• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez

Nicolás Maduro y el fantasma de Gómez

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En una noche tenebrosa y tormentosa, Nicolás se postraba, como solía hacer –a menudo– frente un pequeño altar dedicado a Chávez, ubicado en una esquinita de uno de los suntuosos cuartos de La Viñeta. De esta manera, en ocasiones previas, el mandatario venezolano había logrado –por lo menos según su propia estimación– invocar el santificado espíritu de su predecesor, razón por la cual mantenía amplias reservas de alpiste y uno que otro juguete aviario a la mano... Sin embargo, en esta oportunidad no fue el alegre gorjeo bolivariano de su precursor-hecho-pájaro lo que escuchó emitiéndose desde el altar casero, sino una profunda y sonora voz, acostumbrada a dar órdenes, y con sonsoneo claramente andino.

“Nicolás…”.

Totalmente aterrado ante tan inesperado acontecimiento, el instinto inicial de Maduro le hizo mantener sus ojos cerrados –como parece también solía hacer ante la inconveniente y posiblemente peligrosa realidad que le rodeaba.

“Nicolás…”, repitió la voz, esta vez aumentando el volumen.

“Nicolás, no seas cobarde y abre los ojos”.

En este momento, Maduro abandonó rápidamente su previa estrategia de avestruz y abrió los ojos –preparado para insultar a la voz diciéndole “pelucón” al misterioso locutor, y tal vez acusarlo de ser golpista–. Aun así, cuando percibió lo que se le enfrentaba, sus palabras combativas se quedaron atoradas en su garganta. El fantasma de Juan Vicente Gómez se cernía sobre él, tan real como cualquiera, uniformado y con cara de molesto, mandón y regañón.

“Nicolás”, dijo el espectro aterrador, “a pesar de que muestras apenas una fracción de mi innato liderazgo y astucia, y ni hablar de tu bigotico tan pequeño y poco-presidencial, sé que no podrás solo y vengo a rescatar tu presidencia. Para sobrevivir esta crisis, tanto la bancarrota monetaria como la moral, solo hace falta hacer tres cosas: mandar a fusilar a la oposición, apalear a cualquiera que proteste y pintar Miraflores de verde”.

Maduro, horrorizado por la mera sugerencia, recuperando su voz y su coraje, se atrevió a decir:

“Fuera de aquí vil demonio, eres un espectro de mala voluntad y de poco rumbo bolivariano. Los tiempos han cambiado, ahora somos un pueblo revolucionario, nuevo, digno y soberano, y por más sentido que tenga mucho de lo que me aconsejas, jamás pintaré Miraflores de verde”.

Por esta razón, mis queridos lectores, el palacio presidencial ha permanecido del mismo color mientras que el régimen ha manchado sus manos cada vez más de sangre inocente.

Por ahora, el caudillismo avanza, pero solo por ahora. Tanto Hugo Chávez Frías como Juan Vicente Gómez murieron invictos –tomando su último aliento desde una cama presidencial–. Dudo mucho que ese sea el destino de Nicolás Maduro.