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Crisis en la frontera

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La tranquilidad forzosa de San Antonio del Táchira

Entrada a San Antonio del Táchira / Félix R. Gutiérrez Rodríguez

Entrada a San Antonio del Táchira / Félix R. Gutiérrez Rodríguez

En la capital del municipio Bolívar se encuentra el Puente Internacional Simón Bolívar, la principal vía terrestre que comunica a Venezuela y Colombia. Desde el cierre de la frontera colombo-venezolana, anunciado en agosto de 2015, sus habitantes deben adaptarse a los nuevos controles instaurados por la Guardia Nacional Bolivariana

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Después de un angosto camino entre montañas, neblina y precipicios, una carretera más amplia, que antes parecía un eterno estacionamiento de carros y ahora recibe uno de vez en cuando, conduce hacia la entrada de San Antonio del Táchira.

Una acabala donde operan la Guardia y el Ejército Nacional es el primer punto que custodia la entrada de vehículos a la capital del municipio Bolívar, uno de los territorios que desde agosto de 2015 integra, junto con Ureña, Capacho Viejo, Capacho Nuevo, Rafael Urdaneta y Junín, la denominada Zona de seguridad número 1 en la entidad tachirense. Fue en San Antonio donde el ataque a funcionarios de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana por parte de presuntos paramilitares condujeron al estado de excepción y posterior cierre de frontera con Colombia que anunció el presidente Nicolás Maduro hace más de seis meses.

La primera parada de las autoridades se reduce a un solo canal en ambos sentidos, donde los uniformados chequean quiénes conducen y quiénes acompañan. Tras la requisa, una valla da la bienvenida a San Antonio, justo después de dejar las casitas de ladrillo de donde sale un montón de manos por unos barrotes negros. "Esos están presos porque lo agarraron con un kilo de azúcar o carne", critica el conductor de mi vehículo. Hay dos celdas: una para "bachaqueros" y otro para "bachaqueras". Sus cuartos no tendrán más de 6 metros por 6. Allí los contrabandistas deben aguardar hasta que la Fiscalía lo ordene, pero sí reciben comida. Muchas veces de la misma que la autoridad les retiene cuando intentan transportarla ilegalmente hacia Colombia.


El camino por el municipio fronterizo no es distinto al de cualquier pueblo del interior de Venezuela: calles angostas rodeadas de pequeños locales comerciales (en su mayoría cerrados). Pero San Antonio sí tiene una particularidad: las colas. No esas que hacen todos los venezolanos para comprar comida, sino aquellas en las que los transportistas amanecen para llenar sus tanques de gasolina. Las largas filas de vehículos son controladas por los mismos guardias nacionales, quienes desde las bombas dan la orden para que avancen los conductores.

San Antonio es popular por el contrabando de gasolina. Esta actividad delictiva fue uno de los problemas que el gobierno nacional pretendía solucionar con el cierre de frontera con Colombia, donde permanentemente pasaban tanques de combustible para revenderlo en Cúcuta. Lo económico del servicio en Venezuela hace más que lucrativo este contrabando hacia el país vecino, donde el litro de gasolina se cobra en pesos y al cambio representa ganancias exorbitantes.

El pueblo tachirense cobra relevancia para los mafiosos cuando en la primera redoma que se consigue en la vía un cartel indica a la izquierda, donde se encuentra el Puente Internacional Simón Bolívar, la principal vía terrestre que comunica con Colombia. La avenida Venezuela es la antesala de varias cuadras al paso peatonal más importante entre los países vecinos. Sin embargo, cruzar a pie la estructura que se levanta sobre el Río Tachira tiene un nuevo precio. Al menos eso aseguran los vecinos de San Antonio. “El paso de personas es público y notorio” aunque está prohibido por el cierre de frontera, indicó el importador de chimó Kleiver Casanova. Muchos de la zona dicen que las tarifas dependen del funcionario y tienden a darse por cadenas de cobro que inician con peones sobre dos ruedas: motorizados.



Vestidos con su chaleco naranja de uso obligatorio, los mototaxistas se concentran a pocas cuadras de la Aduana Principal San Antonio del Táchira, una estructura gris que apenas deja ver entre sus columnas y al fondo la figura del puente que todos en el lugar se acostumbraron a pasar durante años. Ahora, los que quieran cruzarlo deben esperar en la calle, dispersos, sentados en las aceras o parados a que los llame el militar que custodia el acceso y revisa quiénes aparecen en la lista. Todos los que deseen llegar a territorio colombiano por cualquier motivo deben explicarlo ante las autoridades militares. El Aeropuerto Internacional General Juan Vicente Gómez es el centro donde se gestionan estas solicitudes desde agosto de 2015. Desde esta base aérea han mandado a volar a unos cuantos que no pueden ser procesados.

Los movimientos en la avenida con mayor tráfico de San Antonio se hacen con cautela y sin mucho afán. Los empleados de los restaurantes, tiendas o farmacias solo venden, los interesados hacen colas y los mototaxistas merodean el lugar, como dicen algunos, cazando ofertas. El paso a calles aledañas también está bloqueado con cercas adornadas con alambres. Todo debe dar la sensación de control y restricción. Hacer de más aquí es inventar y los inventos no son bien recibidos. Saqué mi celular del bolsillo para tomar alguna foto del lugar, y una voz dictó el “no”. La alerta me la hizo un conocido del lugar, para mi fortuna. Dicen que la Guardia no media palabras para decomisar todo aquello que lo exponga. Guardé el teléfono y seguí caminando en silencio por San Antonio.