• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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El idiota de Fiódor Mijailovich Dostoievski

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Es muy común que al hablar de un autor haya una cierta inclinación a “clasificarlo” dentro de determinadas corrientes de la disciplina a la que pertenezca. Pero, en algunos casos, hay autores que desbordan cualquier clasificación y ese es el caso del inigualable Fiódor Mijailovich Dostoievski; nació en Moscú en 1821 y falleció en San Petesburgo en 1881. Es considerado una de las figuras más descollantes no solo de la literatura de la Rusia zarista, sino que representa un símbolo de la literatura universal. Pocos y deslucidos serán siempre los adjetivos que lo califiquen.

Su vida estuvo marcada por el padecimiento de la epilepsia y por la prisión que sufrió durante varios años. Fue arrestado y llevado a prisión en el año de 1849; pertenecía a un grupo de intelectuales llamado Círculo Petrashevski y fue acusado junto a otros compañeros de llevar a cabo una conspiración en contra del zar Nicolás I. Condenados a muerte fueron llevados a la fortaleza de San Pedro y San Pablo, ciudadela original de San Petersburgo, declarada museo en 1924. Finalizando el año 1849, los condenados fueron conducidos al patio de  fusilamiento; sin embargo, la condena le fue sustituida a Dostoyevski por cinco años de trabajos forzados en Omsk, Siberia.  En otras palabras, vive inmerso en situaciones límite.

La lectura de sus obras no es sencilla, mucho menos cómoda. Dice José María Valverde en su Historia de la literatura universal que “sus libros no se pueden soltar de la mano en cuanto hemos leído medio centenar de páginas”. Sus protagonistas parecen desenvolverse en entornos sociales que, en principio, resultan desconocidos por el lector. Aun así, quedamos hechizados por su magia narrativa.

Entre sus obras memorables se encuentran Crimen y castigo, El jugador, El idiota, Los endemoniados, Los hermanos Karamázov, obras que constituyen la cúspide de este género en la producción de Dostoievski.

Mi preferencia ha estado dividida entre Los hermanos Karamázov y El idiota. Hoy, he querido acercarme a El idiota (en algunas ediciones en castellano es titulada El príncipe idiota). El propio Dostoievski explica el motivo de esta novela: “La idea de mi novela es una idea antigua que siempre he preferido, pero es tan difícil que hasta ahora no me he atrevido a realizarla. El pensamiento principal de la novela es representar de modo positivo a un hombre efectivamente bueno. No hay en el mundo nada más difícil, especialmente hoy. Entre todas las figuras hermosas de la literatura cristiana, la de Don Quijote es la más perfecta. Pero Don Quijote es hermoso precisamente solo porque al mismo tiempo es también ridículo”.

Su protagonista, el príncipe Mishkin, ha sido visto como un demente, pero no lo es; si se puede hablar de un desquiciamiento es por el conflicto permanente entre su bondad y la dura realidad de la vida de cualquier ser humano. Sencillo, bueno, no comprende las razones por las cuales es imposible hacer aquello que él considera que está bien. Constituye un ejemplo de inocencia, docilidad y profundas aspiraciones de ser un apoyo al prójimo. El príncipe Mischkin es tomado, entonces, por quienes le rodean como un idiota; a veces, considerado como un hombre enfermo condenado de por vida por el padecimiento de la epilepsia.

Una de los mejores análisis de esta obra es un capítulo de El universo religioso de Dostoyevski, escrito por Romano Guardini, quien dice: “El príncipe es el hombre Liov Nikoláyevich Mischkin. Su existencia es de un carácter enteramente humano; hay en ella cuerpo y alma, alegría y miserias, pobreza y fortuna, puntos culminantes y ruina. Mas, de esa su existencia enteramente humana emerge, nítida, la imagen de otra que no es humana, la de Dios hecho hombre”.

He sido una lectora voraz de Dostoievski y en ninguna de sus obras ha expresado de manera más categórica la capitulación de la libertad. Me atrevería a decir que  Dostoyevski, adelantándose casi siglo y medio, apreció que el ser humano no parecería capacitado para convivir con un ser bueno en toda la extensión de la palabra. Y, si, además, nos situamos geográficamente en nuestro país, podemos ver que Mischkin hubiese sido condenado sin juicio, sin pruebas y recluido por idiota, loco o ambas cosas a la vez.