• Caracas (Venezuela)

Dámaso Jiménez

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Una coalición ciudadana

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Con 70 años a cuestas, Jesús María Jiménez estuvo más de 4 horas tragando sol en una cola inclemente sin quejarse. No fue invalidado abruptamente sin razón alguna como ocurrió con otros 700.000 venezolanos.

La fuerza para permanecer allí se la dio el compromiso de haber salido ileso de la absurda lista de “muertos” y personas “inexistentes”, invalidadas a pesar de haber aparecido firmando hasta en fotos de sus cuentas Instagram. Fantasmas que resultaron no aptos para validar, según el evangelio de Jorge Rodríguez, voz psiquiátrica y omnipotente del PSUV que extrañamente se fusiona con el CNE para obstaculizar todo tipo de voluntad popular.

Al final Jiménez salió aireado de felicidad cuando validó su firma a pesar de tantos militares y funcionarios vestidos de rojo auditando a rabiar su decisión de cambio, su necesidad de salir a otra cosa que no sea este abuso de autoridad propia de las dictaduras que desconocen los derechos más elementales de los ciudadanos.

Validó para salirle al frente a tantas angustias que lo aturden a diario en el otoño de su vida, como la falta absoluta de medicamentos, hospitales inhumanos, escasez, bachaqueo, delincuencia desatada, desmembramiento familiar, persecuciones y muertes sin explicación alguna.

Un país tan distante al que tuvo en la cabeza seguramente cuando comenzó a formar parte de la historia del auge petrolero, pleno empleo, máxima productividad, variedad, competencia, excelencia, calidad de vida, sueños que cumplir y domingos disfrutando con la familia en pleno. Lo vivió y desea que se convierta en futuro para los suyos.

Pero esta validación lograda por 409.313 venezolanos sometidos a cruentos obstáculos es solo la cuarta fase de una serie de 12 gigantescos muros dispuestos por el gobierno para frenar el proceso refrendario que pide a gritos la gente con apoyo de los partidos.

El resto es vil terrorismo de Estado en su máxima expresión contra una voluntad que crece dentro del país como una gran coalición ciudadana.

En los últimos tres años los venezolanos no han recibido otra cosa que golpes duros. Cansados de pisar en falso en un país gobernado salvajemente por violentos sin ley y sin reglas de juegos definidos.

Endurecidos eso sí, por la adversidad, el hambre y la miseria que estos gobernantes niegan ante el mundo globalizado, enterado de todo.

Gente a la que no le hace mella la burla despiadada por el logro del 1% por parte de voceros de la necedad, como Iris Varela, intentando desanimar a los héroes que lograron derrotar en esta lenta faceta el tramposo sistema. Varela se equivoca al gritar sus miedos más profundos. Al contrario de lo que cree, todo parece indicar que sí habrá revocatorio, con lágrimas, chillidos y patadas, inclusive.

O es eso, o el proyecto revolucionario terminará condenado a desaparecer como bien lo pronostica Juan Barreto. No hay muro de contención que pueda sostener la energía de todo un país mirando al mismo lado. La no realización del referéndum como pretende el nefasto sistema terminaría por activar una bomba con inimaginables daños colaterales. No hay amenazas válidas, ni fuerzas armadas casadas con la revolución, ni grupos violentos dispuestos a callar la calle, ni guapetones de comodín, ni burlitas, ni idiotez que puedan contener la necesidad de salir de este atolladero, de tanta ausencia de oxígeno, de tanta hambre a mansalva.

Cada nueva argucia o desvarío hecho por este Olimpo del poder, cada amenaza y humillación, cada intento por criminalizar el deseo de cambio, no hace otra cosa que debilitarlos hasta la médula, distanciarlos de la verdadera fuerza que se gesta espontáneamente entre una frustración y otra.

Una avalancha latente que ojalá pueda ser entendida en su justa dimensión por los garantes de la oposición, los partidos políticos y la propuesta unitaria que no puede seguir haciendo el juego a sus intereses por encima de las urgencias. Una alternativa que debe presentar en lo inmediato un verdadero plan de cambio acorde con las exigencias de tiempos tan duros como los que respiramos en este momento.

Ya no hay oportunidad para implosionar la esperanza. La democracia no puede seguir suicidándose en función de un puñado de sátrapas que se condecoran y adulan entre ellos mismos para no escuchar el murmullo de miles de almas esperando la oportunidad bendita de un cambio pacífico.

No es posible que 100 años de petróleo no hayan tenido ningún significado para los venezolanos. Después de tanta luz y modernidad, la gente no puede ir arreada de nuevo a las tinieblas y la barbarie.