• Caracas (Venezuela)

Daniel Lansberg Rodríguez

Al instante

Colas, colas y Nicolás

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El Código de Hammurabi, escrito en Babilonia alrededor de 1754 a. C., fue la antigua codificación de leyes en la que se introdujo por primera vez al mundo el concepto de “ojo por ojo, diente por diente”. También incluía el primer documento (que sepamos) en que un gobierno intentó definir controles de precio sobre el mercado.

Por ejemplo, la Ley 121 del código dice: “Si uno deposita trigo en la casa de otro, por cada año y cada gur de trigo deberá un pago de 5 ka”.

Comparado con los reglamentos sobre precios que actualmente existen en Venezuela, este límite tope sobre el “ka” que uno podría cobrar por hospedar un “gur” durante el curso de un año, puede parecer bastante inocuo. Sin embargo, según algunos historiadores modernos, políticas así igual resultaron dañosas económicamente a largo plazo.

Poco a poco, durante los reinados de los sucesores de Hammurabi, las riquezas de Babilonia se fueron dispersando hacia otras áreas del Creciente Fértil, hasta que, debilitada, fue víctima de las agresiones de imperios vecinos como los hititas y los asirios cuyas economías –y ejércitos– resultaron ser más dinámicos.

Al parecer, el intentar controlar los precios es un impulso casi tan antiguo como la civilización humana, jamás parecemos aprender de nuestros errores. Los antiguos atenienses también intentaron (y fracasaron)  fijar los precios de granos durante décadas, empleando un pequeño ejército de reguladores para supervisar ventas e importaciones, los cuales solo lograron brotar un floreciente sector de contrabando. 

Lo mismísimo le ocurrió a la dinastía Zhou en la antigua China y –siglos después– en el Imperio Romano bajo Diocleciano, donde el intento de control de precios, sobre todo en el sector alimenticio, precipitó  uno de los primeros ejemplos observados de hiperinflación.

Pero más allá de todos estos resultados tragicómicos que marcan nuestra prolongada aventura histórica con controles de precio, tal vez lo peor es imaginarnos todas las colas que se debieron haber formado durante esos tiempos. Las incontables horas que sufrieron nuestros antepasados para poder adquirir su “gur” de trigo bajo condiciones de mercado distorsionadas e ineficientes.

Según estudios llevados a cabo en el Massachusetts Institute of Technology, el hacer fila es, psicológicamente, más o menos igual a una tortura –causando niveles de estrés, ansiedad y mal humor mucho más allá del tiempo perdido, particularmente cuando el resultado de la espera (si te darán tu pasaporte, si quedara leche) es incierto. Para la persona en la cola el tiempo se vuelve relativo, así que, según la investigación, en promedio las personas sobreestimaban el tiempo que habían esperado casi en 40%.

Durante los últimos días de la Unión Soviética, los cuales se parecían de muchas maneras a lo que actualmente se está viviendo en Venezuela –impredecibles distorsiones macroeconómicas, escasez, inflación, censura y una cultura política de paranoia y excusas–, se desarrolló un humor muy particular para reírse de las difíciles circunstancias de la vida cotidiana. Fue en esta época que se popularizo el siguiente chiste entre el pueblo de esa nación: —Dos amigos están esperando en una cola para comprar comida y uno ya no puede más. “Ya basta”, exclama el frustrado. “Estoy harto de hacer cola y me voy a pegarle un tiro a Mijaíl Gorbachov”. Con eso, se marcha enfadado, pero regresa una hora más tarde. Ignorando las quejas de la multitud, empuja hasta llegar nuevamente a su antiguo lugar en la fila. “Bueno, ¿lo lograste?”, le pregunta su compañero. “No pude, la cola para matar a Gorbachov era aún más larga que esta”.

A la gente no le gusta esperar, y menos sin necesidad. La incontable fortuna de tiempo que se desperdicia en este país haciendo cola es tiempo que mejor podría dedicarse a compartir con nuestras familias, a adquirir algún nuevo conocimiento o pericia, o en trabajar y producir algo de valor económico.

Si bien somos incapaces de aprender de la historia, e insistimos en intentar restringir las insaciables leyes de oferta y demanda, por lo menos debemos escuchar a nuestra fisiología cuando se rebela en contra de gastar cada vez más del poco tiempo que tenemos en esta vida, encarcelado en una cola perpetua, soñando con libertad.