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Crisis en la frontera

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El calvario de las madres de Táchira cuyos hijos estudian en Cúcuta

Desde el cierre de la frontera colombo-venezolana, los estudiantes tienen un permiso especial para cruzar los puentes que comunican Cúcuta (Colombia) con San Antonio y Ureña (Venezuela)

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Las madres de Ureña y San Antonio, en el estado Táchira, confiesan vivir un verdadero calvario para llevar a sus hijos a estudiar a Colombia desde que el gobierno nacional anunció el cierre de la frontera en sus respectivos municipios. Los controles que los funcionarios de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana tienen actualmente sobre los puentes que conectan con Cúcuta, departamento Norte de Santander, perjudican los estudios de los más pequeños y condiciona el tiempo de los representantes que cruzan como acompañante.

“Tiene que irse uno a las 5 de la mañana para hacer cola”, indicó Iradi Arias, madre de dos niños que estudian en Cúcuta. Esta manicurista de origen colombiano y residenciada en Ureña explica que levantar a Erwin, su hijo menor, es un proceso traumático cuando piensa en la cola que los espera en el Puente Internacional Francisco de Paula Santander.

“Un bus y dos buses no dan abasto para tantísimo niño y representante que viene a plena hora pico”, explica la mamá también de Edwin, su hijo que por tener 13 años de edad no necesita cruzar la frontera acompañado. El traslado de un lado a otro se hace en vehículos facilitados por ambos países porque “no lo dejan a uno venir a pie”.

Aunque este proceso es de lunes a viernes y los involucrados son los mismos de cada semana, no hay contemplaciones por parte de los militares: “Si no tengo la verificación, no me dejan pasar”.

Las madres de niños menores de 12 años de edad deben presentar todos los días su cédula de identidad, constancia de que es representante  de un menor inscrito y pasaporte. Para Paola Gámez, “es buena la forma como están pidiendo papeles pero a veces uno piensa en las trochas, donde pasan mucho mercado”. Ella es colombiana y tiene un pequeño de 5 años de edad que empezó el colegio el pasado 3 de febrero.

Aunque Gámez confiesa que no hace “nada” en Cúcuta mientras su hijo estudia, debe permanecer allí hasta que terminen las clases: “Si yo me regreso sola, no me dejan entrar”.

María Sierra, quien lleva a sus sobrinas a una escuela del lado colombiano, explica que ella sí va y viene durante las horas de estudio de las pequeñas, pero a veces el control para el regreso a Venezuela es tan férreo que prefiere esperar por las pequeñas en Cúcuta. “Si uno trae comida, sabiendo que no hay, siempre dicen que no la puede pasar”, criticó también la comerciante informal.

Los retrasos diarios que sufren representantes y alumnos para cruzar la frontera han perjudicado hasta las clases porque “todos los días los niños llegan una hora tarde”. Las colas suman siempre horas extras a la jornada académica. “Nosotros a las cinco de la mañana estamos llegando a la acabala y son las siete y estamos todavía esperando para pasar”, sostuvo Sierra.