• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez

La piñata de los cargos políticos

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Entre los estudiosos de la teoría de juegos –esos modelos matemáticos a través de los cuales mentes más ágiles que la mía buscan comprender mejor el proceso mediante el cual se toman las decisiones humanas– se identifican dos tipos de juegos principales. En el primero, los participantes cuentan con información perfecta y mutuamente accesibles, como, por ejemplo, el ajedrez, donde todo jugador puede ver las piezas sobre el tablero, aunque estos puedan interpretar las mismas posiciones de manera diferente. En contraste, el segundo agrupo incluye juegos estilo póquer, donde la información es imperfecta y asimétrica, y la victoria reside en leer las acciones y expresiones del oponente, si se supone que este actúa de manera racional, no podrá dejar de aportarnos pistas involuntarias mediante sus gestos y acciones, con las que podemos haces suposiciones seguramente bien encaminadas.

Por puro hábito, el venezolano trata al juego de sus gobernantes como si fuera del segundo tipo –buscamos pistas, leemos carómetros, y tratamos de crear algún sentido de certidumbre en donde no existe.

Pero para mí, la lección principal del “sacudón colorado” de esta semana, fue que, entre los herederos de Chávez, el proceso de tomar decisiones resiste cualquier análisis de antemano; en nuestra Venezuela, títulos oficiales revelan casi nada sobre el poder relativo de los diferentes actores del régimen. Además, los anuncios oficiales –pistas importantes en la mayoría del mundo– están totalmente desconectados de las futuras acciones gubernamentales. Ni entre los observadores más ávidos de la revolución bolivariana se pensaba que Rafael Ramírez, reconfirmado en sus cargos por Maduro hace apenas un mes, y quien durante toda una década ha sido la hipóstasis de la santísima trinidad petro-económica de cargos venezolanos, perdería todos esos ilustres cargos y sería relegado a la Cancillería.

Este juego, al carecer tanto de la transparencia y geometría del ajedrez y como de la racionalidad del póquer, no se presta fácilmente a calzar en alguna analogía ludópata. Mi primer instinto sería compararlo con un juego de chance, tal vez la ruleta (aunque en la ruleta el rojo no siempre gana, y uno puede ver donde termina la bola al final de la vuelta.)

Pero mejores concordancias pueden existir en el mundo de los juegos infantiles, al fin y al cabo, esta es la única explicación de un sistema en el que formación académica y competencia resultan tan poco correlacionados con obtener un cargo ministerial, y donde todo queda siempre entre los mismos contados “amiguitos.”

Visualizando la situación..... Cada ministro, con los ojos vendados gira hasta quedar desorientado, luego trastabillan hacia la piñata socialista, abrumándose con tantos ilustres cargos y riquezas, después de unos cuantos garrotazos la rompen, y todos se lanzan al montón de premios, a ver quién queda ministro de qué. Cada uno que agarre lo que pueda...

Al final de este juego, los perdedores somos 26 millones de venezolanos. Olvídense de las reformas, y de la supuesta batalla entre los pragmáticos y los ideólogos del chavismo. Con este último sacudón, el Madurillo los olvidó a ambos. El capitán de este barco ha abandonado toda fórmula para evitar la tormenta que viene, y en su lugar, se ata al único mástil que cree sea capaz de sostenerlo cuando llegue la tempestad: la boliburguesía y las fuerzas armadas.