• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

Al instante

Es más fácil engañar que reformar al engañado

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Existe una reconocida frase, comúnmente acreditada al famoso escritor satírico norteamericano Mark Twain (1835-1910), que expresa que “resulta más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados”. Al leerla, no pude dejar de pensar en lo acertada y relevante que resulta esta idea para la actualidad venezolana.
Si en 1998, el meteórico Hugo Chávez le hubiese informado al pueblo que después de 17 años “revolucionarios” Venezuela sería un país de espirales hiperinflacionarias, con terrible escasez de bienes básicos, e invivibles niveles de violencia callejera, nuestra historia seguramente habría tomado una dirección diferente. Sin embargo, eso no fue lo que se prometió. Durante ese año y los años que siguieron, millones de venezolanos fueron engañados.

De estos, muchos ya lucen haberse dado cuenta de su error, pero algunos siguen recalcitrantes, y ahora una pequeña pero ruidosa minoría es todo lo que le queda a este gobierno fallido.

La incapacidad de este segmento de la población para reevaluar está ligada a un concepto fundamental de la ciencia económica, el llamado “costo hundido”. Se denomina de esta manera a aquellos costos retrospectivos a los que se han incurrido en el pasado y que no pueden ser recuperados. Nosotros, los seres humanos, tendemos a ser lentos en reconocer un costo hundido, y así nos obligamos a ir al concierto, hasta con chikungunya, porque los boletos para el mismo nos salieron caros. Por naturaleza, estamos dispuestos a tomar decisiones irracionales y hasta dañinas, para no tener que admitir que nuestras previas decisiones han sido erradas y nuestros esfuerzos malgastados.

Este fenómeno también resulta relevante en el ámbito político, donde cambiar de rumbo puede humillarnos, mediante un reconocimiento de errores cometidos de antemano, y mostrarnos débiles al darnos por vencidos.

Todo régimen fracasado, durante sus momentos de crepúsculo, ha podido contar con el apoyo de algún porcentaje de su población. Para los partidarios del comunismo soviético, los franquistas de España, los jemeres rojos en Camboya o los baazistas de Irak, los costos hundidos de sus respectivas revoluciones fracasadas se medían en generaciones, no en décadas, y para muchos resultaba imposible quitarse las gríngolas ideológicas. En Venezuela, los que aún respaldan el proyecto revolucionario, a pesar de todo, se motivan más por orgullo personal que por uso de razonamiento, y por eso el apartarlos de su rumbo representa un reto lento, frustrante e incierto.

Sin embargo, es importante reconocer que hoy, sin lugar a dudas, estos leales revolucionarios representan apenas una pequeña minoría del pueblo venezolano, y a pesar de que nuestros gobernantes les otorguen megáfonos a toda hora, y los desfilen como ganado por los medios nacionales, no logra ocultar ese hecho incontrovertible.

No dudo que este gobierno es capaz de hacer cualquier trampa que crean necesaria, para prorrogar su poder pese a quien pese, pero pareciera que se están quedando sin opciones. Para sobrevivir lo que viene, tendrían que poder engañar nuevamente a millones de venezolanos recién desengañados –meta exponencialmente más ardua para un régimen despojado de recursos, del carisma de Chávez y del beneficio de la duda.