• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Corina Yoris-Villasana

La responsabilidad de las élites

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Como es de esperarse, el vocablo “élite” ha sufrido a lo largo de la Historia numerosas modificaciones en sus acepciones. En su origen, significó “escogido”, en tanto está vinculado con el verbo francés “elire” que expresa precisamente escoger. Pasó con el tiempo a ser la palabra con la que se denominaba a quienes poseían talentos que estaban por encima de un cociente medio. Restringiendo su sentido, para algunos teóricos se refiere a la clase política dominante; para otros, se distingue entre la élite gobernante y la élite no gobernante.

Negar el papel predominante y creador de las élites en la construcción del mundo (o de su destrucción) es desconocer cómo se han venido desarrollando las distintas etapas de la Historia. ¿El Derecho no es, acaso, una creación de la Antigua Roma donde una élite de juristas, de mentes lúcidas y fuera de lo común, dotó al mundo de una disciplina que permitía al ciudadano vivir en un marco legal? ¿No es la democracia creación de un grupo selecto y minoritario de políticos de la siempre admirada Atenas? ¿Nuestra Independencia no fue obra de un notable grupo que ideó y llevó a cabo esa gesta liberadora?

De tal manera que las élites, esos grupos minoritarios, son los responsables que nuestra Nación haya pasado de una etapa arcaica a una con el uso y beneficio de los avances de la ciencia y la tecnología. Si en esos grupos priva la inteligencia, la educación, el espíritu elevado de servicio a un país, a una comunidad es evidente que su influjo redundará en beneficios; pero, si topamos con una élite no solo frívola, superficial, fútil, demagoga el resultado es similar al que tenemos a la vista. Es a esa élite perniciosa a la que se debe censurar; no a los grupos de profesionales, intelectuales, filósofos, médicos, ingenieros, comunicadores, abogados, líderes políticos y empresariales quienes han jugado un importante papel en el desarrollo del país. Pensemos por un momento en las naciones donde sus élites, en lugar de practicar la demagogia, en lugar de sostenerse en la engañifa, supieron dictar medidas, establecieron cánones que permitieron que sus ciudadanos aprendieron a enfrentar de manera efectiva y moral el rompecabezas en el que se convierte la vida en este mundo globalizado. No estoy hablando de “mantuanaje”, estoy hablando de grupos en el poder.

Venezuela es el producto de las decisiones, de los proyectos ejecutados o no ejecutados, de las acciones llevadas a cabo por las élites. Hoy, al palpar el caos en el que estamos inmersos, hay mil preguntas que asoman a nuestros labios.

Ahora bien, la sociedad no es homogénea, y menos estática; si en ella han funcionado las instituciones y entre otros aspectos, la educación ha llegado a los diferentes estratos, los grupos se movilizan y las élites cambian. Y son las instituciones a las que debemos fortalecer y no lo que estamos haciendo día a día, que es su destrucción, a quienes corresponde poner freno a cualquier exceso que se intente desde las posiciones de poder político.

Para que el grupo que detente el poder no abuse de éste, para que no  destruya a un país, para que no se persiga a la disidencia de una Nación es indispensable que funcionen las instituciones; para ello fueron creadas en el Estado Moderno las instancias jurídicas, legislativas, sanitarias, policiales.

Es de resaltar que en estos momentos históricos venezolanos, la élite gobernante parecería que ha elaborado un minucioso plan de acción donde se ha excluido todo aquello que está relacionado con una verdadera vocación de servicio a la nación; el marco ético no fue trazado y mucho menos, el valor de la tolerancia.

El factor indispensable para que una democracia funcione es, ni más ni menos, la confianza de la ciudadanía en las instituciones; que éstas sean capaces de resolver las desavenencias y los problemas; que dichos organismos sepan manejar con eficiencia todo lo referente a las estructuras sociales; la suma de estos factores se convierte en un constituyente fundamental que influye sobre la estabilidad de la democracia.

Élites políticas o grupos en el poder, como las quieran llamar, instituciones y ciudadanía consciente de su papel forman el entramado de una sociedad equilibrada, justa y próspera. A esa sociedad es a la que aspiramos.