• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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“Enriqueced los soldados y burlaos del resto”

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Septimio Severo fue César del Imperio Romano entre 193-211 d. C. Nacido en Libia, también fue uno de los primeros emperadores romanos que se dejaba crecer la barba. Pero aun más que su barba, o su exótica ciudad natal, tal vez lo más interesante del emperador fueron sus últimas palabras: “Mantened la paz, enriqueced los soldados y burlaos del resto”.

Esta memorable frase fue pronunciada en su lecho de muerte delante de su hijo y heredero, Caracalla, quien de hecho tenía un nombre bastante parecido al de la capital venezolana. Bajo las circunstancias, dicha similitud resulta ser particularmente apropiada: Caracalla, igual que Severo, se dedicó durante su reino a cultivar activamente el apoyo de las fuerzas armadas –independientemente del costo–. Sacrificaron hasta el bienestar económico del imperio durante muchos años, intentando, a través de largueza, asegurar lealtad de las legiones.

Como el satisfacer a los soldados requería cada vez más monedas, y como los suministros de plata en el imperio eran limitados, Severo decidió durante su reinado, devaluar –mezclando la plata de las monedas con otros metales–, para permitir más producción de efectivo, aunque resultara en una profunda reducción de su valor. La pureza de plata en el “denario” romano bajó de 78,5% a 64,5% durante los primeros años de su reino, y en el año 196 d. C se disminuyó de nuevo, hasta llegar a una pureza de apenas 54%. Monedas romanas acuñadas antes de la coronación de Septimio Severo pesaban casi 50% más (2,6 gramos) de lo que lo pesarían después de su muerte.

¿Les suena familiar?

En realidad es difícil imaginar otro gobierno ciudadano, que fuera tan irresponsablemente generoso con las fuerzas armadas nacionales como ha sido el régimen actual venezolano.

Habiendo fracasado en todo lo demás –seguridad, prosperidad, orden público– esa gran riqueza que se ha transmitido, y se sigue trasmitiendo a las fuerzas armadas por nuestros líderes, debe parecer en la mente de nuestros líderes como la última y mejor esperanza para que su “revolución” sobreviva la crisis actual.
Por eso es que, incluso con el país al borde de la quiebra, cuando estamos tan desesperados que nuestro presidente se ve obligado a viajar por el mundo mendigando, todavía se nos ocurre comprar armamentos nuevos en Rusia. Sin duda, las fuerzas armadas venezolanas han ofrecido un servicio importante al país a lo largo de nuestra historia. Dicho esto, sin haberle declarado la guerra a otro país desde la independencia ¿no parece un poco excesivo que hubiéramos estado invirtiendo en armamentos en este momento? ¿O que hayamos buscado modernizar y ampliar nuestra flota de submarinos en noviembre de 2014, con la cesta petrolera en plena caída libre?

A pesar del colapso de la economía, Maduro ha triplicado el salario militar en todos sus estamentos, y sigue llegando a acuerdos internacionales para conseguir un nuevo hardware. No solo se trata de dinero, pero también de influencias, y en la actualidad ocho ministerios y cinco gobernaciones están en manos de generales o exgenerales, incluyendo Economía, Defensa e Interior. 

Igual, los subsidios domésticos sobre la gasolina jamás hubieran permanecido inviolables hasta hoy si no fuera por las fortunas que genera el arbitraje y contrabando de gasolina con nuestros vecinos. ¿Cuánto no habrán logrado cosechar de este lucrativo negocio aquellos que guardan nuestras fronteras? Si esos subsidios aún siguen ahí, no puede ser para preservar la “popularidad” del gobierno. Con 22% de aprobación para este presidente, esa guerra se perdió hace tiempo, con tal de que los soldados estén felices... se burlarán de los demás –igual que aconsejaba Severo.

Resulta ser que, después de unos años, Caracalla caería víctima del consejo de su padre –el cual no parece haber sido particularmente sagaz a largo plazo–. Cuando el joven heredó su imperio, tuvo que enfrentarse con graves problemas de inflación y le resultaba imposible sofocar la avaricia creciente de las legiones. Apenas cuatro días después de cumplir 29 años, Caracalla se encontró con el extremo de una espada, asesinado por uno de sus propios guardaespaldas militares, mientras orinaba, solo, al lado de la carretera. Aun antes de que su cuerpo se enterrara, dichos guardaespaldas imperiales eligieron entre ellos mismos quién lo sucedería y Marco Macrino, guardaespaldas y –según muchos historiadores– el probable asesino, fue nombrado el próximo César de Roma.

Caracalla no lo sabía, pero darles a los soldados todo lo que pedían sin escrúpulo, no rindió ninguna garantía. La dinámica de poder se iba debilitando en su contra al buscar comprar lealtades –en vez de ganársela– mientras que cualquier gratitud resultaba efímera ya que la avaricia humana no tiene tope. Existen ciertas codicias, como la corona, que no se piden sino se toman.

Por más que sea difícil imaginarnos un gobierno civil más generoso con las fuerzas armadas que lo que ha sido el nuestro, no es tan difícil de imaginar un gobierno militar que lo sería –si llegara a ser que Caracalla y Caracas fueran tan similares como suenan.