• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Historia de dos autogolpes

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Un estudio estadounidense llevado acabo en 1997 encontró que aproximadamente 28% de los infantes (edades entre 3 y 4 años) juegan con un amigo imaginario y que ese porcentaje crecerá a casi 33% entre las edades de 5 y 6 años. Sin embargo, la mayoría de estos compañeros ficticios suelen desaparecer, reemplazados por amigos reales o un poco más corporales. Después de más o menos los diez años, el continuar interactuando con compañeros imaginarios generalmente es visto como un síntoma de alguna patología más profunda – tales como estrés postraumático o esquizofrenia.

Desafortunadamente, la literatura médica nos dice poco acerca de lo que significa cuando un político con 53 años de edad insiste en jugar con un legislativo imaginario. ¿Será que la supuesta creación de un paralelo “Parlamento Comunal” representa solo una táctica de distracción para deprimir a la oposición buscando que cuando llegue la hora de negociar, estos permanezcan debilitados y divididos a pesar de su gran victoria en las urnas? ¿En realidad puede ser tan obtusa la revolución como para pensar que en un mundo de petróleo a $30 con un populismo moribundo en cada rincón del continente, pueden jugarnos quiquirigüiqui tan descaradamente con impunidad?

Les confieso estar un poco perplejo al respecto, y sospecho que muchos, incluso dentro del propio gobierno, comparten mi confusión.

Dicho esto, si trabajamos bajo la premisa de que Maduro y Cabello se creen lo que dicen y tratarán de dejar de lado al legitimo poder legislativo remplazándolo con un abominable poder Frankenstein –improvisado con pedazos del tejido de un amorfo poder novedoso y dado vida por capricho presidencial– debería familiarizarse un poco con la ilustre historia de autogolpes latinoamericanos, los cuales indican pocas posibilidades de éxito respecto su novedosa aventura autoritaria.

Durante la noche del 5 de abril de 1992, Alberto Fujimori suspendió la Constitución peruana, cerró el Congreso, y destituyó a los jueces superiores de la nación, después de lo cual logró mantenerse en el poder durante casi una década. Inspirado en parte por ejemplo peruano, el presidente guatemalteco Jorge Serrano intentó hacer lo mismo en mayo del próximo año y falló catastróficamente, terminando expulsado del país a un exilio ignominioso.

Antes de sus respectivos autogolpes, ambos presidentes tenían mucho en común. Cada uno gobernaba, de manera personalizada y con aires de autoritarios, sobre países que, en términos generales, eran más o menos parecidos culturalmente, demográficamente y económicamente similares. También en ambos casos fue la antipatía hacia un congreso ostensiblemente hostil, que los llevó a suspender el orden constitucional. Sin embargo los resultados fueron notablemente diferente.

La razón de que el autogolpe de Fujimori resultó ser mucho más acertado, se debe en gran parte a la existencia de una amenaza creíble en Perú – el Sendero Luminoso– mediante lo  cual Fujimori logró contextualizar, si jamás realmente justificar, sus abusos anti-democráticos en los ojos de su pueblo y de la comunidad internacional.

La existencia de esa amenaza indiscutible ocasionó una percepción pública positiva de los acontecimientos políticos asegurándole lealtad por parte de las fuerzas armadas que querían mano libre para enfrentarse con los rebeldes, y mitigando la reacción internacional.

Mientras tanto en Guatemala las rebeliones armadas ya llevaban años contenidas y a Serrano le hizo falta esa materia prima con la cual tratar de justificar lo injustificable. Por más que Serrano intentara sembrar una mentalidad de crisis, en realidad jamás tuvo chance.

La Venezuela de hoy, durante este crepúsculo de la sexta República, se parece mucho más a la Guatemala de Serrano que a el Perú de Fujimori. Cuando Fujimori lanzó su autogolpe su nivel de aprobación pública se situaba alrededor de 60%. Serrano solo tenía 35% un número anémico, pero casi el doble del apoyo actual con que cuenta Maduro.

Las únicas fuerzas guerrilleras en nuestras fronteras son los panas marxistas del régimen que viven cómodamente como invitados VIP en el lado venezolano de la frontera. Los intentos de Maduro de desatar crisis tras crisis, guerras diplomáticas con Colombia y Guyana, docenas de supuestos golpes, han sido en vano. El 6-D los votantes resaltaron muy claramente cuanta importancia le dan a las promesas y chantajes del régimen desesperado.

Antiguos aliados de venezolanos de conveniencia, Argentina, Brasil y hasta Cuba, se apresuran hoy a recuperar como puedan el apoyo de las democracias occidentales. Dejando a Maduro solo. Igual que otros infantes que se sienten aislados y asustados su instinto parece ser, rodearse de nuevos amigos imaginarios, como en este caso el “Parlamento Comunal”.

Este país no es imaginario, es real e innegable –igual que el rechazo que recién demostramos a la fracasada revolución.