• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez

La primera dama y los vagabundos

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La semana pasada, durante la penúltima cena del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico en Pekín, ocurrió un curioso incidente tal vez más digno de una telenovela que de un foro diplomático. Mientras que Xi Jinping, el primer ministro de China, se distraía conversando con Barack Obama –situado a su derecha para el banquete– inadvertido a su izquierda un incomodo “faux pas” diplomático se estaba efectuando entre su esposa, Peng Liyuan, y el nuevamente soltero presidente de Rusia, Vladimir Putin. Durante el transcurso de ligeras palabras intercambiadas, la anfitriona parece comentó que hacía un poco de fresco, a lo cual el mandatario ruso le ofreció su propio chal, colocándoselo sobre los hombros personalmente. Aunque la prenda permaneció con la primera dama apenas unos segundos, ya que después de aceptarlo la reemplazó casi de inmediato con su propia chaqueta, lo ocurrido fue capturado por las cámaras de televisión, causando un revuelo en los medios internacionales –y las imágenes fueron censuradas en China.

Sin lugar a dudas, generalmente no hace falta ejercitar mucho los sesos para encontrar qué criticarle a Vladimir Putin. Su agresiva invasión al territorio ucraniano, la violencia de su gobierno contra sus críticos, minorías y homosexuales en su país, y esa rara predilección suya a ser fotografiado en poses ultramasculinas – por ejemplo, cazando tigres o montando caballo sin camisa– hablan por sí mismo. A veces parece más una caricatura, o un villano en una película de James Bond, que el presidente actual del país más grande del mundo. 

Sin embargo, en este caso, hay poca razón para sospechar que las intenciones detrás del gesto de Putin no fueron caballerosas o por lo menos inocentes. Por más que se especule en los medios, dudo mucho que Putin buscara seducir a la primera dama, ni que quisiera humillar a su poderoso marido, al hacerlo parecer desatento. Pero la polémica que resulta tras ese gesto ostensiblemente honorable igual ilustra claramente una lección fundamental sobre la diplomacia internacional, en la que el arte de negociar sin ofender, de cumplir con rituales sociales altamente coreografiados de manera apropiada, y sin excesiva informalidad, toma décadas aprender y dominar. Hasta para Putin, quien tuvo un alto nivel de preparación diplomática en la universidad y también durante su carrera previa como agente de la KGB, antes de volverse político, resulta fácil cometer errores en protocolo sin pensar, y las consecuencias pueden ser graves y humillantes.                                                                                                 

Por desgracia, en Venezuela, nuestro gobierno mira con sospecha a sus ciudadanos educados y de alta formación profesional, y el cuerpo diplomático tradicional ha quedado en gran parte descartado. En cambio, puestos diplomáticos se entregan como si fueran una especie de vacación con los gastos pagados para premiar a los enchufados, a los de ilustres apellidos revolucionarios, y a los leales partidarios, sin consideración ninguna respecto sus calificaciones profesionales, o incluso habilidades lingüísticas.                                                                             

Los resultados hablan por sí mismos. Este mes, durante la reciente Cumbre de Cambio Climático que nuestro gobierno acogió en Margarita, miembros de la delegación de Arabia Saudita –una relación internacional crucial para Venezuela– se quejaron públicamente, según The Wall Street Journal, de la falta de protocolo, puntualidad, organización y decoro por parte de sus anfitriones revolucionarios. Hasta el ministro saudita de petróleo, Alí al-Naimi, probablemente la persona más influyente en mercados petroleros a escala mundial, se sorprendió al descubrir que pocos de los organizadores parecían saber quién era, y se sintió insultado al recibir instrucciones de que debería esperar en una fila para sus credenciales.

Claramente, esperar en una cola es un pasatiempo bastante ubicuo en la quinta república, pero la diplomacia no se puede manejar como si fuera un Mercal. El gobierno venezolano, a través de su desquiciada retórica política, y su hábito de ofuscar información teóricamente “pública”, se lo ha puesto difícil al mundo para que nos tomen en serio. Un módico de profesionalismo y de seriedad, en cómo nos presentan nuestros gobernantes ante el mundo, no estaría de más, ya que contamos con el exterior para que inviertan en nuestras industrias, compren nuestros bonos y nos manden nuevamente sus vuelos internacionales. Pero esto no ocurrirá mientras que nuestros líderes consideren la educación y el profesionalismo como un obstáculo para la carrera diplomática.

El encanto del populismo venezolano –con sus afectaciones campechanas, complots fantásticos, dramatismos e ineficiencia– pierde mucho en traducción. No deberíamos exportarlo.