• Caracas (Venezuela)

Danilo Arbilla

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Se sabe quién perdió

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¿Quién va a ganar en Argentina? ¿El opositor Mauricio Macri o el oficialista Daniel Scioli? Las encuestas hablan de una mayoría a favor de Macri, pero después de lo que ocurrió el 25 de octubre pasado –en que todas las encuestas, especulaciones y vaticinios fallaron– nadie se atreve a aventurar un pronóstico.

Se sabe sí quién perdió: la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK), el kirchnerismo y “la Cámpora”, el movimiento de su hijo Máximo que maneja los hilos de la economía argentina y otras madejas, y los grupos y personajes radicales, defensores a ultranza del actual régimen .

También se considera como otro de los derrotados a Jorge Bergoglio –el papa Francisco– cuyo poco disimulado apoyo a Cristina Kirchner, siempre llamó la atención. El pontífice recibió seis veces a la mandataria, en los mejores términos y escenarios, y en más de una ocasión, y medio agarrado de los pelos, encaró “temas” caros al kirchnerismo, como criticar, por ejemplo, “la concentración de medios”. Incluso las visitas que hizo por el continente, entre ellas a Ecuador, Bolivia y Cuba, y sus silencios sobre lo que pasa en Venezuela, donde gobierna gente amiga de CFK, y sus arranques anticapitalistas, en Argentina “se contabilizaban”, por decir lo menos, como subliminales actos de apoyo a Cristina.

Decididamente Bergoglio tiene mejor imagen y goza de más predicamento fuera de su país. En Argentina, para empezar, se le califica de peronista. Mientras era arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio fue reiterada e insistentemente criticado y atacado  por el kirchnerismo, pero después de ser elegido Papa pasó a ser uno de sus mejores amigos y los cuadros kirchneristas, salvo alguna excepción, se transformaron disciplinadamente en sus defensores.

Estos “vaivenes” del papa son los que hacen que en su país natal no goce de esa aureola  que sí le reconoce buena parte de un mundo que no se fija en esos “oportunos” cambios del pontífice. Precisamente en estos días la diputada argentina Patricia Bulrich recordó cuando el entonces cardenal Bergoglio la llamó para, en alguna forma, persuadirla de no votar a favor de la ley que implantaba el matrimonio entre homosexuales. En esa época, tan solo cinco años atrás, la Iglesia argentina, con Bergoglio a la cabeza, estuvo muy en contra del proyecto, lo que incide en el juicio de analistas y ciudadanos respecto a un Francisco hoy tan aperturista  y flexible. “Tan  políticamente correcto”, como advierten.

Pero en lo que hace a quién ganará las elecciones, solo se puede decir que aún restan casi tres semanas. El deseo de cambio notoriamente beneficia a un triunfalista Macri. A Scioli, en tanto, le es muy difícil convencer a los indecisos de que él no representa la continuidad. Por ahora, un poco él, pero más el kirchnerismo radical tratan de meterle miedo al electorado: con Macri la electricidad subirá más de 100%; Macri le pagará a los acreedores “buitres”; Macri se someterá ante el capital financiero y al imperialismo; Macri liberará a los represores, como han dicho las “Abuelas de Plaza de Mayo”, las que junto a “las Madres”, son baluartes y decididas militantes del kirchnerismo y de Cristina.

Cuánto se asustarán los votantes, es difícil de adivinar. Igual pasa respecto a cómo pesará el deseo de cambio y el triunfalismo y en qué medida los peronistas disidentes darán su voto a un no peronista.

Hay sí un fuerte deseo –como se nota en Brasil, Venezuela y el mismo Ecuador– de ponerle freno a la corrupción y al autoritarismo y “muchas ganas” de que no haya impunidad y que los culpables vayan a la cárcel.

En este aspecto la oposición acaba de presentar un proyecto de ley, para que sea tratado por la próxima legislatura en un Congreso, en el que el kirchnerismo no tendrá mayoría como ocurre ahora, por el que se  busca impedir maniobras judiciales que permitan el cierre de más de 1.000 causas por corrupción contra 164 funcionarios del kirchnerismo –entre estos, la propia presidenta, su vicepresidente Amado Boudou y hasta el candidato Scioli–. Quieren evitar que por la vía de “cosa juzgada”, instrumento al que ha recurrido el kirchnerismo contando con jueces amigos, se garantice impunidad a los responsables.

Este deseo y “ganas” de que se acabe con lo impunidad y de que se castigue a los corruptos y a los que abusaron del poder, sin duda va a incidir mucho en el ánimo de los votantes el próximo 22 de noviembre. Incluso va a determinar cómo el próximo gobierno deberá actuar en ese específico aspecto, gane quien gane.