• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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El encanto de los ex presidentes ex presidarios

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En 1987 la Asociación Estadounidense de Psiquiatría eliminó la palabra “perversión” de su terminología oficial, y la remplazó con “parafilia”. Desde entonces, este ha sido el término dentro del cual se agrupan esa subcategoría de atracciones anormales que la sociedad en su mayoría rechaza como abominables (p. ej. la pedofilia o la necrofilia), peligrosas (p. ej. asfixiofilia) o simplemente demasiado raras (p. ej. el fetichismo por tacones formalmente clasificado como “altocalcifilia”). Tal vez entre las menos conocidas de este grupo existe una condición llamada la hibristofilia, la cual es un tipo de parafilia en la que el sujeto siente atracción por criminales y personas peligrosas. Es una patología que aparece con mayor frecuencia en la literatura en lo que respecta a matrimonios de criminales como Charles Manson o Carlos el Chacal con mujeres que hayan logrado enamorar mediante correspondencia desde sus celdas.

Sin embargo, me parece que este concepto también podría resultarles altamente útil a los politólogos venezolanos, ya que el votante venezolano parece tener un inusual encanto hacia candidatos ex presidarios. La gran mayoría de nuestros presidentes durante la era democrática (y la chavista también) han habitado en una celda antes de habitar en Miraflores.

Rómulo Betancourt pasó casi una semana encarcelado en 1928, por haber participado en los disturbios contra el régimen de Juan Vicente Gómez. Entre 1948-1950, durante los tumultuosos años que siguieron el golpe militar en contra del gobierno de Rómulo Gallegos, tres futuros presidentes resultaron presos por el gobierno militar incluyendo Raúl Leoni (ocho meses), Carlos Andrés Pérez (un año), Luis Herrera Campins (cuatro meses) y Octavio Lepage (cuatro años). Luego, en 1952, tanto Ramón Velásquez (siete años) como Jaime Lusinchi (un mes) comenzarían sus períodos de cautiverio. Cuarenta años mas tarde, tras los trágicos acontecimientos del 4 de febrero 1992 tanto de Hugo Chávez Frías como Diosdado Cabello (quien fue técnicamente presidente por unas horas el 13 de abril del 2002) resultaron en encarcelamiento.

Resulta que, dejando afuera a Rafael Caldera, quien fue exiliado pero jamás encarcelado, al efímero Pedro Carmona, y a nuestro actual mandatario, Nicolás Maduro –quien, sin contar una breve detención en un aeropuerto neoyorquino por no querer cumplir con las normas de seguridad en 2007, jamás ha estado preso que sepamos– todos nuestros presidentes han pasado por una etapa presidiaria como paso importante a su trayectoria presidencial. Este patrón resulta aún más curioso si recordamos que la Constitución venezolana desde 1973 ha prohibido explícitamente que ex convictos (aunque no necesariamente ex prisioneros) sean presidentes.

Durante las primarias opositoras de 2012 el único candidato con experiencia presidiaria, Henrique Capriles –quien en 2002 pasó cuatro meses en el Helicoide– ganó por un amplio margen. Hoy en día, Leopoldo Lopez lo iguala en términos de apoyo popular, algo que se logró solo después de su propio e injusto encarcelamiento politizado. Visto esto, resulta algo sorprendente que nuestros líderes actuales todavía se atreven a encarcelar a sus oponentes políticos, puesto que parece ser un prerrequisito fundamental para eventualmente adquirir el cargo mayor.

En parte, este fenómeno podría ser visto como una sencilla consecuencia de nuestra historia de inestabilidad política, en la cual los rebeldes perseguidos por el statu quo de una generación con frecuencia se convierten en el próximo statu quo. Pero esa explicación a lo mejor es incompleta. Resulta curioso que ningún otro país del vecindario comparte el mismo patrón (por lo menos en la misma medida) incluyendo países menos estables históricamente que Venezuela –como Ecuador, Argentina, y Bolivia.

Tal vez el venezolano, más que los demás, posee un especial aprecio por los que se enfrentan con la autoridad por razones ideológicas y sufren por sus convicciones. Tal vez sentimos que eso crea una deuda, y evidencia un nivel de pureza ideológica que valoramos por encima de lo demás. Tal vez tras crecer con la romantizada imagen de Francisco Miranda en la Carraca, y escuchando historias de los célebres que alguna vez permanecieron en el Castillo de Puerto Cabello, la Rotunda, la Cárcel Modelo de Caracas, Yare, o –mas recientemente– el Helicoide o Ramo Verde, nos resulta ser algo de costumbre.

Eso no significa que López o Capriles no podrían ser excelentes presidentes algún día, o que la falta de tal cautiverio haya creado de Nicolás Maduro un presidente adecuado. Sin embargo, algunas veces los valientes líderes que surgen de dichas circunstancias no resultan ser los mejores para promover la paz y reconciliación en sus mandatos. Por cada Nelson Mandela, quien al salir de la cárcel lideró eficazmente su nación hacia la paz y la reconciliación, también hay múltiples figuras que hicieron lo opuesto, con nombres como Castro, Stalin, Mussolini, Hitler, etc.

Tal vez sea por eso que otros países no comparten nuestra parafilia nacional. Quedará de parte de esta nueva generación de líderes demostrarle al pueblo que serán más parecidos a Mandela que a la de los otros supuestos “mártires”. Si lo logran, el resultado podría ser una Venezuela mejor, donde las ideas y la formación cuenten más en el currículo presidencial que el ser víctima de la persecución política.