma en cuenta, qué se puede  aspirar sobre el alcance de estas declaraciones de ocasión.

Es que, por un lado, no es fácil ponerse de acuerdo con Evo Morales, Rafael Correa, Nicolás Maduro, Cristina Kirchner y Daniel Ortega, ni tampoco, por el otro, se le puede hacer el gusto todas las veces. Ya como que se pasan.

Dicen que en esta oportunidad, además de criticar al imperialismo –en esto sin distinción todos unánimes, es gratis y da sus réditos– los mencionados tenían la idea de que en la declaración no se incluyera, como principio expreso a defender, la libertad de expresión. Como una forma de ir creando ambiente.

Puede, entonces, que la falta de declaración constituya un paso positivo. Quizás hasta les lleve a cuestionarse sobre la razón y utilidad de estas cumbres y resuelvan no convocarlas más. Para empezar, se ahorraría dinero.

En definitiva las cumbres no han sido mucho más que escenario para el “showman” del momento, papel que tan bien cumplieron los extintos Hugo Chávez  y Néstor Kirchner y, con su estilo, Lula. Ahora ese papel lo desempeñan Correa, Evo y en casos Cristina. Esta, de perfil un poco más bajo –su imagen ha caído en lo interno y en el exterior– y muy preocupada porque a fin de año se tiene que ir y quiere blindarse –léase fueros o impunidad–. Es que no pudo conseguir, como lo hicieron sus amigos, implantar un sistema –por supuesto institucional y democrático– que le asegurara la continuidad sine die a través de reelecciones sin limites y bien atadas.

Esta vez no les fue del todo bien a las estrellas permanentes: Maduro aburre y pierde credibilidad, y a Correa, muy duro contra la prensa independiente a la que calificó de “mala prensa”, Obama lo dejó muy mal parado con su respuesta. Palabras más, palabras menos, le explicó: Creo que hay prensa que es mala, que me critica, pero esa prensa sigue hablando en Estados Unidos, porque no confiamos en un sistema en el que una sola persona sea la  que decida y determine lo que se publica.

Se sabía, de todas maneras, que el centro del escenario estaba reservado y con razón, para el transitorio Obama y el eterno Castro (que si no es uno, es el hermano). Y así ocurrió. Pero no fue mucho más que un apretón de manos para ratificar buenas voluntades respecto a otras formas de relacionamiento y un nuevo camino en torno al que habrá idas y venidas, avances y retrocesos. Mucha agua habrá de correr, todavía.

Hubo otras entrevistas con Obama. Lo cierto es que, antimperialistas o no, todos estiran el pescuezo para salir en la estampita junto al jefe del imperio.     Una reunión no tan promocionada y que, sin embargo, sí puede tener efectos más inmediatos y generar una nueva realidad –política y económica– a escala continental fue la que tuvieron Obama y Dilma Rousseff.

Como se sabe, la potencia emergente, de la que tanto se ufanaba Lula, está teniendo dificultades: la inflación para los 12 meses a marzo trepó a más de 8%, el PBI está estancado (0,1% en 2014) y crece el desempleo.

Son datos de la realidad, que algunos representantes del neoprogresismo autoritario y populista pueden despreciar (hasta que les golpeen en pleno rostro), pero que no son ignorados por Itamaratí, ni por las FFAA, y los  industriales y empresarios brasileños. Y estos están siempre atentos, cualquiera sea el signo del presidente local del momento.

Parecería que este nuevo escenario ha empujado a los brasileños a virar. No mirar tanto hacia el este y el sur y acercarse más al norte. Sin salirse del hemisferio.

En consecuencia, Dilma, haya sido espiada o no, finalmente va a viajar a Washington e irá a la Casa Blanca, en un acercamiento a cuenta de mayor cantidad. Los funcionarios del Departamento de Estado y de Itamaratí están muy activos.

Hay otros síntomas; Dilma dijo que el gobierno venezolano, al que por tanto tiempo santificó Lula (ese era el papel que le correspondía en esos momentos) tiene que soltar a los presos. Y añadió algo más: “No pensamos que la mejor relación con la oposición sea encarcelar a quienquiera que sea (…) si la persona no cometió un crimen, no puede ser encarcelada”.

Algo está cambiando. En algunos aspectos para bien, pero no en todos, como ya se verá.