• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

Al instante

A país cerrado

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En plena II Guerra Mundial y todavía París bajo el dominio nazi, Jean-Paul Sartre, el gran filósofo francés y uno de los grandes exponentes del existencialismo, escribió la pieza teatral Huis Clos (A puerta cerrada). De lectura difícil y más difícil ponerla en escena, esta obra del existencialismo francés tan solo tiene cuatro personajes, de los cuales, el Mayordomo es de fugaz aparición. Los otros protagonistas, Garcin, Estelle e Inés, forman un elenco sombrío que actúan en un escenario absolutamente opresivo. El Mayordomo conduce a Garcin a una habitación donde se le unirán Inés y Estelle. Es un salón donde tan solo hay tres sillones, una estatua de bronce y un abrecartas. No hay ventanas, espejos y la puerta por donde entran es cerrada luego con llave impidiéndoles la salida.

¡Están en el infierno, pero no hay fuego, no hay castigos corporales, no hay torturas! Ellos mirándose fijamente y desnudando los pensamientos de los otros. Esa mirada, esa soledad se encierra en una frase pavorosa, absolutamente enloquecedora: L'enfer, c'est les autres (El infierno es el otro). “En el infierno no existe el tiempo, es el eterno presente, sin cambios, angustiante y sofocante”. Ninguno es inocente: Garcin es un redomado canalla; Inés es una representación de la maldad, sádica, y Estelle, una egoísta irredenta. El horror de la obra se plasma en la imposibilidad de la separación entre ellos y que su castigo consiste, precisamente, en que están enlazados diabólicamente por toda la eternidad.

Esa idea del encierro sin posibilidad de salida aparece en muchas obras literarias, aun cuando el dramatismo infernal de Huis Clos es único. Pero, me viene a la mente otra obra, no ya existencialista, sino del género de la novela histórica Yo, el Supremo del excelente escritor paraguayo Augusto Roa Bastos. El doctor Gaspar Rodríguez Francia consolidó la independencia del Paraguay y es calificado como el padre de la nación paraguaya, pero ejerció el poder con mano férrea. En Yo, el Supremo se narra cómo lleva a cabo su política de aislacionismo. Durante decenas de años, el Supremo ordenó cerrar las fronteras del Paraguay, de tal manera que nadie entraba, nadie salía. Tan solo permitía que pudiesen entrar algunos refugiados bajo estrictísimas condiciones. Por otra parte, el control con el exterior estaba tan vigilado que solo el propio dictador tenía acceso a todas las publicaciones provenientes del extranjero. Quiero añadir que la obra de Roa Bastos, considerada como una de las grandes piezas literarias en español, rescata la historia verdadera de Paraguay mezclando historia y mito.

Otro acto aislacionista, que supera la ficción y ya no es literario ni mítico, es el Muro de Vergüenza que formó la conocida frontera interalemana entre 1961 y 1989: Esta frontera fue la ignominiosa construcción que separó la zona del Berlín que estaba bajo el control de la República Federal Alemana del Berlín bajo el control de la República Democrática Alemana.

Es altamente probable, que la existencia de esos límites a la libertad de movilización y a otras libertades representa una plasmación de las propias murallas que levantamos en nuestros fueros internos. Siguen en pie muchos muros de la vergüenza; se siguen implementando medidas aislacionistas y casi siempre se invocan “principios” de soberanía, nacionalismos trasnochados, que devienen en actos violatorias de la dignidad humana. Muros que separan a los judíos de los palestinos; muros que quieren impedir el libre tránsito entre Estados Unidos y México; el horror de los muros que invocan las religiones para justificar las separaciones, como es el caso del muro de Belfast.

¿Cuáles son nuestros muros? Muros invisibles a la vista, pero absolutamente nítidos con la visión intelectual. Un muro que ha querido aislar a un porcentaje de la población del otro porcentaje, arguyendo al igual que los soviéticos en los años de la posguerra, quienes decían: “El muro fue levantado para proteger a su población de elementos fascistas que conspiraban para evitar la voluntad popular de construir un Estado socialista en Alemania del Este”. ¡Frases que me suenan conocidas!

Un muro constituido por el control de cambio que no solo impide salir del país, sino que controla la libre entrada de libros y revistas actualizadas, inalcanzables por el satánico cambio de la moneda. Un muro económico que impide importar insumos y así la prensa no tiene manera de imprimir sus ediciones diarias. Un muro mediático que controla los medios de comunicación. Un muro que separa a quienes pueden abastecerse de quienes hacen colas interminables para conseguir “un kilo de lo que sea”.

En fin, estamos condenados a vivir entre estos muros, viendo las miradas del otro que nos despojan de toda intimidad, que nos condenan porque pensamos distinto. Somos actores protagonistas de otra pieza teatral a la manera de Huis Clos, pero esta vez llamada Paysclos (A país cerrado), cuya puesta en escena está en pleno desarrollo.