• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez

La fiesta del otro chivo

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Se cuenta que en Santo Domingo durante el llamado “Trujillato” –unos años antes del eventual asesinato del famoso dictador dominicano– ese régimen se encontraba en el precipicio de una crisis financiera catastrófica. Era año marcado con amortizaciones inusualmente altas sobre la deuda nacional, y los cofres carecían de suficiente liquidez para cumplir con las obligaciones financieras. Reconociendo que un “default"” sobre la deuda externa le costaría a Trujillo el apoyo del gobierno de Estados Unidos, que lo soportaba por anticomunista, a pesar de la terrible corrupción y violencia que caracterizaba su gobierno. En esa época, la enemistad norteamericana tendía a ser algo peligroso, y Trujillo buscaba una salida.

Para rectificar la situación, y así asegurar su posición como dictador supremo, Trujillo intentó una solución poco ortodoxa pero bastante novedosa –y refrescante desde el punto de vista latinoamericano–. Décadas de corrupción extrema habían resultado en la creación de unas cuantas grandes fortunas para aliados y parientes de Trujillo, y había llegado la hora para que aquellos que se habían beneficiado tanto del régimen sacrificaran un poco de ese lucro, con una “donación voluntaria” por el bien de la patria... Trujillo simplemente hizo el pedido, y la deuda se pagó enseguida.

En la actual Venezuela, donde nuestro propio “Madurillato” se encuentra actualmente enfrentando una situación económica similar, ¿podría una iniciativa parecida ser nuestra salvación?

A lo largo de poco más de una década, la mayor bonanza petrolera en la historia humana se ha desaparecido y nosotros los venezolanos –siendo panas– mayoritariamente no hemos preguntado mucho al respecto. Si apenas un pequeño porcentaje de esos millardos extraviados reaparecieran, pagaríamos los bonos fácilmente y sin necesidad de devaluar el bolívar, ni quitarle un cobre a las misiones, a Petrocaribe, ni al derecho fundamental de todo venezolano de recibir tanques de gasolina más baratos que la botellita más pequeña que venda Minalba. Con lo que sobraría, podríamos comprarle el Esequibo a Guyana, y cuidado, además Las Malvinas también (para regalárselas a ese gran y auténtico amigo de la revolución, Diego Maradona). Es decir, una panacea total.

El miedo y la autoridad que imponía Leónidas Trujillo dentro de su partido era absoluto, y lo que pedía recibía –terrenos, ahorros, y hasta las hijas y esposas de sus leales sujetos– nada quedaba por fuera. Trujillo hacía que se respetara.

¿Quién se atreve a dudar de que nuestro propio mandatario cuenta con una posición igualmente dominante dentro del partido que lidera? Solo hace falta que el presidente Maduro, de manera severa pero con algo de paternalismo, parado derechito y con lustroso bigote, diga que todo funcionario y enchufado corrupto (todos sabemos quiénes son) aporte una donación –aquel porcentaje de su fortuna nefasta necesario para salvar la querida revolución, y así sostener el legado del amado comandante eterno.

Listo. ¿Quién se atrevería a llevarle la contraria al heredero de Chávez todo poderoso?

Presidente Maduro, contamos con usted, vaya y pregunte por La Casona o en La Lagunita, y no se le olvide de pasar por la Asamblea Nacional. La patria lo necesita. El venezolano sencillo ya ha sacrificado demasiado para sostener las políticas de este gobierno, ya es buena hora de que aquellos pongan de su cuenta también.