• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez

La hoguera de las bolivanidades

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Desde 1434 hasta 1494, la familia Medici gobernó la República de Florencia. Los Medici fueron los primeros banqueros modernos, capitalistas innovadores que cambiaron el paradigma en lo referente a contabilidad, inversión y préstamos. Durante tres generaciones fueron también grandes mecenas de las artes, del aprendizaje y de la arquitectura florentina –algo que fue clave en el renacimiento italiano–. Sus nombres aún se celebran en círculos artísticos: Cosimo fue el fundador de la dinastía; Pedro el Gotoso carecía de carisma pero amplió la empresa, y Lorenzo el Magnífico, el patrono principal de eminencias como Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y Sandro Botticelli.

Sin embargo, mientras que la fortuna de los Medici convirtió Florencia en una ciudad rica y hermosa –la envidia de toda Europa– dicha transformación generó muchos de esos problemas que caracterizan a los sistemas capitalistas. La desigualdad creció, y aunque los gastos de la élite salpicaban a la clase artística y a la clase profesional, para las masas esas maravillas arquitectónicas, artísticas y científicas, no significaban nada, no se podían comer. Los Medici no parecían tan magníficos ante los ojos de aquellos que no podían acceder y disfrutar de tales maravillas -y los monumentos les parecían superficiales, vacíos y pecaminosos.

El descenso de la popularidad y de la aceptación social de los gobernantes Medici coincidió con la muerte de Lorenzo el Magnífico y la sucesión de su hijo Pedro el Infortunado, quien, como lo indica su nombre, era de un carácter débil, arrogante e indisciplinado. Al cabo de solo dos años Pedro logró agotar lo que quedaba de buena voluntad popular hacia su célebre familia, la ciudadanía se rebeló y los Medici huyeron a Venecia.

En el vacío político que marcó la fuga de los Medici, surgió Girolamo Savonarola, un fraile dominico conocido por sus profecías de gloria cívica, y la pasión con la cual denunciaba la corrupción clerical, la banca, los placeres, ídolos y la explotación de los pobres. Enceguecido por su ideología e impulsado por el carácter populista de su movimiento, Savonarola no podía encontrarle nada positivo a la ciudad que había heredado su régimen. Aquella que los Medici habían construido a través de generaciones. Las grandes obras artísticas y los centros de aprendizaje seculares, que no fueron activamente destrozadas por turbas, simplemente quedaron desprovistos de fondos y sin mantenimiento cayeron en la ruina.

La economía florentina dependía principalmente de la banca, y como el préstamo con interés –la usura– ahora era ilegal, ocurrió un grave colapso económico. Los bienes de lujo fueron los primeros en desaparecer, sin embargo, el fraile le dio la bienvenida a esa escasez, ya que los artículos de lujo eran distracciones ociosas y pecaminosas. Para lo que realmente importaba, decía Savonarola, “Dios proveerá”.

Este jamás dudaba de que la providencia apoyaría su revolución teocrática. Si la vida de las personas parecía más austera que anteriormente, eso les beneficiaba a nivel espiritual. Si aun así existían problemas de escasez, estos se debían a ataques y sabotajes secretos de enemigos nefastos ligados con la Curia papal y por la falta de fe de esos “tibios” cristianos que eran insuficientemente piadosos y lentos para responderle a sus comandos de inspiración divina.

El rechazo de Savonarola de todo lo que había tenido valor durante la republica llegó a un punto crítico en 1497, cuando, durante la semana que tradicionalmente había sido de Carnaval, se organizó en su lugar la famosa “hoguera de las vanidades”. El evento pretendía inmolar aquellos elementos que se consideraban objetos de vanidad pecaminosa, tales como espejos, maquillajes, vestidos refinados e incluso instrumentos musicales. Asimismo, todos los libros inmorales, manuscritos con canciones o imágenes seculares. Incontables tesoros se perdieron durante esta campaña, entre ellos varias obras con temas mitológicos de Botticelli, el famoso pintor renacentista que –como un gran número de florentinos– había sido cautivado por el carisma del fraile dominico, y que con su propia mano lanzaba sus obras al fuego.

A esos florentinos pocos dispuestos a destruir voluntariamente su propiedad, les tocaba la enemistad y la sospecha de las autoridades. Utilizando fondos municipales, Savonarola les pagaba a niños callejeros y mendigos para servir como una versión precursora de los colectivos venezolanos, siempre en búsqueda de artículos de lujo para confiscar, intimidación o informar sobre cualquiera que no estuviese de acuerdo con la línea radical de su gobierno.

Al fin y al cabo fue ese mismo radicalismo el que derrumbó el experimento teocrático florentino. Cuando las revoluciones están fracasando comienzan a centrar su discurso público en lo que es atacar a supuestos enemigos, en lugar de inspirar a sus seguidores con promesas de un futuro mejor. Como el enemigo favorito de Savonarola, y al que le caía la culpa por las fallas del nuevo sistema era el papado, la relación entre la teocracia florentina y la Santa Sede se deterioro rápidamente.

Por lo que se cuenta, el papa Alejandro VI, el más famoso de los prelados Borja, era un poco hedonista, pero también era un hombre eminentemente pragmático. Primero trató de sobornar a Savonarola ofreciéndole una posición como cardenal, después de todo una promoción lo sacaría de Florencia y lo llevaría a Roma, donde no causaría tantos problemas. Como era de esperar el fraile rechazó la oferta. La segunda opción del papa fue un poco más severa: durante un motín, Savonarola fue detenido por un grupo armado de frailes franciscanos, quienes lo llevaron a Roma. Allí fue juzgado como hereje e irónicamente quemado en una hoguera. Poco después los florentinos invitaron a los Medici a regresar a su ciudad.

Ese es el problema con las revoluciones. Al principio prometen un paraíso y para lograrlo hay que destruir mucho de lo que era bueno del pasado. Luego, cuando ese paraíso no se materializa, encuentran algo o alguien más a quien culpar. Si el pueblo está infeliz, le piden que cambien sus expectativas, e incluso su naturaleza, y acusan a los que no lo hacen de debilidad o traición. No conceden, no negocian y tarde o temprano desaparecen en una agonía de humo.

 

@Dlansberg