• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

Al instante

El gran poeta nicaragüense, Rubén Darío

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Era un aire suave, de pausados giros;

el hada Harmonía ritmaba sus vuelos;

e iban frases vagas y tenues suspiros

entre los sollozos de los violoncelos.

Contaba Ángel Yoris, mi padre, que cuando yo estaba pequeña, aprendiendo a leer, llegó a la puerta de nuestra casa, en aquel viejo Paraíso que tanto añoramos, un vendedor de libros. Decía papá que salí corriendo a mi habitación y busqué en mi alcancía cinco bolívares (esos sí eran fuertes); con esa pequeña fortuna compré mi primer libro: Prosas profanas del gran poeta nicaragüense, Rubén Darío (este sí es nicaragüense).

No sé si yo entendía bien lo que había hecho, pero la anécdota en boca de mi padre cobró a lo largo de mis años una connotación muy importante en mi formación: me volví una asidua lectora de Darío. El día 6 de febrero se cumplió el centenario de su muerte y hoy quiero dedicar mi artículo a ese gran baluarte del modernismo en nuestras tierras americanas y que trascendió el Atlántico.

Félix Rubén García Sarmiento nace el 18 de enero de 1867 en San Pedro de Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa, Nicaragua. Fallece el  6 de febrero de 1916, en Managua. Su vida sentimental es un tanto azarosa, contrae matrimonio con Rafaela Contreras y enviuda a los tres años de matrimonio; años más tarde, es obligado a unas nuevas nupcias con Rosario Emelina y vuelve a casarse en 1900 con Francisca Sánchez, a quien no podía llevar a actos públicos, puesto que no había resuelto el divorcio con Rosario. Viaja a diferentes países de América y Europa y, enfermo, regresa a su país de origen donde Rosario lo atiende hasta su muerte.

 

Finalizando el siglo XIX ocurre un movimiento literario que ha sido denominado modernismo. Por una parte, hay quienes para caracterizarlo dicen que es una reacción frente al realismo; otros añaden que es la afinación del romanticismo. Es un estilo refinado, culto, exquisito y un gran virtuoso de la forma, esa forma que en algunos terrenos se ignora con las nefastas consecuencias que conlleva. Los historiadores de la literatura señalan el año de 1896 como la fecha de nacimiento del modernismo, pues corresponde a la fecha de la aparición del libro de Darío, titulado Prosas profanas.

Vale la pena acotar que Ángel Valbuena Prat, en Historia de la literatura española, nos recuerda que en la Edad Media el gran escritor Berceo, uno de los principales exponentes del mester de clerecía,  llamaba prosas a sus poemas sacros de vida de santos. Evocando y contrastando aparece el título que da Rubén Darío a su libro. El vocablo prosas, en la liturgia, se relacionaba con secuencia.

Este excelso estilo nace en el mundo hispanoamericano, se extiende a España y se convierte en la contrapartida del estilo sobrio de la generación del 98, de quien he escrito en este medio. Dice Valbuena que mientras los escritores del 98 “intentan una reforma ideológico-nacional” y son los cultores del paisaje castellano, el modernismo “es un movimiento cosmopolita, entusiasta y formal”, formal en el sentido de “renovador de la forma”.

Quien incursione en el mundo de las letras hispanoamericanas y españolas no puede soslayar la figura de ese gigante literario que fue Darío. Valbuena Prat expresa que “una literatura española sin hablar de Rubén, como centro, equivaldría a la supresión de Garcilaso o Góngora en sus épocas correspondientes”.

Rubén Darío era un gran admirador de Víctor Hugo (¿será esta admiración del nicaragüense por el francés, que ocasionó el “lapsus”?), fue también admirador de poetas franceses como Théophile Gautier en la escuela romántica o Leconte en el parnasianismo.

El espacio del que dispongo es limitado, de manera que habrá aspectos imposibles de ser reseñados. Por ello, dedicaré unos párrafos a Prosas profanas, el primer libro de mi biblioteca personal, ejemplar aún conservado.

Su libro de cuentos, Azul, revela en Darío esa nueva sensibilidad, pero será en Prosas profanas donde el poeta alcance la cúspide. Prosas profanas sobrepasa a Azul en la innovación que hace dentro de la poética y no es exagerar decir que en esta obra logra uno de los más valiosos frutos de su producción. En ella podemos encontrar versos dodecasílabos, así como tercetos, serventesios y una majestuosa pluralidad de estrofas que el autor armoniza magistralmente con la recreación de metros castellanos antiguos (hay un estudio fabuloso en la Biblioteca Virtual Cervantes de donde he tomados algunos datos).

De Darío no solo hay que leer y recitar “La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa / Los suspiros se escapan de su boca de fresa”. Viene a mi mente Canto de esperanza y solo cito una parte (razones de “caracteres”): “Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste. / Un soplo milenario trae amagos de peste. / Se asesinan los hombres en el extremo Este / ¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo? / Se han sabido presagios y prodigios se han visto / y parece inminente el retorno de Cristo. / La tierra está preñada de dolor tan profundo/que el soñador, imperial meditabundo / sufre con las angustias del corazón del mundo”.