• Caracas (Venezuela)

Crisis en la frontera

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José Ramírez, un corazón que necesita que abran la frontera con Colombia

José Ramírez siempre ha trabajado como transportista de carbón en Ureña / Félix R. Gutiérrez Rodríguez

José Ramírez siempre ha trabajado como transportista de carbón en Ureña / Félix R. Gutiérrez Rodríguez

El transporte de carbón entre Colombia y Venezuela ha sido la única fuente de trabajo desde siempre para este hombre humilde que vive en Ureña. Hace más de dos años lo operaron en Caracas y hoy depende de un tratamiento médico que solo recibe en Cúcuta

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Aunque hoy le cuesta rugir como en sus buenos tiempos, sus amigos le dicen “El Tigre”. La carga pesada de trabajar toda un vida transportando carbón entre Ureña y Cúcuta le costó una operación a corazón abierto hace más de dos años. Pero han sido estos últimos seis meses los que José Ramírez ha vivido con mayor dolor. Su trabajo se acabó con la paralización de su camión, solo 20% de su sistema circulatorio opera y necesita del oxígeno y las medicinas que el gobierno colombiano le dotaba sin costo alguno antes de que cerraran la frontera con el país vecino.

“Con el cierre de frontera para mí se acabó todo”, suelta con pausa para evitar los ahogos que en cualquier momento podrían acabar con su vida. Sentado en unos de los escalones de la entrada de su casa, en el Barrio El Cementerio, del municipio tachirense Pedro María Ureña, este carbonero lamenta cada vez que exhala las decisiones de un presidente “que no pensó en las familias” cuando ordenó poner cercos entre dos países hermanos en agosto de 2015.

Ramírez siempre ha vivido del carbón y aunque desde su operación tiene prohibido manejar, tenía un chofer que todos los días le hacía la vuelta de buscar el mineral en Colombia y despacharlo en la zona industrial del estado Táchira, en Venezuela. El vehículo que hoy tiene parado entre las chatarras del patio de su casa le generaba entre 70 y 80 mil bolívares semanalmente. De allí le pagaba 30% a su empleado y el resto lo dividía para el mercado de su casa, la gasolina y las medicinas. Su trabajo era el único sustento del hogar donde vive con su esposa y su hija.

“En la actualidad estoy endeudado”, confiesa este hombre sentenciado a un trasplante de corazón para sobrevivir. La operación, “que cuesta una millonada”, solo la realizan en Colombia, donde su seguro, por tener cédula del país, hoy le dota hasta la mitad de los medicamentos que necesita. Sin embargo, su esposa igual tiene que pedir autorización, con el respaldo de un médico, a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana para cruzar el Puente Internacional Francisco de Paula Santander y buscar la ayuda cada cierto tiempo. “Pero para ir a Cúcuta tengo que tener pesos y yo no tengo ni 200 pesos”, lamenta Ramírez.

Alcabala del Puente Internacional Francisco de Paula Santander

A los dos meses y medios del cierre fronterizo, este carbonero agotó los ahorros que había dejado su trabajo. Por eso, hoy depende de la generosidad de sus más cercanos para tener qué comer al día. La sensación de estar “preso” en su propio país no lo deja dormir. Cada acción es controlada por el gobierno militar que se instaló en agosto del año pasado. "Si usted va a San Cristóbal a hacer mercado, los guardias siempre te revisan. Si llevas dos harina pan, te quitan una”, asegura. “¿Pa´ qué mandan los militares a la frontera? Pa´ que se llenen los bolsillos. Ahora hay más contrabando que antes. Nosotros, los que estamos enfermos, somos los que cargamos el bulto porque uno va a pasar pa´ Colombia y nos piden hasta la partida de nacimiento”, continúa en su desahogo.

Ramírez debe procurar no agitarse porque ahorita no tiene bomba de oxígeno, alerta su esposa. Es un hombre sereno hasta que le hablan de cierre.  Alto, espigado y salpido de canas en su cabello, detalla cada una de las injusticias que asegura ha vivido durante sus años de servicio. Se mueve con cuidado porque ahorita está inflado por el abdomen y las piernas: la retención de líquido es una constante desde que lo “operaron mal” en el Hospital Militar, en Caracas. “Allá acabaron con su corazón”, interrumpe nuevamente su esposa, quien observa desde la puerta.

Para El Tigre, “el pueblo no puede pagar las consecuencias por unas treinta personas malas. Nosotros no tenemos la culpa”. Asegura que los controles instaurados por el cierre no son más que humillaciones a "los venezolanos y colombianos que se han hecho aquí”. Cuando su camión estaba operativo, los obstáculos para hacer su trabajo eran muchos: “seis alcabalas en menos de un kilómetro” pedían una y otra vez la documentación que respaldaba el transporte legal de carga pesada, pero el carbonero critica que a los verdaderos contrabandistas no los castigaban.

Ramírez está a punto de cumplir siete meses sin trabajo, el mismo tiempo que lleva sintiéndose extraño en casa: “Siendo venezolano, siendo este mi país, parezco un extranjero, un arrimado”. El cierre de la frontera entre Colombia y Venezuela se ha traducido para él en "pedir limosna para vivir”. Este tigre tiene un rugido que quiere que se escuche en Miraflores: “Si Maduro no es capaz de gobernar el país, que deje que otro lo haga”. Al final “nosotros no somos países del medio oriente, no estamos en guerra; somos hermanos”.