• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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La Liga de Expresidentes Extraordinarios

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En otras partes del mundo, por ejemplo Estados Unidos, Alemania o la Gran Bretaña, los exmandatarios tradicionalmente se quedan taciturnos después de acabar sus mandatos, para no disminuir mediante sus críticas, las instituciones ejecutivas nacionales. En contraste, los expresidentes de América Latina siguen siendo mucho más relevantes políticamente. A veces esto puede beneficiar a sus sucesores, por ejemplo, en el caso de Dilma Rousseff, cuya legitimidad se basa en gran parte por su conexión con un mentor y predecesor mucho más popular que ella, Luiz Inácio Lula. Sin embargo, casos como este tienden a ser más una excepción y los expresidentes latinos usualmente se encuentran encabezando la oposición, acosando la administración actual y formulando sus vías de regreso al poder –tal como lo hizo Michelle Bachelet.

Venezuela es la única en las Américas que no tiene expresidentes y, a diferencia de la mayoría de sus múltiples escaseces, esta no es únicamente culpa de la terrible gestión del régimen boivariano, sino se debe también a una tormenta perfecta de factores históricos. Tras un periodo de prosperidad en los años sesenta y setenta, la economía petrodependiente de este país se derrumbó totalmente a principios de los años ochenta, en conjunto con la mayoría de las economías latinoamericanas. Lo que siguió fue un prolongado periodo de petróleo barato, lo cual socavó cualquier esperanza de recuperación. Después de varios años en este plan, los venezolanos frustrados y nostálgicos salieron a reelegir presidentes ya mayores, identificados con las décadas de auge –Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera– pero, como bien sabemos, ninguno de los dos septuagenarios tuvo éxito, tras lo cual surgió la revolución populista de Hugo Chávez que lo llevó al poder. El Comandante permaneció invicto, prolongando (como si nada) su periodo presidencial  para permanecer en poder nada menos que 14 años antes de morir relativamente joven, a los 58 años, de un cáncer aún no especificado, y de nombrar a Maduro como su sucesor.

Lo que resulta es un profundo vacío expresidencial en Venezuela, no hay nadie con la credibilidad que proviene de haber ejercido el cargo anteriormente, para criticar o aconsejar a Maduro en su laberinto. Lo que más se acerca es uno que otro “presidente interino” que sigue con vida, como Octavio Lepage, que fue presidente durante 12 días, tras la caída de Carlos Andrés Pérez, o Pedro Carmona, quien se apoderó de la presidencia durante 48 horas tras el golpe de 2002, y Diosdado Cabello, quien presidió desde la expulsión de Carmona hasta que se ubicara a Chávez, breves horas más tarde. Ninguno tiene la autoridad moral o experiencia personal para verdaderamente tutorar o criticar de manera pública a un Ejecutivo nacional que monopoliza toda actividad política tras década y media de centralización populista.

Mientras tanto, los gobiernos de América del Sur también resisten criticar mutuamente su ámbito interno, porque puede que algún día sean ellos quienes vean necesario encerrar a presos políticos, cerrar periódicos o suprimir violentamente a los que se atrevan protestar.

Pero, como todos sabemos, lo que es escaso en Venezuela, casi siempre se puede encontrar fácilmente en otras partes, y por eso los exmandatarios de otros países se están convirtiendo en los críticos más visibles de las indefensibles políticas de nuestro régimen respecto la libertad cívica y los derechos humanos. Una verdadera avalancha de expresidentes se han prestado a representar –aunque sea de manera simbólica– a Leopoldo López, y el alcalde Ledezma, en los ridículos juicios que el régimen insiste en llevar a cabo. Dicha iniciativa es creación del expresidente español Felipe González, quien viajó a Chile en 1977, cinco años antes de convertirse en presidente, para defender dos presos políticos socialistas durante la dictadura militar de Augusto Pinochet. Esta vez, González estará acompañado por ocho colegas, entre ellos el expresidente del gobierno español José María Aznar, así como Fernando Henrique Cardoso de Brasil, Andrés Pastrana (Colombia), Sebastián Piñera (Chile), Felipe Calderón (México ), Luis Alberto Lacalle (Uruguay), así como Alan García y Alejandro Toledo (Perú). Además, la invitación sigue abierta, y más expresidentes aun podrán unirse a esta Liga Extraordinaria de Expresidentes.

Como es su costumbre cuando responde a cualquier crítica, Maduro lo ha hecho  de manera ad hominem, denunciando a González como un ultraderechista golpista (uno de  tantos); pero, mientras que esta retórica suele funcionarle cuando se trata George W. Bush, la celebre y conocida historia de González defendiendo socialistas presos en contra del régimen más identificado con la supuesta “ultraderecha” –el de Pinochet– plenamente le quita toda credibilidad a este tipo de imputación grotesca. Mientras tanto, el defensor del pueblo, Tarek William Saab, nos ha dado a entender que a los expresidentes podrían negárseles la entrada a Venezuela si no solicitan “visas de trabajo” para ejercer como consultores, intentando cubrirse el rabo de paja a través de burocracia y tecnicismos. El bloquear de tal manera lo que el propio Pinochet, en su momento, permitió, verdaderamente representaría la cima de la hipocresía y desfachatez. Para cualquier país supuestamente democrático, representa claramente el estar del lado equivocado de la historia.

Al fin y acabo, la revolución bolivariana hasta este momento se ha mantenido relativamente impermeable a la presión internacional cuando se trata de los derechos humanos. Desgraciadamente, si el pasado nos sirve como indicador, el régimen venezolano tolerará cualquier humillación internacional para evitar liberar a sus presos políticos. Sin embargo, si aún quedaba alguien que se tragara la narrativa oficial de solidaridad latinoamericana contra el imperialismo norteamericano, deberían ver ahora que dicho argumento es insostenible.

Diversos líderes, tanto política como geográficamente, están uniéndose para destacar lo que realmente importa, haciendo de los derechos humanos una causa internacional que trasciende los decrépitos rencores y las sospechas mutuas del espectro izquierda-derecha que han definido la política en América Latina durante demasiado tiempo.