• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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No existe el crimen perfecto

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A finales del siglo XIX, las calles del este de Londres se parecían un poco a las del centro de Caracas hoy: sucias, peligrosas y empobrecidas. Se convirtieron aun más espeluznantes en agosto de 1888 cuando una prostituta, Mary Ann Nichols, apareció muerta en la calle, con su abdomen totalmente abierto. Durante los siguientes tres meses, algún asesino oculto mataría a varias prostitutas de la zona, todas en forma similarmente grotesca, cortando vientres, sacando órganos y dejando cuerpos en las calles a plena vista. Los británicos estaban aterrados, pero a los medios de comunicación les encantó, ya que la mezcla de violencia pública y sexualidad extrema contrastaba fuertemente con las costumbres represivas de la época victoriana. La policía de Londres jamás identificó al asesino, pero el nombre que le inventaron los medios –Jack el Destripador– permaneció en la cultura popular desde entonces y durante los 125 años siguientes.

Ahora, una colaboración entre el escritor investigador Russel Edwards, y Jari Louhelainen, un biólogo molecular escandinavo en la Universidad John Moores de Liverpool, ha producido una teoría novedosa y alegan tener finalmente solucionado este gran misterio. Un chal utilizado por una de las prostitutas –Catherine Eddowes– y presuntamente manchado con su sangre (y con el semen de su atacante) fue adquirido mediante subasta por Edwards hace unos años. Según Edwards y Louhelainen, estos lograron extraer ADN mitocondrial de la prenda, el cual fue contrastado con muestras donadas por descendientes vivos tanto de la víctima como de algunos de los que habían sido sospechosos de la policía durante esa época. Según su análisis, Jack el Destripador era un inmigrante polaco, demente, llamado Aaron Kosminski. 

Vale la pena notar que estos resultados han sido criticados por muchos sectores. La procedencia del chal no está muy bien documentada, y las posibilidades de contaminación posterior al evento son muy altas. Los científicos los seguirán analizando y, mientras tanto, queda mucho más allá de mis propios y humildes conocimientos el poder saber si la evidencia es verdaderamente convincente en el ámbito científico. Sin embargo, el asunto plantea una cuestión interesante, la evanescencia de “los crímenes perfectos”. Es decir, que aunque actos aparezcan imposibles de rastrear, y actores luzcan tener impunidad total, nuevas tecnologías y contextos tarde o temprano lo resolverán.

Esta sería una muy buena lección para que nuestros gobernantes aprendan. Así como Kosminski –si de verdad resulta el asesino– nunca podría haber imaginado, en su momento, que avances tecnológicos, siglos más tarde, lo podrían desenmascarar, lo mismo sucede con los cambios de paradigmas políticos. Recuerde que cuando Augusto Pinochet se retiró, lo hizo “protegido” por abundantes pactos políticos y promesas de inmunidad, y que, además, tuvo años para terminar de encubrir y ocultar sus muchos crímenes políticos. Aun así, Pinochet murió mientras luchaba por su libertad y su legado frente a los tribunales internacionales. Las realidades políticas en este mundo son tan transitorias como las tecnológicas.

En este momento, con control absoluto sobre los tribunales, los fiscales y la Asamblea, el régimen siente que puede actuar como lo considere oportuno, según sus propios intereses y sin que lo limiten las necesidades ni las leyes del Estado venezolano. Me pregunto, dados esos sentimientos de profunda impunidad, ¿qué equivalentes del “chal” de la señorita Eddowes nos estarán dejando en los escombros de sus crímenes? Evidencias descartadas como irrelevantes, que algún día podrán informar al mundo de todo lo que se ha cometido en nombre de la revolución bolivariana. 

Ningún crimen es perfecto, y nada dura para siempre.

@dlansberg