• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez

Nicolás Maduro y el efecto Pinocho

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Seamos sinceros, Nicolás Maduro no es un hombre con muchas respuestas respecto a las preguntas y problemas que actualmente afligen a este pobre país. Su comprensión de la geopolítica es, como mucho, rudimentaria, y su alcance en temas económicos es prácticamente nulo. El hecho de que Chávez lo haya fichado –mediante su infalible dedazo revolucionario– como el heredero de su revolución, debe resultarle un misterio tan perplejante al mismo Maduro como lo es para todos nosotros.

En muchas circunstancias, estas ignorancias no tienen que ser defectos fatales, la historia universal abruma con ejemplos de líderes escasos de conocimiento que escogieron rodearse de asesores más informados y capaces que ellos. Esta estrategia no ha sido aprovechada por el gobierno venezolano. Su solución ha sido algo diferente. Algo mucho más perjudicial para Venezuela.

Esas fantasías paranoicas que nuestros líderes parlotean sin cesar desde Miraflores y la Asamblea no son locura verdadera sino el peor tipo de cinismo político. La “mentira didáctica” ocurre cuando personas con autoridad, principalmente maestros y padres responsables por educar a muchachos pequeños, utilizan esa supremacía de estatus para reforzar alguna moraleja mediante una narrativa falsa, cuyo mensaje se supone justifica la ficción. De esta manera les decimos a nuestros niños que no permanezcan fuera en las calles después del anochecer por temor a “la Llorona” –porque nos enerva el tener que explicarles sobre otros peligros más adultos y tangibles–. Alternamente, si a una maestra de primaria le preguntan: “¿Por qué el cielo es azul?”, y esta no sabe que dicho efecto proviene de la manera en que las ondas de luz se dispersan sobre los gases atmosféricos (ondas más cortas en el espectro de la visibilidad, como el azul, se estancan, mientras que las ondas más largas, las rojas y amarillas, siguen hacia la Tierra) sería normal la tentación de inventar algo más sencillo, por ejemplo, que el “cielo refleja el azul del océano” en vez de admitir ignorancia y sacrificar de tal manera un poco de autoridad. Racionalizar el engaño tampoco sería muy difícil ya que, después de todo, la segunda historia confundirá menos a los alumnos, suena razonable y más o menos científica, y les otorgará también la certeza de que el cielo se mantendrá azul en el futuro.

Este es el tipo de mentiras didácticas que Maduro dice habitualmente. Si no puede, o no se atreve a explicarnos las razones por las que las aerolíneas internacionales se fugaron del país (deudas impagadas del gobierno) nos dice que los aviones fueron reencaminados a Brasil por el Mundial, y espera que se nos olvide seguir preguntando cuando se acabe la Copa y estos no regresen.  Incapaces también de explicar los misteriosos funcionamientos de la inflación, la escasez y la caída del petróleo –y desconfiando por naturaleza de personas educadas (quienes se supone sí podrían explicarlo)– inventan algo en el momento y luego lo dejan así.

Por lo general, estos cuentos serán bastante complicados e incomprensibles, para que resulten casi imposible de probar o refutar definitivamente. Por ejemplo, el supuesto desfile interminable de golpes e intrigas políticas en contra del régimen de Maduro actualmente se extienden en un narrativa épica: implicando tanto a la oposición, empresas locales, agentes paramilitares de Ecuador y Panamá, ex generales malvados, McDonald’s, Mossad, Uribe, unos cuantos profesores harvardianos, críticas, y hasta misteriosos usuarios de Twitter con nombres imperialistas tipo “Power Kardashian” y supervisándolo todo, nada menos que Joe Biden, el vicepresidente estadounidense.

Pero lo que el gobierno considera ficciones necesarias, solo para mantener el orden público entre ciudadanos, desde fuera parecen mentiras patológicas –y eso es peligroso–. Cuando el vicepresidente uruguayo, Raúl Sendic, sugirió hace poco que Maduro podría carecer de información suficiente para hacer “acusaciones de esa naturaleza”, el presidente venezolano lo tomó como algo personal, calificando la declaración de una “vergüenza”: El mismo Sendic es un “cobarde”.

A respuesta, la Cancillería uruguaya convocó al embajador de Venezuela en Montevideo a “efectos de hacerle saber que considera inaceptables las declaraciones que afectan no solo a la persona a la que están dirigidas sino también a la investidura que representa y a la institucionalidad que la respalda”. Es decir, un golpe –altamente innecesario– a la armonía entre los dos países.

Pero así es. Las mentiras siempre requieren más mentiras para cubrirlas y el diluvio de falsedades que resulta lleva consecuencias verdaderas. Si inversionistas ven mentira obvia tras mentira obvia en nuestro discurso público gubernamental ¿por qué nos van a creer  las promesas del gobierno bolivariano de que pagarán sus bonos? ¿O que seguirán mandado suficiente petróleo para mantener vigentes nuestras deudas actuales con China, Rusia y los demás? No nos debe sorprender que la inversión en este país se ha desparecido y que Maduro, tras una gran gira buscando real a principios de este año, regresó con poco más que excusas y promesas vagas.

Es una especie de “efecto Pinocho”. Maduro ya tiene la nariz tan larga que ningún bigote se la puede esconder. El mundo afuera diferencia poco entre una mentira y otra; con cada nueva visita de pájaros espectrales, con cada golpe imaginario, con cada nueva acusación sin sentido, se vuelve un poco más fácil de descreer en todo que le sale de la boca del régimen. A estas alturas el mejor indicio de que el régimen esté mintiendo es que estén hablando.