• Caracas (Venezuela)

Danilo Arbilla

Al instante

Evo sube la apuesta

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El tablero gubernamental suramericano muestra algunas piezas nuevas: Macri, Keiko Fujimori, juicio político a Dilma.

Y en ese juego es natural que muchos se aferren a su posición de poder, a la que accedieron por la vía de elecciones democráticas. Incluso aquellos que previamente y durante mucho tiempo buscaron llegar por vías no democráticos ni pacíficas, y que ahora, en varios casos, continúan en el poder a través de mecanismos no tan democráticos.

Dilma y Lula se defienden con uñas y dientes. Nicolás Maduro se hunde cada vez más pero no afloja. Sabe lo que les espera. Ahora, a través del Tribunal Supremo de Justicia, decretó inconstitucional la Ley de Amnistía a los presos políticos. ¿Alguien pensó, por ventura, que el TSJ iba a resolver otra cosa?

Perdido por perdido, hay que jugársela, como hizo el presidente sirio Bashar Hávez al Asad. Este que preside Siria desde 2000, año en que sucedió a su padre que ocupó la presidencia de ese país por 29 años, no cedió a los vientos de “la primavera árabe”. Fue a la guerra civil y todavía se mantiene. A un costo muy alto, por cierto, pero ese no es su problema. Su problema es pasar al llano y por eso se aferra al poder.

Esa parece ser también la tesitura de Evo Morales. Subir la apuesta. En esa línea acaba de salir en auxilio de Cristina Fernández de Kirchner, de Dilma Rousseff y de Lula. Se asombra de lo que le pasa a Cristina –citada por la justicia– y por supuesto habla de golpes de Estado “congresal o judicial”. Qué fenómeno: si la justicia o el Poder Legislativo investiga a los correligionarios progresista, se trata de golpe de Estado. Si no son los amigos, entonces sí se trata de justicia, verdad y lucha contra la corrupción.

Evo, hoy por hoy, es quizás de los que está menos comprometido, pero se anticipa porque aparecen algunos “síntomas”. Perdió el referéndum para “legalizar” su continuidad y hasta ha sido blanco de algunos ataques en temas privados, como la existencia de un hijo. Seguramente en su momento va a insistir sobre su “reeleccion” (quizás, como Chávez, hará cuantos referendos sean necesarios hasta conseguirlo). En cuanto al hijo –cuya madre que fue pareja de Evo hoy está encarcelada por “delitos económicos”– ya las oficinas del Estado han dicho que no existe. En la Bolivia de Evo muchas cosas se decretan así: por ejemplo, para que pudiera ser elegido por tercera vez se resolvió “hacer desaparecer” o dar por terminado el país fundado por Simón Bolívar y se creó uno nuevo en el que Morales pudo ser elegido presidente. Históricamente quedará como el último y el primer presidente de las dos Bolivias.

De todas formas el presidente boliviano sabe que ya no es como antes y no las tiene todas consigo, y entonces avanza y juega más fuerte: en cualquier momento le declara la guerra a Chile. Puede que sea algo exagerado, pero es notorio que está provocando o “toreando”, vía Corte Internacional de Justicia de La Haya, a su vecino del lado del Pacífico.

Un recurso manido, y común a los regímenes totalitarios: tener un enemigo exterior.

Lo mostraba muy bien Orwell en su libro 1984. O más cerca y más asible: el caso del dictador argentino general Leopoldo Fortunato Galtiere y la invasión de Las Malvinas.

Nada une más a los bolivianos que el tema de la salida al mar y la navegabilidad.

El recurso, por muy manido que sea, en Bolivia sirve y más a Evo. El ex canciller chileno Ignacio Walker fue muy claro al respecto: “Estamos aburridos –dijo– de que Bolivia utilice a Chile para sus asuntos políticos internos”. Advirtió, además, que “si Bolivia quiere seguir provocando, Chile (se) va a defender con mucha firmeza y serenidad”.

Como lo explicó además un analista boliviano, Morales “vuelve a echar mano de una estrategia conocida ante un escenario interno complicado”.

Pero a Evo no le importa “patear el tablero”; como para muchos de sus amigos y correligionarios, la cuestión es mantenerse en el poder.