• Caracas (Venezuela)

Danilo Arbilla

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Desfachatez

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(Desfachatez: actitud de la persona que obra o habla con desvergüenza y falta de respeto .Cinismo, descaro, insolencia).

 

Según la Policía Militar fueron 3,5 millones de brasileños los que manifestaron el pasado domingo 13 contra Dilma, Lula, el PT y la corrupción y a favor del juez Sergio Moro, de la Policía Federal y del juicio político (impeachment) a la presidente Rousseff.

Los organizadores hablan de una cifra superior a los 10 millones. La que sea, es un montón de gente. Ha sido la mayor manifestación política en la historia de Brasil.

Al gobierno, en tanto, como que lo domina una especie de estado de desfachatez y desesperación que va más allá del doble discurso y aquello de que el fin justifica los medios.

Dilma ha perdido el estilo y cree que el haber sido guerrillera le da patente de corso para lo que sea, y que eso la justifica en todo. Por un lado dice que no renuncia, y por el otro trata de interferir en la actuación de la justicia apoyando ostensiblemente al investigado Lula. Al tiempo, procura presionar y neutralizar la acción de la Policía Federal que investiga el caso de corrupción en perjuicio de Petrobras y que días pasados fue a buscar a Lula para llevarlo a declarar. En dos semanas la presidente lleva tres ministros de Justicia, cartera de la cual, precisamente, depende la Policía Federal.

Y ha ido más lejos: en uso (¿o mal uso?, ¿o abuso?) de su poder le ofreció a Lula un cargo en su gabinete. El ministerio que él eligiera. El propósito: blindar “con fueros” al ex presidente y hoy millonario ex obrero metalúrgico, ante la eventualidad de que la justicia dispusiera su prisión. La que sería preventiva, en principio.

Lula no aceptó. No es tonto;  sería admitir que le sirve cualquier medio para no ir a prisión y a la vez unir su suerte –que está menguando– a un gobierno que le va muy mal. Por citar dos datos: desde 2010 hasta ahora el PBI ha caído 32%; los desocupados crecieron 50%: alcanzan los 9,1 millones. Eso no lo arregla Lula asumiendo un ministerio. Y él lo sabe. Ya no es época de plata dulce y viento a favor, como cuando él ocupó la presidencia.

Además le conviene politizar el tema, como se preocupa de hacerlo lanzando su candidatura presidencial para 2018, y asumir el papel de víctima, de perseguido. En este sentido hasta le vendría muy bien la prisión preventiva. Aún conserva una cierta buena imagen y tiene sus seguidores adentro y amigos importantes afuera para que le tiren alguna cuerda.

De cualquier forma, ya no es lo mismo. Y eso también lo sabe.

En las manifestaciones cada vez su muñeco con traje de presidiario es más grande.

Hace una semana después de ser “forzado” a declarar, clamó ante sus seguidores que “dará la batalla en las calles”. Parece que, como a varios de sus colegas, correligionarios y amigos, no le gustan los juzgados ni las leyes ni el orden institucional cuando no le son favorables. Es entonces que surge aquello de que por sobre lo jurídico está lo político o se recurre al dictamen de la calle. “Si me quieren derrotar –afirmó desafiante–, me tendrán que enfrentar en las calles de este país”.

El hecho es que hace unas horas las calles de ese país se llenaron, como nunca, pidiendo la destitución de Dilma y la prisión de Lula.

Sin embargo en esta oportunidad el Partido de los Trabajadores de Lula dijo que ese tipo de expresión popular creaba un clima propicio para un golpe de Estado.

¿Pero cómo? Si es para esquivar las investigaciones de la justicia, el camino es el enfrentamiento en las calles. Ahora, si la calle dice lo que no les gusta aparece el fantasma del golpe de Estado.

Tanta desfachatez es abusar de la credibilidad de la gente, y la gente se indigna y por eso sale a las calle.