• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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In extremis: la expedición perdida venezolana

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John Franklin fue un célebre explorador y navegante ingles, quien en 1845 desembarcó de Europa en el Ártico canadiense en búsqueda del paso del noroeste –la codiciada pista marina que conecta el Atlántico y el Pacífico por encima del continente americano–. El mes pasado una expedición arqueológica, auspiciada por el gobierno de Canadá, anunció el hallazgo de un barco naufragado de esa misión –que hoy llamamos la “Expedición perdida de Franklin”–, perdido durante siglos en las inmensidades árticas desconocidas de ese país.

Que dicha expedición haya fracasado de una manera tan trágica –sus dos barcos (“El Terror” y “El Erebus”) desaparecidos, y la perdida total de sus 129 integrantes– no fue por falta de preparación. La expedición fue meticulosamente organizada por las mentes más preparadas de la Marina Real inglesa, y contaba con la mejor tecnología de la época, incluidas máquinas de vapor para asistir tanto con propulsión y calefacción, proas y cascos reforzados con hierro para resistir impactos con hielo, y comida enlatada suficiente para que les durara más de tres años. Este último preparativo se debía no solo a la distancia, sino al hecho de que, durante los meses de invierno, se suponía que los barcos probablemente resultarían atrapados por los hielos y tendrían que esperar in situ hasta que la primavera los liberara.

Trágicamente, inesperados factores convergieron de manera catastrófica para los expedicionarios. La nueva tecnología de enlatado utilizada para preservar su comida no era la adecuada y permitió filtraciones tóxicas de plomo en sus raciones. Además, aunque ninguna expedición polar anterior a la de Franklin había presenciado un verano en el que el hielo no se rompiera y derritiera con el sol, lo que ahora sabemos, por la investigación científica de muestras de núcleos terrenales y anillos aborales, es que a partir de ese momento comenzaron una serie de años inusualmente fríos con veranos incapaces de desalojar el hielo. Los buques y su tripulación quedaron entonces atrapados por el hielo a finales de 1845, tal y como se esperaba, pero fueron incapaces de salir de nuevo hasta 1851, cuando las temperaturas regresaron a la normalidad.

El explorador escocés John Rae lideró una posterior expedición al norte de Canadá en 1854, para investigar el destino final de Franklin. Regresó a Londres con información obtenida mediante conversaciones con las tribus indígenas de inuit, quienes habían interactuado de forma esporádica con los ingleses supervivientes durante sus terribles últimos días. Según esas historias, y unas cuantas notas y entradas de diario, que también se lograron localizar, el hado final de la expedición fue como sigue:

Tras permanecer atrapados por los hielos implacables durante dos años, Franklin murió de enfermedad en junio de 1847. Durante el próximo año, en ausencia de su líder, y afligidos tanto por la demencia y debilidades que trae la intoxicación por plomo como por la amenaza de hambruna, el contrato social entre los marineros y sus oficiales se fue desintegrando. La tripulación eventualmente se dividió en varias facciones hostiles entre sí, y por lo menos algunas de estas se volvieron caníbales. A partir del otoño de 1848, todos habían muerto o abandonado los barcos, y años después las naves permanecerían abandonadas pero flotando.

Al regresar a Londres, Rae compartió estos inquietantes relatos públicamente, pero en gran medida la sociedad inglesa de esa época se negó en creerlas. Para ellos era inconcebible que marineros del imperio –hombres veteranos, profesionales y disciplinados– fueran capaces de degenerar de tal manera. La carrera profesional de Rae jamás se recuperó, y fue rechazado por la alta sociedad inglesa durante el resto de su vida.

Sin embargo, investigaciones más recientes han descubierto pruebas que parecen coincidir fuertemente con la narrativa de Rae. Si bien hasta ahora el descanso final de los barcos era un misterio, sí se habían descubierto las momias congeladas de algunos tripulantes –perfectamente conservados hasta hoy por las bajas temperaturas– con evidencias de toxicidad por plomo, y también se han encontrado esqueletos de origen europeo en el área, que lucen claras marcas “de carnicería”.

Me pregunto si Rae hubiera estado reportando esta desgarradora historia a superiores en la Caracas de hoy, en vez de la Londres victoriana, ¿se hubiera enfrentado entonces con la misma incredulidad? Seguramente estos últimos años nos han revelado una visión clara de cuán bajo nosotros, los seres humanos, podemos caer en momentos de escasez, faccionalismo y desesperación, cuando el contrato social queda olvidado.

El fin de semana pasado, el padre Reinaldo Herrera Lures, sacerdote de la diócesis de La Guaira y un hombre íntegro cuyo heroísmo personal salvó vidas durante la tragedia de Vargas, fue encontrado asesinado, su cadáver desechado al lado de la carretera con múltiples heridas. Pocos días antes, había sido secuestrado por el hampa mientras que regresaba a su vehículo después de visitar a unos amigos en Caurimare. El enfrentarnos con tan cruel asesinato de un querido cura –un hombre de Dios que, como le exigía su condición, había renunciado al tipo de riqueza material que el hampa codicia sin piedad– nos demuestra algo profundamente preocupante, respecto de donde tantos años de privación, temor y polarización social nos han llevado.

Aunque, a diferencia de esos antiguos marineros desaparecidos, los muros que nos encierran actualmente –los que socavan poco a poco nuestra humanidad– son de nuestra propia creación, y nuestras demencias ideológicas y no químicas, somos todos sobrevivientes de una expedición perdida. Tarde o temprano la Carraca que hoy nos enjaula se desintegrará; presta atención, y podrás oír las cascas y fisuras reventando por debajo de la superficie. Cuando por fin le llegó un verano verdadero al Ártico canadiense, liberando los barcos de Franklin, ya no quedaba nadie abordo para navegarlos.

Yo confío en que ese no será el destino de Venezuela, y que, cuando llegue la hora, seremos capaces de navegar esta nave desgastada, muy lejos de donde nos hemos quedado tantos años estancados.

 

@Dlansberg