• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez

La nefasta realidad detrás del viaje de Maduro

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(Según fuentes 100% confiables)

El viaje de Maduro surgió de una discusión entre caballeros que se habían sentado en la mesa de whist, Cabello delante de Arreaza, Jaua delante de Maduro. Durante el juego, los participantes no hablaban, pero entre los robos, la conversación interrumpida adquiría más animación.

—Sostengo –dijo Cabello– que la probabilidad siempre está en favor del ladrón, que no puede dejar de ser un hombre sagaz.

—¡Quita allá! –Respondió Arreaza–. Solo si hay un país en donde pueda refugiarse.

—¡Tendría que verse!

—¿Y adónde queréis que vaya?

—No lo sé –respondió Cabello–, pero me parece que la Tierra es muy grande.

—Antes sí lo era... –dijo a media voz Maduro; y añadió después presentando las cartas a Arreaza–: A vos os toca cortar.
La discusión se suspendió durante el robo, pero no tardó en proseguirla Cabello, diciendo:

—¡Cómo que antes! ¿Acaso la Tierra ha disminuido?

—Sin duda que sí –respondió Jaua–. Opino como míster Maduro. La Tierra ha disminuido, puesto que se recorre hoy diez veces más aprisa que hace cien años. Y esto es lo que, en el caso de que nos ocupa, hará que las pesquisas sean más rápidas.

—Y que el ladrón se escape con más facilidad.

—Os toca jugar a vos –dijo Maduro.

Pero el incrédulo Cabello no estaba convencido, y dijo al concluirse la partida:

—Hay que reconocer que habéis encontrado un chistoso modo de decir que la Tierra se ha empequeñecido. De modo que ahora se le da vuelta en tres meses...

—En ochenta días tan solo –dijo Maduro.
Ochenta días, desde que la sección entre Rothal y Altahabad ha sido abierta en el Gran Peninsular Railway, y he aquí el cálculo de la ruta más eficiente establecida por el Correo del Orinoco.

De Caracas a Cuba por ferrocarril, vapores y lancha: 7 días.
De Cuba a Moscú por zepelín: 18 días.
De Moscú a Pekín por ferrocarril: 8 días.
De Pekín a Irán por ferrocarril: 13 días.
De Irán a Arabia Saudita por camello: 3 días.
De Arabia Saudita a Argelia por globo aerostático: 3 días.

De Argelia a Moscú (nuevamente) por camello, ferrocarril: 4 días.

Moscú a San Francisco globo por aerostático – 18 días
De San Francisco a Bogotá por vapor, ferrocarril: 7 días.
De Bogotá a Caracas por burro y más burro: 9 días.
Total: 80 días
—¡Sí, ochenta días! –Exclamó Cabello, quien por inadvertencia cortó una carta mayor–. Pero eso sin tener en cuenta el mal tiempo, los vientos contrarios, los naufragios, los descarrilamientos, etc.

—Contando con todo –respondió Maduro siguiendo su juego, porque ya no respetaba la discusión el whist.
—¡Pero si los gringos o los pelucones quitan las vías! –Exclamó Cabello–; ¡si detienen los trenes, saquean los furgones y hacen tajadas a los viajeros!

—Contando con todo –respondió Maduro que, tendiendo su juego, añadió–: Dos triunfos mayores.

Diosdado Cabello, a quien tocaba dar, recogió las cartas y dijo:
—Teóricamente tenéis razón, señor Maduro; pero en la práctica...
—En la práctica también, señor Cabello.
—Quisiera verlo.
—Solo depende de vos. Partamos juntos.
—¡Líbreme Dios! Pero bien apostaría 4.000 libras a que semejante viaje, hecho con esas condiciones, es imposible.

—Muy posible –respondió Maduro.
—Pues bien, hacedlo.

—¿La vuelta al mundo en ochenta días?

—Sí.

—No hay inconveniente.

—¿Cuándo?

—En seguida. Os prevengo solamente que lo haré a vuestra costa.

—¡Es una locura! –Exclamó Cabello, que empezaba a resentirse por la insistencia de su compañero de juego–. Más vale que sigamos jugando.

—Entonces, volved a dar, porque lo habéis hecho mal.

Cabello recogió otra vez las cartas con mano febril, y de repente, dejándolas sobre la mesa, dijo:

—Pues bien, sí, míster Maduro, apuesto 4.000 libras...

—Mi querido Cabello –dijo Arreaza–, calmaos. Esto no es formal.

—Cuando digo que apuesto –respondió Cabello– es en formalidad.

—Aceptado –dijo Maduro, y luego, volviéndose hacia sus compañeros, añadió–: Tengo 20.000 libras depositadas en el Banco Bicentenario hermanos. De buena gana las arriesgaría.

—¡20.000 libras! –Exclamó Jaua–. ¡20.000 libras, que cualquier tardanza imprevista os puede hacer perder!

—No existe lo imprevisto –respondió sencillamente Maduro.

—¡Pero, míster Maduro, ese transcurso de ochenta días sólo debe estar calculado como mínimo!

—Un mínimo bien empleado basta para todo.

—¡Pero a fin de aprovecharlo, es necesario saltar matemáticamente de los ferrocarriles a los vapores y de los vapores a los ferrocarriles!

—Saltaré matemáticamente.

—¡Es una broma!

—Un buen revolucionario no se chancea nunca cuando se trata de una cosa tan formal como una apuesta –respondió Maduro–. Apuesto 20.000 libras contra quien quiera a que yo doy la vuelta al mundo en 80 días, o menos, sean 1.920 horas, o 115.200 minutos. ¿Aceptáis?

—Aceptamos –respondieron los señores Cabello, Jaua, y Arreaza después de haberse puesto de acuerdo.

—Bien –dijo Maduro–. El teleférico a La Guaira sale a las 8:45. Lo tomaré.

—¿Esta misma noche? –preguntó Cabello.

—Esta misma noche –respondió Maduro–. Por consiguiente –añadió consultando un calendario del bolsillo–, puesto que hoy es miércoles 31 de diciembre, deberé estar de vuelta en Caracas, en este mismo salón del club, el sábado 20 de marzo a las 8:45 minutos de la tarde, sin lo cual las 20.000 libras depositadas actualmente en el Banco Bicentenario os pertenecen. De hecho señores, he aquí un cheque por esa suma.

Se levantó acta de la apuesta, y firmaron los cuatro interesados… Maduro había permanecido sereno. No había ciertamente apostado para ganar, y no había comprometido las 20.000 libras –mitad de su fortuna–, sino porque preveía que tendría que gastar la otra mitad para llevar a buen fin ese difícil, por no decir inejecutable, proyecto. En cuanto a sus adversarios, parecían conmovidos, no por el valor de la apuesta, sino porque tenían reparo en luchar con ventaja.

Daban entonces las 7:00. Se ofreció a míster Maduro la suspensión del juego para que pudiera hacer sus preparativos de marcha.

—¡Yo siempre estoy preparado! –Respondió el impasible caballero; y dando las cartas, exclamó–: Vuelvo oros. A vos os toca salir, señor Cabello.

Fin