• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez

La maldad y el interés salieron al campo un día

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Dentro de los ricos mundos fantásticos de Tolkien, Pokemón o Guerra de las galaxias, resulta que, con solo conocer las alineaciones morales de cualquier personaje, podemos aceptar sus acciones como si fueran motivadas únicamente por heroísmo innato, o malicia total. Sin embargo, fuera de la ficción juvenil, las motivaciones humanas tienden ser infinitamente más complejas, cada una determinada a través de un complejo coctel –consciente o subconsciente– donde pesa el interés propio, cálculos de riesgo, probables efectos sobre reputación, y las poderosas lealtades que sentimos hacia otros y hacia nuestras comunidades.

Esto no quiere decir que el bien y el mal no existen, sin duda nos enfrentamos con ellos cada día, pero lo que los diferencia en la práctica tiende a tratarse mucho más de procesos que de motivaciones. El ser malo habitualmente persigue sus metas –sean estas personales, financieras o ideológicas– sin considerar las necesidades y deseos de los demás, y poco les importa, en su irresistible camino hacia la meta, si causan daño exponencialmente más grave que el beneficio que codician.

Sin duda, la mente humana es una herramienta singularmente adepta para racionalizar decisiones egoístas. Hasta las personas más viles y sanguinarias de la historia –Adolfo Hitler, Osama bin Laden, Genghis Khan– mantenían un módico de lógica perversa detrás de sus terribles crímenes. No fueron motivados por maldad como tal, riéndose solos como villanos de comiquita, sino por la búsqueda de alguna meta, horrorosa pero palpable –ya sea el poder, la venganza, o un paraíso, en este mundo o en el siguiente. Sin embargo, nuestros gobernantes revolucionarios insisten en explicarnos nuestro mundo a través de los términos grandiosos de películas infantiles. La semana pasada el presidente Maduro dio un belicoso discurso público respecto la trágica y misteriosa muerte de Robert Serra. En esa oportunidad el mandatario le prometió personalmente al pueblo venezolano que la justicia revolucionaria les traería graves penas a todos los responsables –los culpables no sólo a nivel “material” sino “intelectual” también–. Por si había dudas nos aclaró ahí mismo, que entre dichos “intelectoculpables” se contaban dos de los sospechosos usuales más favorecidos por el régimen: el misterioso cabal de miameros adinerados, y la oveja negra de la hermana república, Álvaro Uribe.

Dichas declaraciones abrumaban con certidumbre y pasión, pero hacía falta un poco más de información y narrativa. Por ejemplo ¿qué motivo tienen estos plutócratas de Miami para poner en riesgo su libertad, y sus supuestas fortunas robadas, solo para asesinar a un político de tan poca notoriedad internacional? ¿Por qué Álvaro Uribe arriesgaría su exitosa carrera pospresidencial como intelectual público y jefe de partido, simplemente para meterse con un rival fallecido, a través de masacrar uno secuaces de bajo rango? Hasta si estuviéramos dispuestos a suspender esta incredulidad, y aceptar que los enemigos internacionales de este gobierno actúan de tal manera solo por ser “malo maluco”, ¿por qué matarían a Serra? Seguramente existen potenciales víctimas de mucho más alto perfil entre los cultos de personalidad que florecen dentro del régimen venezolano.

Desde hace años el oficialismo le ha pedido a esta nación que veamos el mundo de esta manera. Después del terrible terremoto de 2010 en Haití, Hugo Chávez anunció públicamente que su verdadera causa había sido una nueva arma desarrollada por el Imperio, una acusación fantástica que parecía copiado directamente de un guión escrito por George Lucas. Dejando a un lado la imposibilidad científica y técnica de un dispositivo de este tipo, todavía nos queda esa misma pregunta fastidiosa: ¿Por qué?

Si Estados Unidos en realidad contaba con ese poder tan terrible, que podían destruir de manera secreta cualquier ciudad capital del planeta, ¿quién escogería Haití? ¿Cómo se beneficiaba el gobierno estadounidense destruyendo un país empobrecido para luego invertir incontables recursos para reconstruirla? Los haitianos jamás le han buscado pelea al imperio. ¿Por qué no Pyongyang o La Habana o Teherán? ¿Por qué no Caracas?
Bien reconozco las motivaciones de este gobierno para tratar de mantener la ilusión de que nos rodean incontables enemigos nefastos con poderes sobrenaturales –monstruos culpables por lo difícil que se ha vuelto la existencia del venezolano durante los últimos 16 años de liderazgo revolucionario infalible–. Pero si nos van a mentir, les agradecería que por lo menos se esforzaran un poco más, y que nos ofrezcan una ficción un poco más coherente. El régimen ya nos tiene silenciados, malnutridos, malbañados, hiperinflados y barricados en nuestros hogares por temor al hampa. No hace falta insultar nuestra inteligencia también.