• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

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Desgastada y peleona: Venezuela como hermana república

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Con cada día que pasa, tenemos menos pan y más circo. Los trágicos acontecimientos que actualmente se llevan a cabo en nuestra frontera con Colombia dejan claro que el régimen venezolano está buscando sembrar xenofobia en Venezuela, manufacturando a la vez una crisis social y otra geopolítica, para distraer de la verdadera crisis que existe en Venezuela: la económica.
Nos asegura nuestro gobierno que estas son medidas tomadas para protegernos y que –como siempre– las desgarradoras imágenes (esta vez, de colombianos sumamente maltratados por nuestras autoridades) que circulan por el mundo son solo una manipulación mediática procedente de los incontables enemigos invisibles de la revolución.
El hecho de que existe contrabando y criminalidad en la zona fronteriza es indiscutible, pero eso es, ante todo, un síntoma de las distorsiones de precios e infinitas oportunidades para arbitraje ilícito que representan una inescapable consecuencia de las propias políticas de este gobierno.
Después de tantos años inmersos en un océano de subsidios populistas y controles de cambio incoherentes, tanto bajo el gobierno de Nicolás Maduro como el de su predecesor Hugo Chávez, crearon condiciones sociales en las que todo el pueblo venezolano –no solo los de San Antonio, Cúcuta y la zona fronteriza– ha tenido que acostumbrarse a salirse del marco de la legalidad para sobrevivir.
Con cada nuevo chanchullo, con cada venta de dólares al paralelo, la brecha entre lo “legal” y lo “socialmente aceptable” se nos ha ido ampliando. El comercio ilícito y el arbitraje ya no son vistos como una aberración sino como la norma. Quince años bajo estas condiciones y hasta un país de santos se convertiría en una cueva de ladrones –y los venezolanos jamás hemos vivido en un país de santos.
Si el gobierno realmente cree que va a poder frenar de esta manera el tránsito de bienes a lo largo de 2.219 kilómetros de frontera con Colombia, están bien confundidos. Al aumentar los controles en la frontera, solo le están agregando mayor riesgo al contrabando –y así, más precauciones para los que lo practican– lo cual podría provocar un aumento en los precios de los bienes básicos para el venezolano común.
Venezuela disfruta de la misma tierra, el mismo sol y el mismo clima que nuestra hermana república, pero gracias a nuestras erráticas condiciones macroenómicas dependemos de importaciones para los bienes que ellos logran producir en abundancia internamente.
Con el comercio legal frenado, y el contrabando más caro, Venezuela tendrá que depender cada vez más de países como Brasil y Argentina –los cuales también se encuentran actualmente en profundos momentos de crisis– para el abastecimiento de la cesta básica.
Espero que las consecuencias de este lamentable episodio del “circo nuestro de cada día” no resulten ser a largo plazo la diferencia entre nuestras actuales circunstancias de escasez y unas futuras circunstancias de hambruna.